El Zoo realizaba aquél día de invierno de hace casi 20 años una presentación y dos periodistas se quedaron rezagados al pasar por la zona de los elefantes y observar al único ejemplar. Era la elefanta Susi y no se sabe por qué pero sin tener la menor idea a los dos les llamó la atención su aparente mal estado. “Tuvimos esa percepción. Quizá fue su mirada pero había algo que no encajaba. Pero hicimos lo que teníamos que hacer y preguntamos”, recuerda Jordi Bes, periodista especializado en vinos, gastronomía y Barcelona y entonces en Europa Press. No fue solo una impresión. Un cuidador les oyó y les dijo que no iban tan errados.Y a partir de ese comentario, este diario empezó a hacer reportajes sobre la historia de Susi, la elefanta convertida en un símbolo para los animalistas y que falleció en enero con 55 años. En 2009, la entidad Libera desplegó la campaña para trasladarla a un refugio o santuario de animales para vivir en libertad al considerar que estaba “triste y deprimida” y que corría el riesgo de morir. Las redes eran incipientes pero su caso corrió como la pólvora. Su diagnóstico se basaba en dos razones: los elefantes son animales gregarios y necesitaba compañía -Alice, su compañera, había muerto un año antes- y mucho más espacio que mil metros cuadrados. El Zoo replicó que lo único que le pasaba es que tenía un problema intestinal derivado de la comida que le daban los visitantes y que lo iba a corregir y admitía que estaba buscando una nueva familia de elefantas y que ampliaría sus instalaciones.Y así es como ese verano llegó Yoyo, procedente de Rioleón (Tarragona), en medio de las críticas de Libera, y en 2012 Bully, de Bioparc (Valencia) tras pasar por un circo. Susi y Yoyo ya no están y solo queda Bully que esta mañana de agosto, sin casi curiosos, se está dando una ducha con su trompa antes de comer alfalfa. El parque vivió con incomodidad las protestas. El caso de Susi cruzó fronteras. El Nóbel José Saramago firmó un artículo pidiendo su liberación y la Reina Sofía intercedió por ella. Con un espacio que recreó el desierto del Sahel, Susi pasó en dos años a vivir en cinco mil metros cuadrados; de caminar sobre cemento a hacerlo sobre arena; de dormir en una especie de un parking a un pabellón acristalado con calefacción para resguardarse del calor o, como ahora Bully, con refuerzos de ventilación, hidratación y comida adaptada con bloques de hielo y fruta. Las condiciones mejoraron pero el pulso entre el Zoo y los animalistas continuó. En 2019, el Consistorio aprobó una ordenanza en la que solo se permite la reproducción de especies en peligro para ser devueltas a la naturaleza. Tras la muerte de Susi, Sito Alarcón, director del Zoo, refrendó en mayo a preguntas de Libera en el Consell Municipal de Convivencia, Defensa y Protección de los animales, que no habría más elefantes y que buscaban “el mejor destino” para Bully a través de la Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA) “priorizando su integración en un grupo familiar”.Alejandra García era en 2009 la portavoz de Libera. Ahora vive en Argentina y es miembro de la Fundación Franz Weber que ha impulsado el Proyecto Ele para que todos los paquidermos del mundo vivan en un santuario. Eso es lo que han logrado con los de su país y querrían que Bully acabara sus días en el santuario Pangea, cerca de Alentejo (Portugal), de 400 hectáreas. “Muchos elefantes se han beneficiado de lo que empezó con Susi y cada liberación la dedicamos en su honor”, dice. Pangea ha preferido no opinar sobre el caso y solo apunta que en julio recibió a Julie, una elefanta que estaba en un circo en Portugal, y aguardan que llegue Kariba, de un zoo belga.Estos son otros tiempos. El Zoo de Barcelona se ha fijado ser un espacio de referencia en la diversidad del planeta y dice que lo es también en el cuidado de elefantes mayores. Fuentes del Zoo afirman que priorizarán “garantizar en Bully las mismas condiciones de bienestar animal y sus circunstancias concretas”. No dan pistas pero tienen claro que solo irá a un lugar mejor que en el que está. García cree que con la última elefanta del Zoo de Barcelona se cierra el círculo iniciado con Susi hace 17 años y que el lugar ideal es un santuario. “Al menos que Bully tenga lo que no tuvieron Susi ni Yoyo”, afirma.