Un informe pensado para orientar la salud de las mujeres durante la menopausia ha terminado poniendo sobre la mesa cuánto de lo que la medicina sabe sobre ellas se ha construido, en realidad, mirando a los hombres. Esta semana se ha conocido que algunas de las recomendaciones incluidas en un estudio de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) se apoyaban en otras estadísticas realizadas exclusivamente con varones. La Agencia ha anunciado que hará una rectificación, pero la recogida de cable no ha podido evitar la sensación de perplejidad que muchas personas han sentido al leer la noticia de elDiario.es. PublicidadEl caso ha vuelto a dirigir nuestra atención hacia cómo se han estudiado y se estudian, en pleno 2026, los cuerpos, las vivencias y los procesos femeninos. Es decir, bajo qué sesgos tienen lugar las investigaciones, y quiénes y cómo sufrimos sus consecuencias. Son varias las preguntas que han surgido, aunque quizá la que habría que empezar por plantear es si acaso se puede hablar de metodología científica si esta no conlleva aplicar la perspectiva de género. En el caso de la medicina, Teresa Samper -miembro de la junta directiva de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT)- explica que la mirada científica ha venido a establecer "que a los seres humanos solo nos diferenciaba el aparato reproductor, lo que llevó a tomar como 'norma' el cuerpo del hombre y a crear una especialidad médica para el aparato reproductor femenino". El problema de una norma que se presenta como neutral es precisamente que aquello que queda fuera de ella corre el riesgo de convertirse en excepción. Resulta que las mujeres somos, pese a representar el 51% de la población mundial, exactamente eso: una excepción. Y "que el cuerpo masculino sea el marco de referencia, sumado a la invisibilización de los procesos fisiológicos de las mujeres, nos lleva a un deterioro de nuestra salud, puesto que la atención será de peor calidad al no existir conocimiento suficiente", como señala Elena del Estel, coautora de Señoras, una mirada integral de salud en la menopausia. El infarto de miocardio constituye uno de los ejemplos históricos más conocidos de esta tónica. Teresa Samper recuerda que ya en 1991 la cardióloga estadounidense Bernardine Healy denunció en un editorial publicado en The New England Journal of Medicine que la mayoría de investigaciones cardiovasculares no incluían a mujeres. Los síntomas observados fundamentalmente en hombres habían terminado convirtiéndose en los síntomas del infarto medio, sin apellido, pero con consecuencias mortales para ellas.PublicidadDel Estel menciona el mismo ejemplo para poner de relieve hasta qué punto se trata de un criterio conocidamente parcial que, sin embargo, sigue existiendo en la práctica clínica: hay mujeres que llegan a Urgencias con un infarto y son enviadas a casa porque no presentan el considerado "clásico síntoma del dolor en el brazo". En el mismo sentido, la dietista-nutricionista y licenciada en Farmacia critica que haya "mujeres a las que se les descarta una apnea del sueño porque el cuestionario está diseñado para los ronquidos de los varones". Otras patologías propias o más comunes en mujeres, como la fibromialgia, el lipedema o las alteraciones de la glándula tiroides, también tardan años en ser diagnosticadas, pues no se ajustan a afecciones propias de ellos: los varones cis, blancos, europeos; el cuerpo hegemónico.¿Y eso por qué? "Durante mucho tiempo, las preguntas consideradas científicamente relevantes se formularon en instituciones fundamentalmente masculinas", recuerda Teresa Samper. Las mujeres estaban "vinculadas a su función reproductiva, mientras que otros procesos específicos de sus cuerpos como la menstruación o la menopausia podían ser considerados secundarios o simplemente insuficientemente interesantes para convertirse en problemas de investigación", reflexiona la socióloga de la salud, profesora e investigadora de la Universitat de València. El clítoris es un caso extraordinario de esta miopía patriarcal. Ahí ya no hablamos de procesos, síntomas ni apreciaciones, sino de algo tan físico como un órgano. Pero "el placer de las mujeres no es necesario para la reproducción" y, por tanto, no parecía necesario atenderlo. Al menos no hasta hace bien poco: ha sido este 2026 cuando se ha conocido por primera vez cómo eran realmente sus terminaciones nerviosas. PublicidadCon los dolores pasa igual: "Es más barato decir que somos histéricas, que nos quejamos mucho y que el dolor es normal, que invertir dinero en estudios que investiguen sobre nuestra salud", opina Elena del Estel. Ocurren cosas muy extrañas con las mujeres y la medicina: cuando alguno de sus síntomas "no encaja en el marco, no se revisa el marco por si es deficiente, se patologiza o se tiende a pensar que es normal que eso sea así, como el dolor de regla".Los años y años que miles de ellas se ven avocadas a convivir con terribles dolores hasta que son diagnosticadas de endometriosis no son una experiencia que Del Estel considere excepcional. "Se nos infantiliza y se nos trata de exageradas", reprocha. Lo cruel es que resulta relativamente habitual que determinadas demandas de salud relacionadas con el dolor o los cambios en el estado de ánimo, explica, se atribuyan con mayor facilidad a causas psíquicas: "A nosotras nos prescriben ansiolíticos en lugar de pruebas diagnósticas". Y hay momentos vitales, como el posparto o la menopausia, donde el riesgo a que opere ese tópico aumenta sin duda; tanto como para que lleguen a aparecer sentimientos de culpa: "Es fácil que dudes de ti misma", expresa la nutricionista.Para que todo este maltrato hacia los cuerpos femeninos tenga lugar, no hace falta imaginar a un médico que conscientemente decide no creer a una paciente. "Los sesgos de género aparecen antes, en la construcción de las agendas científicas", advierte Teresa Samper. Incorporar la perspectiva de género, continúa, no consiste en terminar un estudio y separar sus resultados entre hombres y mujeres. Empieza mucho antes, "al preguntarnos sobre qué investigamos, qué problemas consideramos relevantes, qué preguntas formulamos, qué variables consideramos significativas, a quién incluimos en las muestras, hasta qué diferencias buscamos y cuáles damos por supuestas".Lo que ha ocurrido es que solo "aquello que responde al interés principal, al sujeto hegemónico de la salud, es donde se ha invertido", sostiene en el mismo sentido Elena del Estel, que frente a la investigación de problemas como las reglas abundantes e incapacitantes, o la pérdida de libido de las mujeres, contrapone el interés investigador y comercial que sí han despertado históricamente cuestiones como la calvicie masculina o la disfunción eréctil. El Alzheimer ofrece otro ángulo desde el que observar esta misma asimetría. Según datos difundidos este año por Ace Alzheimer Center Barcelona, a partir de los 55 años su prevalencia alcanza el 7,1% entre las mujeres frente al 3,3% entre los hombres. Ellas, con todo, continúan infrarrepresentadas en los ensayos clínicos: investigaciones del propio centro concluyen que tienen un 26% menos de probabilidades de ser seleccionadas para estos estudios. Desigualdad que, en este caso, se prolonga además fuera del laboratorio, pues dos de cada tres personas cuidadoras de pacientes con demencia son también mujeres. Visto el panorama, ¿por dónde empezar a solucionarlo? Samper recuerda que ha sido desde los feminismos a partir de donde se han conseguido modificar las agendas políticas y, con ellas, las científicas. Y, cuando determinados asuntos vinculados a la vida y la salud de las mujeres pasan a considerarse relevantes, "lo que cambia no es únicamente la respuesta científica, cambia aquello sobre lo que la ciencia considera que merece la pena preguntar". Por eso, como argumenta Teresa Samper, "introducir la perspectiva de género en la investigación médica no consiste únicamente en estudiar diferencias entre mujeres y hombres, puesto que esto sería una simplificación. Más bien consiste en preguntarse cuándo el sexo, el género y sus interacciones son relevantes para comprender aquello que investigamos". En definitiva, que el investigador o la investigadora sea capaz de deshacerse de sus propios prejuicios.