Fue vergonzoso y sentó un muy grave precedente lo que hizo el nuevo Gobierno contra el nombramiento de Carolina Soto como presidenta de la Cámara Colombiana de la Infraestructura (CCI), un gremio completamente privado. Es una enorme contradicción pasar de hacer campaña en defensa de la libertad del sector privado a gobernar atacando las decisiones libres de las empresas y sus gremios. El tono de venganza detrás de esta decisión mandó un pésimo mensaje al país y está lejos de ser un episodio aislado.En las últimas dos semanas, el debate público ha sido testigo de una larga persecución dentro del Gobierno contra todo lo que no parezca el abelardismo más radical: en pocos días se cayeron los nombramientos del director del DNP y de la dirección de medicamentos del Ministerio de Salud. De hecho, hace poco el presidente De la Espriella escribió en su cuenta de X un mensaje a la ministra de las TIC pidiéndole que revisara sus nombramientos en la entidad: “Si encuentra situaciones incompatibles con nuestros principios y lineamientos, proceda de conformidad. Los cargos públicos exigen coherencia, idoneidad y compromiso absoluto con el país”, pidió el presidente.Todo indica que en muchas carteras del Gobierno se ha tomado en serio esta solicitud. Pero esta búsqueda de quién es “más papista que el papa” manda señales de improvisación ante la opinión pública, pues en varios casos el Gobierno ha realizado nombramientos de manera oficial y después ha desistido de ellos. Y lejos de conseguir la aprobación de nuevos electores, el cierre de filas ideológicas y políticas deja excluidas a muchas orillas que apoyaron al presidente De la Espriella. El purismo no es buen consejero para quien busca construir un mandato con una alta aprobación, y menos cuando se hizo elegir por una base electoral tan amplia y diversa.Porque el país no votó en contra del proyecto sectario de Gustavo Petro para que llegaran a gobernar otros sectarios con banderas contrarias. Esta purga de tinte purista desgasta al nuevo Gobierno mucho más de lo que puede beneficiarlo: lo aleja de partidos esenciales para su bancada en el Congreso, como el Centro Democrático y Cambio Radical, y solo parece acercarlo a los partidos más religiosos, que están lejos de sumar una mayoría. La purga del abelardismo no solo ha retirado el nombramiento de voces cercanas a la izquierda, sino que la ha emprendido, sobre todo, contra cualquier voz que suene a una derecha más moderna.Al nuevo Gobierno hay que decirle con total claridad que es imposible y poco práctico insistir en la búsqueda de miles de funcionarios públicos capaces y decentes que no hayan pasado por administraciones pasadas. El presidente De la Espriella debe entender, tarde o temprano, que hay personas idóneas y calificadas que no hacen parte de sus toldas más radicales y que tienen mucho por aportar a su mandato. Entre más pronto entienda eso, más evitará protagonizar un gobierno tan encerrado ideológicamente como el de Petro. La fórmula de liderar como barras bravas nunca será suficiente para sacar adelante a toda una nación, y mucho menos para representarla en toda su diversidad.Hasta ahora, el presidente parece estar cometiendo un error casi idéntico al que durante cuatro años definió a la administración pasada: creer que los votos obtenidos en segunda vuelta fueron manifestaciones de apoyo irrestricto e incondicional de una base con postulados tan radicales como los del mandatario. Y está lejos de ser así. A De la Espriella, como a Petro, lo eligió una base diversa de votantes, dentro de la cual existió una gama de moderados y pragmáticos que resultó decisiva para su triunfo. Y si desea mantener su apoyo en las encuestas y en las elecciones territoriales, el camino de las purgas religiosas y la radicalización programática solo logrará espantarlos.Esta purga del purismo de una ideología que aún no ha sido escrita ni definida, y que cuenta con una bancada propia muy pequeña en el Congreso, es, ante todo, el colmo de lo absurdo. Y ha sometido a un inmenso desgaste a un Gobierno que —dadas las pocas semanas que lleva en el poder— no cuenta aún con éxitos notables, sin mostrar beneficio alguno a cambio. Que mantener felices a las bases más radicales no conduzca al fraccionamiento de las verdaderas mayorías de una coalición de la cual depende completamente el nuevo Gobierno.