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No es más virtuoso el nuevo presidente que el anterior porque haga manifestaciones públicas de su fe religiosa, o porque convoque a una parte de la ciudadanía a actos religiosos, o porque encomiende el manejo del Estado, y la suerte misma de la nación, a Dios o a la Virgen de Fátima.
No tiene el presidente De la Espriella ninguna superioridad moral o ética frente al expresidente Petro por manifestarse y comportarse como un hombre religioso y creyente. Ese ámbito de la fe y la práctica religiosa es esencialmente íntimo y personal, si bien los rituales –no solo religiosos sino de cualquier tipo, pues nuestra cultura está preñada de ellos– tienen la cualidad inestimable de congregar a la gente. Pero nosotros, la gente, somos la sociedad civil en el ámbito de un Estado laico, no una feligresía que orienta el nuevo presidente. En eso no hay que equivocarse. El presidente De la Espriella es el primer mandatario de la nación, no nuestro líder religioso.










