Hoy en día, nadie en el mundo toma en serio un comentario de Donald Trump. Nadie. Se trata, fundamentalmente, de una más de sus típicas bravuconadas contra sus verdaderos enemigos políticos: que no son los rusos ni los norcoreanos, sino los propios europeos y los canadienses. En este afán por redibujar el mapa global según un criterio primitivo de "áreas de influencia", el magnate norteamericano ha decidido meterse con el tema de las Islas Malvinas. Se ha peleado absolutamente con todos: con españoles, franceses, alemanes, italianos y hasta con Giorgia Meloni. La única excepción a su tirria es Viktor Orbán, un dictador hecho y derecho que maneja Hungría a su antojo. En este contexto de aislamiento voluntario dentro del mundo occidental, para acorralar a los británicos por sus disputas sobre la OTAN, ahora pretende usar el reclamo argentino sobre Malvinas como garrote. ¿Cuánto interés real puede tener Trump en que el Reino Unido le devuelva las islas a la Argentina? Presumo que muy poco, por no decir cero.

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