El mundo está lleno de ideas. Y ahora están al alcance de un prompt. El tema no es tenerlas. Es si pueden tomar forma de empresa. Inventar es producir algo que no existía. Innovar es que eso llega de otra forma y que esa forma sea novedosa. Schumpeter lo escribió hace un siglo y todavía se confunde en los PowerPoints: la innovación no es un invento. Es lo que reorganiza una industria cuando un producto o un servicio resuelve un problema de un modo distinto, y ese modo es nuevo, es novedoso. Por eso emprender en el campo de la innovación no es abrir un comercio. Un comercio tiene demanda conocida, costo conocido, mostrador. Una empresa de base científico-tecnológica arranca en otro mapa. El laboratorio sigue haciendo pruebas. El cliente no tiene nombre. La regulación todavía no sabe cómo llamarle. El capital pide plazos que el tecnólogo no puede cumplir. Entre el paper y la factura hay un tramo que, en el oficio, se llama valle de la muerte. Ahí se caen proyectos buenos. Y no por falta de talento, por falta de fase piloto, de primer comprador y de alguien que traduzca a un científico en empresa sin romper su proceso.

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