La poeta Miriam Reyes, actual Premio Nacional de Poesía, lanza este septiembre Nunca muere (La Bella Varsovia), un poema río en el que los personajes bordean los territorios entre el consciente y el inconsciente, un viaje que es una búsqueda por dentro del lenguaje. Curiosamente, el poemario coincidirá en librerías con la primera novela de Reyes, La edad infinita (Tránsito), ya publicada y protagonizada por el mismo personaje que los poemas, y esta vez centrada en los dilemas de la migración (aunque nacida en Ourense, Reyes se crio en Venezuela). Otra poeta nacida en Galicia y con premio nacional (buena parte de los últimos premios nacionales de poesía han sido para poetas nacidas en Galicia) es Yolanda Castaño, que este septiembre publica La falsa autónoma (Visor) que parece conectar con el interés por las relaciones entre lo monetario y lo poético, no en vano la autora publicó el año pasado el ensayo Economía y poesía: rimas internas (Páginas de Espuma), en el que reflexionaba sobre si la poesía es un trabajo y sobre si se puede (y se debe) vivir de él. “¿Cuánto vale un poema?, ¿debe comer un poeta?”, se pregunta la pensadora Remedios Zafra, teórica del entusiasmo autoexplotador de los trabajadores de la cultura, en la solapa del poemario. Rosa Berbel es una poeta milenial que publica La sedimentación (Tusquets) donde conceptualiza la poesía como un asunto geológico en el que la presión de los estratos y el tiempo produce resultados inesperados. Hay corrientes subterráneas, “las del afecto, la pérdida y el deseo”, hay fuerzas irrefrenables y hay erosión, los poemas sedimentan en este libro en capas sin principio ni fin. Sobre lo milenial se ocupa Martín Rodríguez-Gaona en Millennial cantábile (Espasa), una escritura muy contemporánea que mezcla internet, precariedad, mística, erotismo, nostalgia o el capitalismo de plataformas: la vida misma.Algunos poetas de amplia trayectoria son Jordi Doce (además de notorio crítico) que publica Dime el regreso (Fundación José Manuel Lara), un libro de escritura muy esencial donde trata restablecer los lazos de confianza que van desapareciendo del mundo; por su parte, Piedad Bonnett publica La voz de las cosas (Lumen), una apuesta íntima, contenida y melancólica que se acompaña de dibujos de esas cosas sencillas con voz —una silla, una camisa, una rueda, una cámara de fotos— de la mano de la propia autora y ahora que las cosas parece que van a desaparecer.Como punk, sea eso lo que sea, se ha caracterizado frecuentemente a la célebre dramaturga Angelica Liddell que publica Pido el fin de la vida (La Bella Varsovia), entre la lírica íntima y el ensayo, entre el deseo y la muerte, y vertebrado en torno a la influencia del tremendo Yukio Mishima sobre la autora. Mishima era de ultraderecha, por cierto, y si la ultraderecha se quiere definir últimamente como el nuevo punk (qué delirio), la poeta argentina Claudia Masín publica en Visor un libro que deja las cosas claras: La poesía es el nuevo punk. Nunca muere Miriam ReyesLa Bella Varsovia, 202672 páginas. 13,90 eurosLa falsa autónoma Yolanda CastañoVisor, 2026126 páginas. 14 eurosDime el regreso Jordi Doce Fundación José Manuel Lara, 2026184 páginas. 12,90 eurosPido el fin de la vida Angelica Liddell La Bella Varsovia, 2026La poesía es el nuevo punkClaudia Masín Visor, 2026