LONDRES—Andy Burnham no carece precisamente de desafíos como nuevo primer ministro del Reino Unido. Afortunadamente, también cuenta con una oportunidad única para liderar la respuesta a los principales problemas económicos globales y rediseñar instituciones obsoletas. Burnham asumió el cargo tras una década tumultuosa, marcada por la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea en 2016 y el mandato de Keir Starmer, que tuvo dificultades para convencer a la opinión pública de que la cooperación internacional redunda en beneficio de los intereses británicos. Por lo tanto, Burnham hereda una política exterior que se percibe como defensiva y debilitada, centrada en mantener unidas alianzas frágiles y en recortar drásticamente los presupuestos de ayuda exterior en nombre del “realismo progresista” -un eslogan que no inspira a nadie. Aunque la gestión de amenazas puede ser inevitable en el mundo actual, no le ofrece a la gente una visión positiva. Para lograrlo, Burnham debería proponerse ayudar a dar forma a normas e instituciones que sobrevivan al caos actual. La recompensa sería un nuevo internacionalismo basado no en posturas militares, sino en la búsqueda de una economía global más justa que les permita a las personas prosperar en todas partes. Este enfoque reflejaría la promesa de renovación de Burnham a nivel nacional y situaría a Gran Bretaña en una posición de liderazgo en materia de cooperación económica precisamente cuando el antiguo orden se está viendo socavado.