Lo que nació como una revolución para liberar a los cuerpos de mandatos opresivos hoy corre el riesgo de ser domesticado por el algoritmo digital y el nuevo statement del personal branding. De la militancia offline a la trampa de la ´autenticidad rentable´: el mercado nos exige que nuestra paz sea fotogénica. Mientras, nosotras queremos seguir ejerciendo el derecho a habitar un cuerpo sin rendir examen.
A veces, una palabra o un concepto, repetidos demasiadas veces, empiezan a perder su verdadero significado. Desde hace unos años, esto pasa seguido en la industria de la belleza. Sobre todo, con términos como amor propio, autoaceptación, confianza, bienestar, autenticidad y, últimamente, incluso la ya no tan creíble positividad de la belleza. Criterio que al principio tenía como objetivo reducir la imposición por verse bien y se transformó de a poco en una nueva forma de presión. Más sutil, elegante y, precisamente por eso, más difícil de reconocer. En el templo de este dogma, todo parece bello, pulido, positivo. Quizás demasiado positivo.
Durante años, la industria cosmética impulsó estándares de belleza imposibles. Luego algo cambió. Surgieron términos como autenticidad, positividad corporal y piel real. Por un momento pareció que el mercado se volvía más humano y realista. Sin embargo, hoy esa misma narrativa parece haberse desviado hacia algo distinto. Ya no se nos pide que seamos perfectas; solo llamativas. También equilibradas y audaces, radiantes sin tanta algarabía, tranquilas modo zen y más potenciadas que Julia Garner en Ozark. Todo al mismo tiempo. Ok. Una vez dominada la situación, si todavía no colapsamos, falta encarar el tema belleza. La piel ya no solo tiene que verse bien. Debe irradiar luz. El cuerpo ya no necesita ser delgado o con curvas, también tiene que lucir saludable. La rutina beauty deja de ser solo un buen hábito. Es imprescindible volverse una eminencia del autocuidado. Y así es como, de repente, el bienestar no sólo corre el riesgo de convertirse en otro objetivo estético; sino que nos deja agotadas con solo pensarlo.






