Donald Trump dijo días atrás que acostumbra reconsiderar cada una de sus posiciones sobre todos los temas. Ahí está Irán para confirmarlo. La reconsideración de la estrategia norteamericana en Oriente Medio es incesante. Ha ido desde la amenaza de destrucción de la civilización iraní a la firma de un memorándum, vencido semanas atrás, que los analistas consideran lesivo para los intereses de los Estados Unidos. Se podría decir lo mismo de su política de aranceles. Cómo no, Trump podría también reconsiderar la idea de extorsionar al Reino Unido con, entre otras amenazas, la de volcar a EE.UU. en favor de la Argentina en el conflicto por la soberanía en las Islas Malvinas si el gobierno laborista no aumenta su presupuesto en Defensa para financiar la OTAN o se alinea con los intereses norteamericanos en Oriente Medio. Por momentos, Trump parece no saber de qué está hablando cuando habla sobre Malvinas, como mostró ayer en una entrevista con la cadena británica GB News. La posición tradicional de Washington en torno a la cuestión es de piadosa “neutralidad”, aunque de reconocimiento a la administración británica de las islas. El punto débil de la estrategia que acaba de inaugurar Javier Milei sobre Malvinas radica precisamente en que está apalancada en la volátil voluntad de Trump.