Llegué a Venezuela en un avión donde más de la mitad de los pasajeros éramos personal de ayuda humanitaria e internacional: desde rescatistas y bomberos, hasta psicólogos y enfermeros. La llegada fue muy impactante. Una cosa es ver las imágenes por televisión o redes sociales, y otra muy diferente es vivirlo: uno se siente pequeñito frente a un pueblo hecho ruinas. Durante mi primer recorrido por la zona de La Guaira, me conmovió el silencio absoluto de cientos de personas cuando un rescatista levantaba el puño, una señal universal para apagar motores y callarse con la esperanza de escuchar alguna señal de vida bajo los escombros. Esa mezcla de esperanza y desesperación marcó mi inicio aquí. En esos recorridos identificamos que un punto con necesidades inmensas era el puerto convertido en morgue. En La Guaira colapsaron, por lo que el puerto fue designado como el lugar para recibir a los fallecidos. Es un sitio muy contradictorio: de un lado, el mar inmenso y azul que se junta con el cielo; y del otro, las carpas que albergan las imágenes más dolorosas que se puedan imaginar.

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