El nuevo inquilino de Downing Street vive días dulces. Andy Burnham, primer ministro desde el 20 de julio tras forzar la caída de Keir Starmer, atraviesa su particular luna de miel al frente de un Partido Laborista que vuelve a encabezar las encuestas, algo que no ocurría desde la primavera de 2025. La media de los últimos siete sondeos situaba este sábado al laborismo en el 26%, frente al 24,3% de la ultraderecha de Reform UK y el 19,7% de los conservadores. Son ventajas dentro del margen de error, pero interrumpen una caída que había durado quince meses.PublicidadEl laborismo que arrasó en julio de 2024 —411 escaños con el 33,7% de los votos, la mayoría absoluta lograda con menor respaldo popular desde que hay registros— llevaba sangrando casi desde el primer día de la legislatura. Starmer aguantó varios envites internos y se aferró a una eventual mejora de la economía para contener las críticas, pero terminó anunciando su renuncia el 22 de junio, seis semanas después de la debacle electoral del 7 de mayo. Aquel día el partido perdió el control de 35 ayuntamientos ingleses y cerca de 1.500 concejales, alrededor del 60% de los escaños en juego, y la proyección de voto nacional de la BBC lo dejó en el 17%, empatado en tercer lugar con los conservadores. En las elecciones al Senedd celebradas esa misma jornada dejó de ser la primera fuerza en Gales por primera vez desde que existe la autonomía: Plaid Cymru obtuvo 43 escaños y Reform UK 34, frente a los nueve laboristas, con la ministra principal Eluned Morgan perdiendo su asiento. Tres meses antes había caído al tercer puesto en la elección parcial de Gorton and Denton, un distrito del Gran Mánchester que llevaba casi un siglo en manos laboristas: ganaron los Verdes y Reform quedó segunda. La cita de mayo terminó de acelerar unas intrigas palaciegas que el sistema británico permite: el partido en el Gobierno puede sustituir al primer ministro por otro de sus miembros sin pasar por las urnas.Por esa puerta entraron antes Boris Johnson en 2019, Liz Truss en septiembre de 2022 y Rishi Sunak siete semanas después. El premio de los sondeos por deponer a un líder cuestionado no es automático. Johnson lo cobró y lo convirtió en mayoría absoluta cinco meses más tarde; Sunak solo recortó parte de la desventaja acumulada; Truss no llegó a tenerlo, porque su presupuesto de septiembre disparó la ventaja laborista y duró cuarenta y nueve días en el cargo. Antes, John Major heredó el puesto de Margaret Thatcher en noviembre de 1990 y ganó las generales de 1992, y Gordon Brown disfrutó en el verano de 2007 de un repunte que se evaporó en otoño, cuando decidió no convocar elecciones. Todos llegaron sin votos y todos midieron el efecto en semanas, no en años. Burnham quiere que el suyo dure y ha fijado la apuesta desde el discurso en el que fue aclamado líder: "Vamos a recuperar el poder de Westminster y Whitehall y dárselo al lugar donde vives".La tregua internaBurnham accedió al liderazgo sin competencia. Recibió 379 avales de diputados, más del 94% del grupo parlamentario, por encima del 88% que reunió Brown en 2007. La ausencia de contienda ahorró al partido un verano de campaña interna, pero obligó al nuevo primer ministro a comprar voluntades en el reparto de carteras.El gabinete presentado el 21 de julio funciona como un acta de paz entre familias. John Healey, ministro de Defensa con Starmer y veterano del ala moderada del partido, asumió la cancillería del Exchequer, el equivalente británico a Economía y Hacienda. Ed Miliband, líder laborista entre 2010 y 2015 y referente de la izquierda ecologista, ascendió a Exteriores. Louise Haigh, de la izquierda blanda del partido, se hizo cargo de la Oficina del Gabinete como número dos de facto. Angela Rayner, la voz más marcadamente sindical del gabinete, recuperó Vivienda; Yvette Cooper, veterana del centro y exministra del Interior, pasó a Sanidad; y Wes Streeting, del ala blairista y cuya dimisión en mayo abrió la crisis, entró en Defensa. Salieron Rachel Reeves, David Lammy y Peter Kyle, los tres asociados al núcleo de Starmer.PublicidadStreeting había renunciado antes a disputar el liderazgo. Las normas laboristas exigen ser diputado para optar al mando del partido y Burnham llevaba nueve años fuera de los Comunes; el diputado Josh Simons dejó su escaño de Makerfield, en el Gran Mánchester, para abrirle paso, y Burnham ganó esa parcial a mediados de junio frente a Reform. Cuatro días después, Starmer anunció su marcha. Rayner y Haigh, que habían abandonado el Gobierno por sendos episodios personales, regresan rehabilitadas.El reparto del poderLa descentralización es la apuesta identitaria del nuevo Ejecutivo y el terreno que Burnham conoce de oficio: fue el primer alcalde metropolitano del Gran Mánchester, un área de casi tres millones de habitantes y diez municipios que lleva medio siglo midiéndose con Londres y con un sur al que acusa de acaparar inversión y decisiones. El 31 de julio el Gobierno publicó Rewiring the State, el marco que promete un libro blanco con más detalle el 28 de octubre, coincidiendo con los presupuestos. El documento concede a los alcaldes metropolitanos nuevas competencias y, sobre todo, la posibilidad de retener una parte del impuesto sobre la renta y de las tasas empresariales que se recaudan en su territorio, sustituyendo las subvenciones estatales por un flujo propio con menos condiciones desde Whitehall, la calle londinense donde se concentran los ministerios y que da nombre a toda la administración central.A la maniobra la acompaña un gesto: la apertura de un Número 10 Norte en Mánchester, desde donde el primer ministro dice que trabajará al menos un día por semana. "No es un truco", aseguró en su primer consejo de ministros. Su cuarto día en el cargo lo pasó en Glasgow, reunido con el ministro principal escocés, John Swinney, y con el galés, Rhun ap Iorwerth. Desde el IPPR North, el instituto de análisis con sede en Mánchester, lo despacharon con una comparación de fontanería: la instalación está montada, el agua todavía no corre. Burnham gobierna, además, el primer Reino Unido en el que las tres administraciones autonómicas están en manos nacionalistas a la vez —el SNP en Escocia, Plaid Cymru en Gales y Sinn Féin al frente del Ejecutivo norirlandés—, de modo que su promesa de repartir poder llega cuando el poder ya está saliendo de Londres por su cuenta.PublicidadEl principal obstáculo es presupuestario. Healey presentará su primer proyecto el 28 de octubre atado a las reglas fiscales que heredó de Reeves: el gasto corriente del Estado debe pagarse con impuestos, sin recurrir a la deuda, que queda reservada a la inversión. A eso suma la promesa electoral de no subir la renta, las cotizaciones sociales ni el IVA, y los compromisos de gasto en defensa y bienestar. Ha calificado esas reglas de "cimiento de la estabilidad económica y la seguridad nacional", pero cumplir las tres cosas a la vez es aritméticamente imposible mientras el Gobierno mantiene la reforma del sistema de cuidados y el fin del sinhogarismo. Varios diputados presionan para gravar el patrimonio, las plusvalías o los beneficios empresariales; el primer ministro no ha dado señales de querer satisfacer por ahora a su propia ala izquierda. De momento ha optado por medidas visibles y baratas de explicar: eliminación del IVA de la factura eléctrica doméstica desde el 1 de octubre y tope de dos libras en el billete de autobús.Un exterior con acento europeoBurnham eligió Kiev para su primer viaje al extranjero, el 24 de agosto, coincidiendo con el 35º aniversario de la independencia ucraniana. Allí presidió por primera vez la Coalición de Voluntarios —el grupo de 34 países que coordina el apoyo militar a Ucrania— junto a Emmanuel Macron y Friedrich Merz, ambos por videoconferencia. Con el viaje llegó el anuncio de fondo: Londres autoriza a la empresa MBDA a entregar información clasificada sobre los componentes británicos del misil de largo alcance SCALP para que Ucrania monte líneas de ensamblaje propias. El comunicado conjunto condenó los ataques rusos contra ciudades e infraestructuras civiles y prometió estrechar el cerco sobre la "flota en la sombra".Moscú respondió por boca del portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, que acusó al Reino Unido de "echar leña al fuego" y de "participar en la guerra". Burnham replicó desde Kiev: "¿Quién empezó el fuego? Esa es la pregunta, ¿no?". El tono es más frontal que el de su predecesor y llega con el proceso negociador impulsado por Washington encallado.Con Bruselas la ambición es más modesta de lo que sugiere la retórica. Burnham quiere una relación más estrecha con la UE sin tocar las líneas rojas del programa electoral, una combinación que en la etapa de Starmer produjo mucho esfuerzo y resultados escasos. Con Washington la distancia es de partida: Trump se ha mostrado desdeñoso con el nuevo primer ministro, su Administración ya ha opinado sobre algunos nombramientos y en el Instituto para el Gobierno consideran que hay poco que ganar buscando una audiencia temprana en la Casa Blanca.El margen de la luna de miel se estrecha esta misma semana. El Parlamento vuelve el martes y el miércoles y Burnham se somete a su primera sesión de control frente a la conservadora Kemi Badenoch. La ventaja laborista convive con un dato que no ha mejorado al mismo ritmo: siete de cada diez británicos siguen insatisfechos con la gestión del Gobierno, aunque el porcentaje de satisfechos subiera cuatro puntos, hasta el 18%. Reform conserva un cuarto del voto y las próximas urnas —las municipales galesas de 2027— llegan antes de que ninguna descentralización fiscal haya empezado a notarse en la nómina de nadie.
Burnham frena la sangría laborista y devuelve al partido el primer puesto en los sondeos
Tras la llegada del nuevo primer ministro británico su partido vuelve a encabezar las encuestas, algo que no ocurría desde la primavera de 2025 y que interrumpe una caída que había durado quince me...






