NoticiaEl joven de 25 años mezcla cuatro dialectos en sus letras para conectar con varias comunidades de la amazonía y compartir tradiciones ancestrales.Jheco Foto: CortesíaPERIODISTA02.09.2026 06:01 Actualizado: 02.09.2026 11:39

“Escuché a un pelao cantando con otra gente y dije: ‘Esa voz, ¿de quién es?’. Lo vi, lo invité al estudio y empezamos a trabajar desde cero”. Así es como Pascual Agudelo recuerda la primera vez que conoció a Yeison Cortés, el rapero a quien hoy representa como manager y que mezcla el dancehall y lo urbano con los cuatro dialectos principales de la lengua kurripako.Este joven de 25 años usa sobre los escenarios, casi como uniforme, una camiseta buscapleitos, tiene marcada una rayita en la ceja derecha y a veces se esconde detrás de unas grandes gafas oscuras, para entrar en la vibra malandrosa que tiene el ritmo urbano. Pero, la imagen que proyecta hoy, influenciada por la escena underground, es una creación que ha construido desde sus inicios, cuando cantaba en la iglesia evangélica a la que iba cada domingo con sus papás, tocaba el piano, la guitarra y dominaba la percusión de melodías celestiales.“Hago rap, hip-hop, reggae en mi lengua nativa, que es kurripako y español. Lo mezclo. Y en la parte instrumental intento incluir el instrumento tradicional indígena que nosotros escuchamos allá en la Amazonía. Son sonidos de viento. Para nosotros, las flautas y los sonajeros en el pie, son importantes”, explica Jheco, como es conocido el cantante, en ‘un congreso de rap’, que se hizo en Casa Kolacho (Medellín), hogar de artistas urbanos y en donde nació el famoso Graffitour de la Comuna 13.Este evento, en el que turistas europeos y estadounidenses terminaron bailando el beat kurripako por una hora, hizo parte de una iniciativa llamada Circuitos Vivos, que el anterior Ministerio de Cultura, bajo la administración de Yannai Kadamani Fonrodona, se ingenió para sacar el talento de los territorios por un rato y darlo a conocer en otras ciudades, plantear conversaciones que giran entorno a la cultura y tejer una red de apoyo en la que los artistas comparten sus conocimientos.Jheco Foto:CortesíaMientras que Jheco cuenta cómo es hacer música sin desarraigarse de sus tradiciones indígenas, Pascual empieza a rotar entre todos los músicos unos tubitos que parecen hechos de caña. Son flautas fabricadas por ellos mismos. Llevan amarradas unas hojas, que si se mueven tan solo un grado, el sonido de todo el instrumento se altera. “Ahorita se nos movieron las boquillas, entonces tocaría volverlas a ajustar. Las boquillas se hacen con hojas de palma y por dentro llevan miel. Lo ideal es tocarlas mojadas. Ahora, hay que tocar, mover y afinar, volver a amarrar la hoja que se soltó y sumergirla en el agua, para que llegue a su sonido original”, explica el mánager paisa que se fue al Guainía a enseñar unos cursos, pero que nunca quiso volver a Medellín.Esos instrumentos de viento son solo la puerta de entrada al mundo creativo que Jheco y su mánager han descubierto al crear música y utilizar sonidos que se escuchan en la cotidianidad de la selva. Por ejemplo, Pascual recuerda haber visto en la casa de Jheco una semilla a la que le habían hecho tres orificios. Era un tubello, un instrumento que servía para comunicarse desde el monte. Dependiendo del sonido, podían reconocer dónde estaba otra persona y calcular aproximadamente a qué distancia se encontraba, en especial cuando salían de cacería, para no darle al objetivo equivocado. Era una especie de GPS hecho con una semilla.También está el cachovenado, un instrumento construido a partir del cráneo de un venado. Su fabricación está relacionada con las jornadas de cacería y tiene unas características particulares según quien lo haga. Y existen otros instrumentos y prácticas de las que ya queda poco registro, vinculados incluso con antiguos rituales que hoy prácticamente no se realizan.Jheco sabe que parte de ese conocimiento puede desaparecer. Pero también sabe que no todo puede conservarse de la misma manera. En su comunidad, por ejemplo, hay jóvenes que todavía cultivan su terreno. Otros ya no quieren hacerlo. No necesariamente porque rechacen su territorio, sino porque tienen otras aspiraciones y posibilidades que antes no existían. Él bueca un punto medio que conecte sus costumbres con su sueño de que en toda Colombia lo escuchen cantar en kurripako.Jheco Foto:CortesíaA los 14 años Jheco no hablaba español. Vivía en la comunidad de Tabaquén, en la parte de arriba de la Amazonía. Pero sí era políglota. Aunque entre las comunidades del Guainía es una anomalía, este músico domina a la perfección los cuatro dialectos de su comunidad y los mezcla en sus canciones, porque eso le da más libertad de expresarse, sonar bien y hasta improvisar.“Eso puede hasta chocar entre las comunidades, pero de todas formas lo hago. Lo que tal vez, generó más impacto es que me dedicara al dancehall, hip hop y más. Vengo de una familia muy evangélica. Está mal visto hasta bailar. Incluso mi abuelo fue el que ayudó a Sophie Müller (misionera protestante y traductora de la Biblia estadounidense) a transcribir las escrituras en kurripako. Aún así, defiendo lo que hago porque intento preservar mi cultura, mi lengua y mis historias a través de la música, porque se está perdiendo”, dice.La contradicción es que, para muchas comunidades, la música y el baile son inseparables. Si uno desaparece, el otro también corre el riesgo de hacerlo. Incluso la música más popular del territorio, la raspacanilla —un ritmo tropical con influencia del merengue venezolano—, terminó adaptándose a las alabanzas religiosas para sobrevivir. Es una de las pocas expresiones musicales que, según Jheco, logró entrar a las iglesias sin generar el mismo rechazo.Él, en cambio, decidió meterse de frente en esa contradicción. “Por eso también me incliné mucho al dancehall. Me di cuenta de que había muchas personas que escuchaban danzas en inglés y no entendían nada, pero el ritmo los hacía bailar. Entonces, ¿por qué no hacer lo mismo? Ya después explicamos qué quiero decir”, confiesa quien estrenó a inicio de año su sencillo Yawinai, que significa Clan Tigre, una de tantas divisiones tradicionales y sagradas en las que se estructuran socialmente ciertos pueblos indígenas de Guainía.Los miembros del Clan Tigre se consideran descendientes directos y protegidos del mítico ancestro jaguar, un animal que les da identidad, herencia cultural viva y una conexión mística con la selva. Y aunque Jheco creció en medio de creencias evangélicas, también ve en el felino un poder especial, que ahora plasma en una canción.“Los integrantes del clan pueden transformarse en jaguares para cazar y todavía hay un grupo de personas por ahí, escondido, que lo hace. Por eso, en la comunidad en la que crecí, uno no salía cuando sabía que el clan pasaba, transformado en animal. Uno los identifica porque, naturalmente, el jaguar anda solo, mientras que los del clan andan en manada. Aunque tengan forma de animal, pueden hablar en kurripako. Cuando pasan, toca quedarse resguardadito, aunque no nos atacan a nosotros porque venimos de su descendencia”, cuenta Jheco.La música es la herramienta con que este joven cuenta sobre las tradiciones con las que creció. Así preserva una cosmovisión que, según él, está en peligro de desaparecer. Antes, al mismo Jheco le causaba dificultad aceptar el kurripako en su beat, pensaba: “No me gusta eso. Yo soy más de rap de calle”, influenciado por las referencias que venían de las grandes ciudades. Además, en un principio le daba pena decir que era indígena. Solo se martillaba la cabeza al imaginarse a la gente escuchando mezclas nunca antes vistas y tan novedosas que podían chocar. Pero, “la verdad es que, al final, gracias a esta propuesta, muchos jóvenes se están apropiando de lo que implica ser indígena. Al ver que hay otros artistas que cantan en lengua, que se atreven a hacer otras cosas, empiezan a sentir orgullo y yo también”, comparte el rapero.Esa apropiación no se queda en las canciones. Desde 2022, Pascual y un grupo de artistas del Guainía organizan Yacaré, un festival en el que hay batallas de freestyle, presentaciones de artistas locales y el intercambio con músicos que llegan desde otras partes del país para enseñarles a los jóvenes sobre grafiti, dance, DJ y otros elementos de la cultura urbana.Jheco Foto:CortesíaLa idea es que no se limiten a reproducir lo que ven en internet. Que aprendan a construir su propia propuesta. Y es que hacer rap en la amazonía no es tan sencillo como abrir un computador y descargar una pista. Cuando Pascual llegó al territorio para dictar un curso de dos meses en un estudio, decidió quedárse a vivir. Allí se encontró con una escena musical distinta, con pocos músicos que entendieran el tipo de sonidos que buscaba Jheco y con una logística que puede convertir cualquier instrumento en un artículo difícil de conseguir.Para llegar hasta allá, muchos deben tomar dos vuelos de ida y otros dos de regreso. Por eso Pascual terminó llevando equipos desde Estados Unidos y buscando maneras de armar formatos pequeños que pudieran funcionar en el territorio. Cuando faltaban guitarristas de reggae o de hip-hop, las redes sociales y los contactos que había construido desde Medellín se convirtieron en una extensión del estudio. Les pedían exactamente lo que necesitaban y unos días después, esas melodías llegaban al estudio.Hace unos años, cuenta Pascual, el internet llegaba con mucha dificultad a las comunidades. Hoy hay antenas en lugares remotos y los jóvenes pueden pasar buena parte del día conectados a videos, canciones y tendencias que vienen de cualquier lugar del mundo. Jheco conoce bien esa tensión. Creció en la selva aprendiendo a cazar, pescar y reconocer lo que podía encontrar en el monte. En sus redes sociales incluso comparte algunas de esas prácticas: muestra frutos como el asaí y la manaca y cuenta cómo sobrevivir en un territorio que para muchos de sus seguidores parece lejano e improbable.Ahora, las redes sociales son el espacio en que comparte su arte y su identidad. También es más fácil conseguir música en internet, pero prefiere seguir explorando los sonidos de la selva. Aunque podría escribir una canción de salsa, popular o cualquier otro ritmo, encontró en el hip-hop una manera de decir quién es sin tener que traducirse primero. El reggae, además, le permite transmitir mensajes relacionados con la espiritualidad y el cuidado del territorio. Así, busca que el futuro también suene a kurripako.María Jimena Delgado DíazPeriodista de Cultura@Mariajimena_delgadod Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.