0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialUno de los episodios más jugosos del pasado mes de agosto había ocurrido un mes antes, en julio. Me refiero a la evacuación de Donald Trump del Air Force One ante una amenaza iraní a la que los servicios de seguridad dieron alguna credibilidad. Los hechos ocurrieron el 8 de julio, pero no se conocieron hasta un mes después. Breve resumen: de regreso de la cumbre de líderes de la OTAN celebrada en Ankara, el presidente anunció públicamente que viajaría en ese avión, se dejó grabar por las cámaras de televisión subiendo por la escalerilla y a los pocos minutos fue secretamente introducido en un camión de catering, que lo trasladó a un aparato de la Fuerza Aérea. Al final, el supuesto ataque con un misil tierra-aire quedó en agua de borrajas y, como diría Cervantes, “ fuese y no hubo nada”.Con Trump cambiaron de avión unos pocos asesores de confianza, entre los que destaca su incondicional asistenta, Natalie Harp, de la que sabíamos poco hasta ahora. En el Air Force One, condenado a hacer de cebo o señuelo para los posibles terroristas, quedaron figuras tan relevantes como los secretarios de Estado y del Tesoro, Marco Rubio y Scott Bessent, junto a un número indeterminado de altos cargos de la Casa Blanca, personal del equipo de protocolo y miembros de la tripulación, a los que hay que sumar una docena larga de periodistas. Según algunas fuentes, el pasaje total del avión presidencial no bajaba del centenar. Luis M. Alvarez / ApHay aquí un buen argumento para una de esas novelas ucrónicas de Philip Roth o, en el peor de los casos, de Tom Clancy. ¿Qué habría ocurrido si la amenaza se hubiera concretado y esas ciento y pico personas (que, salvo unas pocas, desconocían lo que estaba ocurriendo) hubieran muerto como consecuencia del ataque? El presidente habría salvado el pellejo, pero su crédito personal estaría más que agotado, y hay motivos para creer que aumentaría gravemente la desestabilización en un mundo que el propio Trump se ha ocupado tenazmente de desestabilizar.Me gustaría saber cómo se tomó la decisión de quién permanecía en el Aire Force One y quién no. ¿Fue el propio Trump el encargado de escoger: tú sí, tú no? ¿Fueron los servicios de seguridad? ¿Existe algún protocolo secreto que determina quiénes de nosotros tendríamos que servir de señuelo en el caso de coincidir en un vuelo con un estadista?Ante un supuesto ataque al ‘Air Force One’, ¿fue Trump el encargado de escoger: tú sí, tú no?Quiero pensar que Trump influyó de algún modo en la elección: si no, no se entendería que hubiera dejado en el avión presidencial a Rubio y Bessent, cuarto y quinto respectivamente en la línea de sucesión presidencial, y se hubiera llevado consigo a la propia Harp, su asistenta. Quiero pensar también que la decisión no le provocó grandes problemas de conciencia. Carece Trump de la textura ética de los personajes de Graham Greene y lo único que le importa es (disculpen la expresión) salvar su culo. La gente como él, en un naufragio o un incendio, es la que corre a ponerse a salvo, pasando por delante de todos los demás y despreocupándose por completo de la suerte del de al lado.Hay un dilema moral que se ha hecho popular últimamente. El enunciado es el siguiente. Hay dos botones, uno azul y otro rojo. Si más del cincuenta por ciento de la gente pulsa el azul (la postura altruista), se salva la humanidad; por el contrario, si el botón elegido por la mayoría es el rojo (la postura egoísta), solo sobreviven los que pulsaron el rojo, y los demás mueren. No les quepa duda de que Trump elegiría el botón rojo, y su justificación (¿la postura lógica?) sería la siguiente: si todos hubiéramos pulsado el rojo, no habría muerto nadie. ¿Qué harían ustedes? ¿Qué haría yo?En fin, no envidio el trabajo del personal de seguridad de Donald Trump, que, con la crueldad de sus medidas en cuestión de inmigración y los regueros de dolor y rabia dejados dentro y fuera de las fronteras norteamericanas, no ha parado de abonar el terreno para que surja un loco justiciero y trate de acabar con su vida a tiros. Lo sabemos: en Estados Unidos, donde se puede comprar un subfusil como aquí un cepillo de dientes, no hacen falta muchas razones para atentar contra un presidente. Que en el primer mandato de Trump nadie intentara asesinarlo y en el actual, contando el disparo que le rozó la oreja en un mitin de campaña, vayamos ya por el tercer intento quiere decir algo… Y todavía quedan más de dos años.
Volando voy, volando vengo, por Ignacio Martínez de Pisón
Uno de los episodios más jugosos del pasado mes de agosto había ocurrido un mes antes, en julio. Me refiero a la evacuación de Donald Trump del Air Force One ante una amenaza iraní a la que los servicios de seguridad dieron alguna credibilidad. Los hechos ocurrieron el 8 de...








