Las petroleras estadounidenses se garantizan grandes volúmenes de crudo pesado a largo plazo, pero, frente a lo que publicita la Casa Blanca, el pacto no abaratará la gasolina en lo inmediato
Fiel a su estilo, el presidente Donald Trump anunció a última hora del viernes un arreglo con Caracas para que Estados Unidos explote la quinta parte de las reservas probadas de Venezuela, las mayores del mundo. Es la constatación de lo prometido a principios de año por el propio Trump: que Washington se cobraría en petróleo la operación militar que concluyó con el arresto de Nicolás Maduro, el relevo en la presidencia por su hasta entonces número dos, Delcy Rodríguez, y la creación de un cuasiprotectorado de tintes colonialistas. Hasta ahí lo cierto. Los detalles de lo anunciado este viernes siguen, en cambio, en el terreno de la nebulosa.
Dos comunicados, dos realidades. Abonado a la grandilocuencia, Trump habla del “acuerdo” como la “mayor” transacción petrolera “de la historia”, algo de por sí dudoso. Su país se adueñaría de 65.000 de los 300.000 millones de barriles de crudo que atesora Venezuela bajo tierra, una cantidad que más que duplica las reservas probadas estadounidenses (46.000 millones de barriles). Aunque habla de “acuerdo”, lo que subyace de sus palabras es una apropiación en toda regla de yacimientos que se encuentran miles de kilómetros al sur de su territorio.










