El chileno Arturo Bello es viudo hace más de dos décadas, tiene 78 años y no solo es el mayor de su curso, sino también el más popular. Y ni él ni sus 14 compañeros de curso —el menor tiene 39— en el Instituto Fermín Vivaceta, un establecimiento educacional para adultos del municipio de Lo Barnechea, al oriente de Santiago, pudieron seguir en el colegio cuando niños. Por distintas razones muchos trabajan desde su infancia, como Marta Espinoza (52) y Elsa Rubilar (67); o Adela Fernández (58), que no entró a la escuela porque en su familia, en Perú, solo dejaron educarse a los hombres. Pero, con mucha decisión, valentía y esfuerzo, todos han vuelto a la sala de clases para aprender a leer y escribir.Fue a los 12 años cuando Arturo, el segundo de nueve hermanos, fue retirado del colegio por su mamá, que lavaba ropa para familias de Lo Barnechea, para que trabajara ayudándola a recolectar porotos. “Me sacó porque yo no aprendía a leer. Llegué hasta cuarto de preparatoria y me daba vergüenza cuando me sacaban a la pizarra porque yo no sabía nada”, dice. “Me costaba leer. Tal vez era hereditario, porque ni mi abuelita ni mi mamá sabían leer”, aunque sí sabía su papá, un jardinero de la municipalidad.Casi siete décadas después, Arturo está sentado en un sofá en su acogedor departamento en Lo Barnechea, junto a su mochila y sus cuadernos de Lenguaje e Historia, mientras se prepara para ir a clases, a las 17.30 horas, con la energía y el entusiasmo de un niño. Hace cuatro meses que volvió al colegio y en su sala se sienta en la primera fila, muy atento. Muestra su registro de excelentes calificaciones, pues el primer semestre obtuvo un 6,3 como promedio. Pero, si se mira con detención el documento, hay varias notas todavía más altas. “Me he sacado muchos 7,0 y lo que más me gusta es Matemáticas. Siempre fui bueno para las sumas”, añade. No saber leer ni escribir era algo que Arturo tenía pendiente, tal como sus compañeros, y su hija Nancy Ivonne Bello dice que era “una inquietud que siempre tuvo”. Incluso, hace dos años, su padre volvió al colegio, pero lo abandonó a los 15 días. “Nos dijo que no seguiría porque hacía mucho frío, y porque todos en el curso ya sabían leer y que él se quedaba atrás”. Y cuenta que le ocurrió lo mismo que cuando era niño, “que salía a la pizarra y no sabía”.El primer empleo de Arturo, en el que estuvo 15 años, fue en una fábrica de cartones. Pero, el segundo, fue más complejo, pues, aunque llegó como jardinero, le ofrecieron ser ayudante de mayordomo. Era un edificio de 13 pisos y 24 departamentos y tenía entregar la correspondencia a los residentes por sus nombres y tomar el ascensor. Siguió adelante, pues solo su familia estaba al tanto de que no sabía leer, y lo hizo memorizando algunas letras y números. Permaneció en ese puesto, por su buen desempeño, ocho años. “Igual me adapté”, cuenta. Luego se dedicó a hacer aseo, reparaciones y mantener los jardines en varias casas de una misma familia.Arturo Bello junto a sus compañeros de curso del Instituto Fermín Vivaceta. Al costado izquierdo, el profesor Diego Cordero y, al derecho, la profesora Jenifer Asencio.CRISTÓBAL VENEGASLa Biblia de Arturo Bello.CRISTÓBAL VENEGASBello sostiene su cuaderno de Lenguaje en su domicilio, en Santiago, Chile.CRISTÓBAL VENEGASLa profesora Jenifer Asencio junto a Arturo Bello y sus compañeros en la sala de clases.CRISTÓBAL VENEGASPero siempre algo le faltaba, y ese algo era leer y escribir. “Lo tenía pendiente. Antes de volver al colegio solo sabía escribir ni nombre, mamá y papá”, dice. Pero a medida que ha avanzado, y muy rápido, ha podido empezar a leer la Biblia, que tiene hace años sobre su mesa de noche, en el dormitorio. Y se prepara con ansias para hacerlo con Condorito, una historieta chilena famosa en América Latina. También, como ciclista —empezó a competir a los 65 años— quiere devorar las secciones de deportes de los diarios y “leer las letras que salen en la tele”. “Se siente muy bonito”Adela Fernández es una de las compañeras de Arturo. Es asesora del hogar y vive en Chile desde 2021. Creció en Santiago de Chuco, en Perú. “En los tiempos antiguos decían que solo los hombres podían estudiar, no las hijas mujeres”, cuenta. En su familia eran once hermanos, cinco mujeres y seis hombres y solo ellos fueron a la escuela. “Siempre sentí una frustración muy fuerte. Imagínese salir a cualquier lado y no saber leer en el teléfono celular”, dice. Pero, tras las clases, esa frustración, a sus 58 años, va quedando atrás. “Se siente muy bonito leer y escribir nuestros nombres y los apellidos. Hay tantos libros y una vez que aprenda los voy a leer”, cuenta.Es jueves y el curso está al aire libre, en un sector con jardines del Instituto, en un taller previo, dentro de la asignatura de Lenguaje, para luego trabajar en un texto argumentativo. Jenifer Acencio, la profesora jefa, dice que enseñar a adultos es una experiencia “muy satisfactoria”. “Llegan personas con la autoestima muy baja, que al comienzo solo siguen instrucciones. Les cuesta argumentar, debatir y siempre están disponibles para hacer algo, aunque no tengan ganas de realizarlo. Entran sin la capacidad para resolver problemas”.Pero, durante las clases, se produce un cambio. “A medida que ellos se van insertando y van descubriendo y viendo un mundo letrado, van teniendo más herramientas y oportunidades para que puedan expresar lo que sienten: saber dónde están; dónde dirigirse, cuánto les van a pagar en sus trabajos y conocer de leyes laborales, porque sufren mucho maltrato. La mayoría son asesoras del hogar puertas adentro y en sus horarios de días libres vienen a clases”, dice la profesora.Marta Espinoza, boliviana, es una de ellas. Tiene 52 años y también es asesora del hogar. “Estuve en el colegio, pero como trabajé desde los 10 años no pude seguir. He trabajado toda una vida”, dice con cansancio. A Chile llegó durante la pandemia y fue “muy complicado” ubicarse. “Fue un miedo”, describe, no solo no conocer a nadie en Santiago, sino que, además, no poder leer los letreros con los nombres de las calles ni los números del transporte público. Se sumaron una serie de abusos, cómo que nadie la señalara, por ejemplo, cuándo tenía un día festivo pues como migrante solo conocía los feriados de su natal Bolivia. “Al principio me quería volver. Me sentía presa. Pero luego conocí a la profesora Jeni [Asencio]. Ella tiene mucha paciencia y nos ha enseñado. Es como una mamá, una hermana. No nos dejó, pese a las cosas que hemos pasado”, dice Marta. “Al no saber leer, muchas veces te sientes engañada, pues las personas no cumplen con lo que dijeron. Me sentía muy frustrada. Pero aprendí, por los golpes de la vida, y ahora, aunque no leo rápido, siento una emoción”.A Elsa Rubilar se le humedecen los ojos de alegría cuando habla de su regreso al colegio en 2023. Tiene 67 años y su madre la sacó de la escuela en Temuco, en la zona sur de Chile, a los ocho para que cuidara a sus siete hermanos. “Yo era la mayor y ni mi madre ni mi padre sabían leer. Y ella dijo: ‘no va a aprender’, mejor que ayude en la casa. Yo en ese tiempo no conocía ni la letra O”. Hoy dice con orgullo: “Me he sacado notas 7,0. Y yo no sabía nada, apenas sabía poner mi nombre, porque mis hijas me enseñaron”. Trabaja como asesora del hogar desde muy niña y ahora lo hace Lo Barnechea, hace 13 años. “Un día le dije a mis patrones que quería estudiar, y el caballero me respondió: ¿Y en qué topamos? Estudie”.“Un curso con mucho compañerismo”El profesor Diego Cordero era director del Instituto cuando Arturo Bello apareció en el colegio en abril pasado. “Dijo una frase que nos marcó: ‘Vengo a que me den la oportunidad de aprender a leer y escribir. Y a nosotros eso nos removió el corazón”. Aunque las clases habían comenzado, hicieron rápidamente las gestiones para que él ingresara y se integrara al curso, y no a cualquiera, pues “es un curso donde hay mucho compañerismo”.“Cuando las personas entran a una escuela de adultos, la vida les cambia en muchos sentidos. Pero, sobre todo, desde la perspectiva de abrise a disfrutar cosas que, a lo mejor, antes eran temas dolorosos, porque la educación era un tema pendiente. El primer salto que dan es en el autoestima y eso los va segurizando”, señala el profesor.El primer día de clases de Bello fue difundido por las redes sociales de Lo Barnechea Educa, el departamento de educación del municipio y él se hizo rápidamente conocido pues su video tuvo más de 200 mil visualizaciones en Instagram. Su historia ha inspirado a muchos adultos, al punto que el primer semestre hubo 30 nuevas matrículas en el Instituto. “Sin duda, don Arturo no solo es el más popular del colegio, sino también de la comuna. Es un hombre muy jovial, siempre está con una sonrisa. A veces lo miro y siento que tiene más energía que yo”, señala Cordero.Cuatro meses después, cuando ya va en su segundo semestre, Arturo dice: “Estoy muy contento porque estoy aprendiendo. A uno le cambia la vida. Yo antes de venir al colegio pasaba casi todo el día acostado y dormía hasta las siete de la tarde. En cambio, ahora, a las cuatro me estoy preparando para las clases. Le recomiendo a toda la gente adulta que venga a estudiar, porque ayuda mucho”.También se esfumó ese miedo que sentía de que lo sacaran al pizarrón: “Ahora lo que me dice la profesora que haga, lo hago. Y mi letra no es muy mala, me sale bien”.