El titular de este artículo plantea una pregunta sentenciada. La historia de Cuba y Estados Unidos es un relato de héroes y villanos. Solo hay dos tramas posibles: la del grande que oprime al pequeño, negándole así su emancipación, o la del pequeño que, sometido a un tirano, solo puede ser liberado por el gran salvador. Mientras el velo ideológico de una parte de la izquierda occidental exime de toda culpa al proyecto socialista “revolucionario”, la línea dura de la comunidad cubana en el exilio niega un análisis crítico del papel de los EE.UU. Esta radicalización de posiciones ha esfumado la posibilidad de hablar sobre las responsabilidades reales que carga cada una de las partes.En la masa profunda del iceberg reside una enemistad casi tan larga como el tiempo que lleva el régimen castrista en Cuba. El asedio estadounidense empezó en 1962, como reacción a las expropiaciones que el nuevo Ejecutivo decretaba sobre las industrias y negocios del país norteamericano. “Generar hambre, desesperación y derrocar al Gobierno”, eran las pretensiones de las primeras sanciones, según se lee en el memorando de 1960, redactado por el subsecretario de Estado, Lester Mallory.El memorandum “El declive y la caída de Castro”, redactado por el subsecretario adjunto de Estado Lestor Mallory, proporcionó la justificación inicial para las sanciones. Abril, 1960 National Security ArchiveVeinte años más tarde, la CIA concluiría que las sanciones económicas no habían cumplido ninguno de sus objetivos. “El régimen de Castro estaba tan comprometido con sus políticas revolucionarias que estaba dispuesto a asumir el considerable costo económico de las sanciones”, sentenciaba el informe. Para la primera potencia del mundo, la estrategia de hoy sigue siendo la misma. El pasado mes de mayo, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva por la que se ampliaban las penalizaciones contra varios sectores estratégicos de la economía cubana. Resultado: retirada de las principales cadenas hoteleras extranjeras y de otros inversores esenciales en la minería, la logística y los servicios financieros.“El plan de Estados Unidos es ‘sanciones, sanciones y sanciones’, con la ilusión de que el pueblo cubano se levante un día y acabe con el régimen, algo que no va a ocurrir”, explica a este diario el cubano Ricardo Torres Pérez, investigador invitado en el Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos de la American University de Washington D.C. “¿Cómo es posible pensar que de la miseria pueda nacer una democracia vibrante? De esa miseria solo va a nacer el deseo ferviente de encontrar otro nuevo salvador que le resuelva los problemas”. Torres, quien reconoce “responsabilidades en ambas orillas”, es también uno de los cinco economistas independientes que elaboran una propuesta integral bautizada como “Cuba Transformación”.¿Cómo es posible pensar que de la miseria pueda nacer una democracia vibrante?” Ricardo Torres PérezInvestigador en la American University de Washington D.C.Aunque es extremadamente complicado cuantificar qué responsabilidad tiene cada uno de los actores, el economista pone el foco sobre algunas de las pifias del Gobierno cubano. En primer lugar, considera que, después de la caída de la Unión Soviética, única fuente de oxígeno de la que disponía el país, deberían haber planteado cambiar el modelo centralizado, ya que, según Torres, es un sistema que no genera incentivos ni garantiza bienestar: “Desde un punto de vista económico, negar las fallas de este modelo indica o mala fe o ignorancia”, añade.Para el investigador, la viabilidad del modelo cubano descansa únicamente en alianzas “especiales” con otros Estados. Considera que el país ha tenido relaciones “privilegiadas” —primero con la URSS y, luego, con Venezuela— que no va a volver a encontrar. “China, por ejemplo, siempre ha sido muy cauta con las inversiones en el país, ya que no ha encontrado claridad ni confianza en la parte cubana”, afirma el economista.En lo relacionado con los apagones, Torres resalta que los problemas energéticos no empezaron con Trump: “Incluso con el petróleo de Venezuela, los apagones ya eran insufribles”. Según el economista, el Ejecutivo cubano apostó por quemar fuelóleo y diésel, en lugar de modernizar las centrales termoeléctricas y dotarlas de la tecnología necesaria para aprovechar el crudo cubano, muy pesado y corrosivo.Mientras tanto, el país confiaba en el turismo. Entre 2015 y 2024, más del 36% de la inversión total se destinó a infraestructura hotelera, a la espera de un aumento del turismo que debía generar divisas. “No tenían ninguna garantía de que el turismo creciese, pero decían que Trump era un hombre de negocios y que le interesaría invertir”, explica Torres. El resultado, sostiene, es un país lleno de hoteles de alto coste que, en última instancia, están pagando los cubanos: “Para construir hoteles no hay embargo; para las plantas termoeléctricas, sí”.Algunos de los errores del Gobierno cubano:la inflexibilidad del modelo económico, la falta de inversión en el sector energético y la sobreinversión en el turismo¿Quién paga finalmente el precio de la coerción económica? En el caso cubano, según Ksenia Kirkham, profesora del Departamento de Estudios de Guerra del King’s College London y especialista en guerras económicas y sanciones, el peso recae, “desproporcionadamente”, sobre los ciudadanos. “Las sanciones económicas suelen considerarse una forma de castigo colectivo y, con frecuencia, han demostrado ser ineficaces para modificar el comportamiento de los líderes políticos”, explica a este diario.Rolando creó hace cinco años Raíces, una de las primeras empresas privadas del territorio. Licenciado en Economía, convirtió la compañía en un proveedor indispensable para el bienestar de su ciudad. A raíz de las sanciones de Washington a empresas estatales cubanas, que eran clientes o proveedores de su negocio, ha tenido que reducir la plantilla un 40%.Las sanciones económicas han demostrado ser ineficaces para modificar el comportamiento de los líderes políticos”Ksenia KirkhamProfesora en el Departamento de Estudios de Guerra del King’s College LondonA la pregunta sobre cómo trabaja en medio de restricciones que le prohíben comercializar con buena parte del mundo, responde con prudencia: “Tenemos que ser discretos, pues no nos interesa que se conozcan los esquemas que tratan de evadir las sanciones”. Para el empresario cubano, la intervención de EE.UU. en la economía cubana es la culpable de la “asfixia” del país: “Aunque reconozco que tenemos desafíos internos enormes, no necesitamos a nadie que venga a ingeniar ni a condicionar nuestras soluciones”.En cambio, C., conductor de carro en el oriente de la isla, quien prefiere mantener el anonimato, no cree que el bloqueo explique la escasez: “Hay una gran cantidad de petróleo, carros y comida que son importados de Estados Unidos”. Para C. es paradójico hablar de “bloqueo económico” cuando se encuentra una bandera estadounidense en muchos de los productos que compra. Un ejemplo está en la venta de petróleo. Si bien EE.UU. ha prohibido la exportación de crudo desde Venezuela y México, permite su venta, desde territorio estadounidense, a negocios privados. “El Gobierno ya no tiene prácticamente nada. Ahora todo es privado”, explica C.Nuevos posibles inversoresEstados Unidos en el sector mineroDos inversores estadounidenses compiten por el control de Sherritt International Corporation, compañía canadiense que explotaba, junto al Estado cubano, importantes cantidades de níquel y cobalto en Moa, al este de la isla. A raíz de las sanciones que la administración de Trump impuso en mayo de este año a Moa Nickel S.A., empresa cubana integrada en Moa Joint Venture, participada al 50% por Sherritt y al 50% por la parte cubana, los canadienses suspendieron la actividad en Cuba. La refinería en Fort Saskatchewan, Alberta, que procesaba el níquel y el cobalto enviados desde Moa, también detuvo la producción en junio. Pero antes de que el capital estadounidense pueda volver a la minería en Cuba, primero tendrán que resolver las trabas legales con los departamentos de Estado y del Tesoro de EE.UU.Mientras las movilizaciones ciudadanas se multiplican, el presidente de la República cubana, Miguel Díaz-Canel, pide a los cubanos que “toquen la cacerola a los vecinos del norte”. Y mientras la culpa se reparte de un bando a otro, inversores estadounidenses empiezan a mirar hacia algunos de los activos que las sanciones han dejado abandonados en la isla.