En una escena de Sin remedio, la única novela de Antonio Caballero, Ignacio Escobar les recita un haikú a sus amigos burgueses y revolucionarios. “Eso no es un haikú ni muchísimo menos”, le reprocha con solemnidad uno de ellos. “Es que es un haikú colombiano”, dice Escobar. “Aproximativo, de oídas. Una simulación de haikú. Del mismo modo, ustedes no son revolucionarios: son revolucionarios colombianos”. Y un par de páginas después vuelve a la misma idea, y le ha puesto nombre: inautenticidad. “Es el problema de todo este país –o no el problema, porque no es un problema, sino una esencia. La inautenticidad es lo único verdaderamente auténtico en Colombia”. Así es como una novela de 1984, sátira severa de cierta izquierda de los años setenta, viene a echar luz sobre lo que está sucediendo en el gobierno de extrema derecha de Abelardo de la Espriella. Ya lo había escrito en otro artículo, pero lo vuelvo a hacer: desde su campaña fue evidente que en este gobierno nada iba a ser genuino. Todo, desde las puestas en escena de sus manifestaciones públicas hasta cada gesto del presidente, es falso y hechizo: es inauténtico. Es inauténtica la enfebrecida religiosidad del presidente, que ayer se declaraba ateo pero tuvo una revelación justo a tiempo para la campaña y ahora nos cuenta que reza de rodillas hasta en la ducha. Es inauténtico el saludo militar que los pobres funcionarios recién nombrados se ven obligados a hacer cada vez que hay una cámara: no sé con cuánta convicción lo hagan, pero creo firmemente que a los militares serios y responsables, que son muchos en Colombia, se les revuelve algo por dentro cuando lo ven. Todo es una pose, un postureo, una imitación. Todo es un gesto vacío, y esto ocurre en un país que tiene una enorme cantidad de problemas reales. Se confirmó de manera dramática la semana pasada, cuando De la Espriella dio lo que es, para todos los efectos prácticos, el primer discurso abiertamente xenófobo de la historia colombiana. “Que empiecen los operativos coordinados para dar con los inmigrantes ilegales”, dijo en Barranquilla. “Primero los que están cometiendo delitos, segundo los que no tienen regularizada su situación, que en el término de la distancia tendrán que ser deportados”. No voy a decir que la frase “en el término de la distancia” no quiere decir lo que De la Espriella cree, pero sí voy a referirme a ese adjetivo, ilegales, que el discurso del presidente asocia a la criminalidad. Es una trampa retórica, muy usada por estos días, y ha encontrado una mina de oro en la inseguridad y el miedo (muy reales y muy justificados) de nuestras sociedades: se busca el chivo expiatorio, se lo culpa de nuestros males y nuestras incertidumbres, se anuncia su expulsión para tranquilidad de todos. La cosa es de manual.Y uno tiene que decir lo que debería ser evidente: para perseguir a delincuentes extranjeros no hay que perseguir a extranjeros, sino a delincuentes. Colombia tiene un grave problema de inseguridad que bebe de muchas causas, y las más recientes son la incompetencia, la negligencia, la irresponsabilidad y la desidia del gobierno Petro; pero basta con anunciar que se va a perseguir a los delincuentes, que es, por otra parte, lo mínimo que un Estado debe hacer. Cuando un político dice que va a perseguir a los inmigrantes que cometen delitos, yo sospecho que no le está hablando a la gente preocupada por los delitos, sino a la gente que quiere culpar a los inmigrantes. O, como me dijo alguien durante los momentos más duros de la inseguridad bogotana: “Ahora resulta que vinieron los de fuera a enseñarnos a atracar”. En otras palabras, sugerir insidiosamente que hay una equivalencia entre las dos cosas, inmigración y delincuencia, no sólo es mentiroso, sino injusto, y además es una invitación a la violencia: como si los colombianos necesitáramos más excusas para eso. Ahora añadamos a la mezcla un poco de nacionalismo, a ser posible del más ramplón: “Primero los colombianos, segundo los colombianos, tercero los colombianos”, dijo De la Espriella en el discurso de marras. Es como digo: nada es auténtico en De la Espriella. Ni siquiera la xenofobia.Porque ese lema ya se le había ocurrido a Jean-Marie Le Pen, el antisemita que en 1984 publicó un libro con este título programático: “Los franceses primero”. Y ese lema ya se les había ocurrido a los aislacionistas norteamericanos de los años cuarenta, que formaron el comité “America First” o “Estados Unidos primero” para evitar que su país fuera a la guerra contra la Alemania de Hitler, y perdieron fuelle cuando sus portavoces –el piloto Charles Lindbergh, por ejemplo, o el cura católico Coughlin– dieron muestras de un escandaloso antisemitismo: al mejor estilo Goebbels, el piloto Lindbergh acusó a “los judíos” de ser culpables de la guerra. De hecho, la idea ya les había servido a los antisemitas colombianos, como Gilberto Alzate Avendaño, para disfrazar su antisemitismo de protección económica, y por eso a finales de los años cuarenta se veían manifestaciones en Bogotá con este lema: “Compre colombiano, no judío”. Sí, a ellos también se les ocurrió primero. Es curioso, este vínculo entre la retórica de “nacionales primero”, también llamada prioridad nacional, y el antisemitismo. Por último: el lema ya se le había ocurrido, cómo no, al gobierno más xenófobo de nuestro tiempo, el único que ha constituido un ejército paramilitar cuya misión es perseguir, intimidar y aterrorizar a los inmigrantes. Me refiero, por supuesto, a los Estados Unidos de Trump: un régimen deliberadamente cruel, inventado por Stephen Miller, uno de los sociópatas mayores de nuestro tiempo de sociópatas, que parece disfrutar especialmente con el sufrimiento que causa a los inmigrantes latinoamericanos, colombianos entre ellos. ¿Eso es lo que De la Espriella quiere imitar? Sus amenazas de deportación, ¿incluyen separar familias venezolanas, por ejemplo, como ha separado Trump a las latinoamericanas? ¿La policía colombiana se va a meter en las casas donde sospeche que hay venezolanos “ilegales”? ¿Eso son los “operativos coordinados”? ¿Hay alguien que se acuerde en el gobierno de lo mucho que han sufrido los inmigrantes colombianos, todos, el estigma de la delincuencia de unos cuantos? Lo más triste del discurso xenófobo de Abelardo de la Espriella es que ocurrió mientras los colombianos de todas partes daban unas muestras de solidaridad que a mí, por lo pronto, me conmovieron como nada me ha conmovido en muchos años. Dieron su tiempo, su dinero, su esfuerzo físico, para ayudar a las víctimas del terremoto reciente. Algunas de las víctimas no eran colombianas: ¿habría que ayudarlas en segundo lugar? Algunos de los que ayudaron a quitar escombros y a hacer cadenas humanas en los depósitos de alimentos no eran colombianos: ¿habría que revisarles los papeles para ver si De la Espriella los deporta después? Lo que quiero decir es que este gobierno, que llegó al poder montado en las iglesias cristianas, da muestras todos los días de un desprecio total por los valores cristianos de la compasión y la solidaridad. Pero a la realidad le gustan las simetrías, como decía Borges: por estos días murió el padre Javier Giraldo, que encarnaba esos valores a manos llenas. Es una lástima que De la Espriella, imitador de tantos, no imite nunca a los mejores.