La geopolítica energética global atraviesa un punto de inflexión histórico. El anuncio realizado por el presidente Donald Trump sobre un acuerdo estratégico que garantiza a Estados Unidos el control mayoritario de 65.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo en Venezuela no solo representa un terremoto económico para Sudamérica, sino la piedra basal de una doctrina de dominio absoluto en el hemisferio occidental. En momentos en que la conflagración militar en Oriente Medio —marcada por una guerra con Irán que ya completa seis meses— y las sanciones estructurales contra Rusia han alterado y colapsado las cadenas globales de suministro, Washington dio un golpe de timón audaz para asegurar su independencia y supremacía a largo plazo. Este convenio sin precedentes incrementa enormemente la seguridad energética y proyecta el dominio incuestionable de Estados Unidos en Occidente. Con la reserva estratégica de petróleo estadounidense navegando en sus niveles más bajos de las últimas cuatro décadas y con los precios de los combustibles convertidos en una espada de Damocles política de cara a las elecciones legislativas de mitad de mandato en noviembre, la Casa Blanca logró transformar la crisis de abastecimiento en una oportunidad hegemónica.