Opinión

Editorial

EditorialLa política alimentaria y las líneas para el cuidado del agua deben confluir, pues de proseguir la falta de lluvias, la situación podría ser inusitadamente crítica.

En Jalapa, Chiquimula y Baja Verapaz se concentra, por ahora, la pérdida casi total de cosechas de maíz, producto de la sequía imperante, generada por el llamado fenómeno de El Niño, que prácticamente ha convertido los primeros tres meses de la época lluviosa en una prolongación de la temporada seca. No son los únicos departamentos afectados, pero sí los que mayor riesgo nutricional presentan para miles de familias que dependen de este y otros cultivos para el consumo alimentario en el hogar, para la venta y también para la crianza de aves de corral. La situación comienza a mostrar visos de emergencia, pues la segunda siembra también se ve amenazada por las condiciones imperantes.

Las cifras de un reciente estudio de Oxfam, Acción contra el Hambre y otras entidades humanitarias destacan que, en un estudio nacional, ocho de cada 10 familias con pequeños cultivos han perdido la cosecha, del 75% hasta la totalidad. Pero la cuestión se agrava al tomar en cuenta que esto también repercute en la caída de los jornales, la falta de empleos alternativos y el riesgo de no poder pagar créditos adquiridos para la compra de fertilizantes.