EntrevistaEl escritor mexicano es una de las estrellas del festival Oiga, Mire, Lea, de Cali. El evento, por cuenta del terremoto, se aplazó para noviembre.Guillermo Arriaga es una de las figuras invitadas a Oiga, Mire, Lea. Foto: (EPA) EFE29.08.2026 22:01 Actualizado: 29.08.2026 22:01

El autor de El salvaje es uno de los grandes personajes que estará en Cali en el festival literario Oiga, Mire, Lea; el evento se aplazó por cuenta del terremoto que dejó de luto a todo el país. Este es un abrebocas de LECTURAS DOMINICALES con una de las voces esenciales de un encuentro que hará que las letras también ayuden a reconstruir una de las ciudades más vivas del planeta.12, 14, 23, 28, 42, 49, 58, 67…No son terminaciones de un número de lotería ni una nueva versión de Lost. Son los años que tenía Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958) cuando su futuro se encarriló, sin que él lo supiera, o cuando alguna de las piezas de su vida creativa empezó a encontrar su lugar. Una vida que se puede recorrer a través de novelas, cuentos, guiones de películas y experiencias que terminaron alimentando su obra.Con once años lo expulsaron de la escuela primaria porque perdió once de doce materias. Al año siguiente, con doce, ya tenía buena parte de las bases y experiencias para convertirse en uno de los contadores de historias más interesantes de la literatura y el cine contemporáneos, un creador que reclama la participación activa y simultánea del lector y del espectador. LEA TAMBIÉN Sus obras son el resultado de una persona que, desde los catorce años, supo que quería contar lo que ya había vivido y sentido en una casa donde se amaba la cultura y en un barrio donde la vida avanzaba a trompicones, entre sus múltiples violencias.Y, sobre todo, convirtió una supuesta desventaja, su déficit de atención, que estuvo detrás de aquella debacle de asignaturas perdidas, en una virtud, en un sello de identidad: sus historias no se desarrollan de manera lineal, sino que se acercan más a una estructura cerebral, en la que las cosas no siempre tienen un orden y, en cambio, suceden de manera simultánea, creando un rompecabezas que el lector o el espectador va armando mientras se relatan los hechos hasta que, al final, todo encaja.Su vida personal, también, va un poco a contracorriente de la mayoría:Guillermo Arriaga se acuesta a dormir hacia las cinco de la mañana y se levanta como a las diez. Cinco horas de sueño son suficientes. Después vienen diecinueve horas de acción, cotidianidad y creación, buena parte de ellas dedicadas a la escritura, pensando o escribiendo.“Fíjate que me hice adicto a la escritura. Ahorita no, ahorita estoy en periodo de promover El hombre, mi nueva novela.“Voy a Bolivia para celebrar el aniversario de la cineteca de La Paz y presento mi novela en la Feria del Libro de La Paz. La gente de Bolivia es encantadora. Luego voy a Costa Rica, a Panamá, a Bucaramanga, a Santo Domingo y a Quito”. Es uno de los protagonistas de la duodécima edición del Festival Internacional de Literatura Oiga, Mire, Lea, prevista del 2 al 6 de septiembre de 2026 y que el terremoto ha desplazado a noviembre.Será su segunda vez en Cali.“Allí tuve una de las experiencias más bonitas con este festival. Es un público muy cálido que me trató espectacularmente. ¿Bailar salsa en Cali? Sería ridículo que un mexicano siquiera intentara competir con un caleño. Yo no bailo, y ahora con los problemas de oído ya no voy a lugares donde la música esté muy alta”.Lo cuenta en esta videoentrevista cuando, en su casa de Ciudad de México, son las once de la noche y se muestra con la vitalidad de las once de la mañana. Traducido a una veintena de idiomas, ahora prepara el regreso a la dirección con la adaptación de su novela Escuadrón Guillotina, mientras sirve de asesor para la miniserie Amores perros, la película de la que fue guionista y que lo dio a conocer a nivel mundial.Guillermo Arriaga se dio a conocer hace treinta y cinco años con su primera novela y hace diez publicó una de las obras que mejor resume su mundo, El salvaje. En ella transfiguró gran parte de lo vivido en su adolescencia y juventud con el vigor que caracteriza su obra.Arriaga (México, 1958) ganó el Premio Alfaguara de Novela 2020. Foto:Mauricio Moreno. EL TIEMPO“Va a parecer una paradoja lo que voy a decir: me mantengo igual, pero diferente. Creo que sigo tocando los mismos temas. Creo que siguen siendo las mismas obsesiones desde que empecé mi primer libro, uno de cuentos, Retorno 201. El primero que terminé. Yo tenía como 28 años, pero lo había empezado con 23. Desde entonces son las mismas preocupaciones éticas y estéticas.“Si alguien lee mis cuentos, habrá visto que tenía esta obsesión por las estructuras desde mucho antes de que las llevara al cine o a la novela.“La vida, también, te va otorgando experiencia: desde las más afortunadas, como fue el nacimiento de mis hijos y ahora el de mi nieta, hasta las desafortunadas, como la muerte, por ejemplo, de mis papás o de mis suegros. Son experiencias realmente dolorosas.“Esas vivencias, de alguna manera, tienen que trastocar tu obra, te tienen que cambiar el punto de vista. Aun cuando sigo manteniendo, repito, las mismas obsesiones, hay algo distinto que las alimenta. Dicho esto, me siento muy afortunado porque mis libros se siguen reeditando. No solamente en español, sino traducidos a más de veinte idiomas. Te podrás imaginar que nunca, cuando empecé a escribir literatura, me imaginé que iba a llegar a esos idiomas. Nunca me imaginé ser traducido a lenguas como el ucraniano o el lituano o el farsi o el árabe o el chino. Estoy muy agradecido con esa trayectoria”.La lectura está siempre en la vida de Guillermo Arriaga, pero la escritura y el cine han marcado las distintas etapas de su trayectoria. En 1981 empezó la escritura de su volumen de cuentos Retorno 201; en 1991 debutó con su primera novela, Escuadrón Guillotina, a la que siguieron Un dulce olor a muerte (1996) y El búfalo de la noche (1999).De la narrativa pasó a su consagración en el cine con los guiones de la trilogía de películas que hizo con Alejandro González Iñárritu: Amores perros (2000), 21 gramos (2004) y Babel (2006). Entremedias, Los tres entierros de Melquiades Estrada, dirigida por Tommy Lee Jones (2005); después, la adaptación de su novela El búfalo de la noche, dirigida por Jorge Hernández Aldana (2007), y, al año siguiente, su ópera prima como director y guionista con The Burning Plain, o Camino a la rendición en Hispanoamérica. Desde entonces se ha centrado en la literatura, una etapa que se consolidó con los cinco años que empleó en la escritura de El salvaje (2016), que lo puso en el mapa de la narrativa en español. Una posición que ha refrendado con Salvar el fuego (Premio Alfaguara 2020), Extrañas (2023) y El hombre (2025, Alfaguara).En esta última, el escritor mexicano trata de ir a los orígenes, a los embriones, a los soplos de inspiración, a los detonantes de diferentes aspectos de su vida personal, tan ligada a lo creativo. En su caso, no es tanto cuestión de escribir como de contar. La vida en casa, en un colegio privado y la experiencia de la calle en un barrio duro, convertidas en literatura.“Quiero puntualizar que fui muy afortunado de tener la familia que tuve. Padres que me estimularon mucho intelectual y culturalmente desde que yo era niño. Con unos hermanos que también abrazaron esta intelectualidad y esta cuestión cultural. “Recuerdo a mis papás siempre leyendo y cuando nos llevaron a museos. Me acuerdo, muy chiquito, tendría tres o cuatro años, viendo un cuadro de Frida Kahlo donde tiene un corazón, y yo asustado.“Entonces, si tú sumas la calle con una escuela privada, que se supone que era del más alto nivel que había en México, con una familia que se obsesiona con la cultura, más un barrio donde vivían intelectuales importantísimos del país. Aunque era un barrio de clase media, media baja, ahí vivían intelectuales muy importantes. Esas cosas te iban alimentando, no solamente la calle.“Mi interés por la cultura y la literatura no nació por generación espontánea. Es algo que derivó de una serie de condiciones muy afortunadas”.En medio de esa vorágine de vivencias se abrió paso la lectura y la escritura. Aunque había algo anterior a ellas:“Yo no era un tipo enamorado de la lectura, la verdad. Yo estaba enamorado de la calle, yo estaba enamorado de jugar fútbol todos los días. Pero me gustaba mucho leer enciclopedias. Esa era una pasión enloquecida: leer enciclopedias y compendios. Yo sabía, por ejemplo, cuáles eran los ríos más grandes del mundo. Aprendí a jugar ajedrez solo leyendo una enciclopedia a los ocho años. Me sabía todos los datos de fútbol que te puedas imaginar.“Pero el libro que me impresionó fue Al este del Edén, de John Steinbeck. Estaba muy chico, tendría unos once años. Y lo leí en inglés con dificultades, porque me lo obligaron a leer en quinto de primaria. Ese libro me marcó. Yo no soy como muchos escritores que eran lectores ávidos y hablan de Julio Verne, Salgari. Yo ni a Verne ni a Salgari los leí, ¡para qué les cuento cuentos! “En cuanto a la escritura, desde muy niño sentía que me pasaban cosas que a las demás personas no les pasaban. Y quería contarlas. Imagínate, saber que en las azoteas de mi colonia se escondían los que vendían drogas en los tinacos o que a mi perro lo metían en peleas de perros y llegaba herido, completamente herido. Yo era niño, tenía ocho o nueve años, y los adultos de la colonia se lo llevaban a las peleas. Saber que había pandillas ahí. Lo que me tocó vivir en el transporte público cuando iba a mis clases de natación o a la escuela. Entonces dije: ‘Esto vale la pena contarse’”.Guillermo Arriaga Foto:Ana Paula AlvarezEn aquellos años, hacia los doce, ocurrieron dos hechos cruciales en su vida personal que terminarían por encarrilar su destino literario.“Eso fue cuando me expulsaron de una escuela primaria muy reconocida, pero autoritaria, era muy fea esa escuela. Y mis padres me pasaron a una privada mexicana-americana donde la materia de teatro era obligatoria.“El teatro me ayudó mucho, porque no solamente tenía que leer a los grandes dramaturgos, sino que tenía que dirigirlos, actuarlos y producirlos. Ya tenía doce años y estábamos produciendo Edipo Rey, El gran teatro del mundo o Shakespeare o Calderón de la Barca. “Me sacaron de la escuela porque reprobé once de doce materias, entre ellas Conducta. Cosa de mi déficit de atención. En mi caso, en mi colegio, mi papá tenía que ir cada tres meses con otros dos padres de familia porque era indisciplinado. “Ese déficit me convirtió en una persona muy dispersa. Desarrollé la capacidad de unir cosas dispares porque así funciona mi cerebro. Lo que he querido hacer es un poco retomar la forma en que contamos la historia en la vida cotidiana. Nadie cuenta sus historias de manera lineal. No sé por qué algunas personas dicen: ‘Es que es una escritura cinematográfica’. No tiene nada de cinematográfica. La vienen haciendo William Faulkner y James Joyce, no sé por qué lo vinculan con lo cinematográfico”.Si El salvaje estuvo en la cabeza de Guillermo Arriaga desde su adolescencia, El hombre entró en su cabeza cuando tenía 23 años, en 1981.“Fue después de leer ¡Absalón, Absalón!, de Faulkner. Me dije: ‘Me encantaría contar esta historia’. Se la platiqué a mis agentes, ahí por el año 2000 o 2001. Llegué a hablar con presidentes de estudios, pero no entendían muy bien de qué se trataba. En un mundo tan woke hablar de mexicanos, afroamericanos y esclavitud era un poco sensible para ellos.“Es la novela en la que menos me he tardado en los últimos años. La novela que más rápido escribí es Escuadrón Guillotina, la escribí en diez días. Pero El hombre la escribí en un año y cuatro meses. Poco si comparamos loscinco años y medio que me llevó El salvaje. Pero la llevaba en la cabeza cuatro décadas, aunque no sabía quiénes eran los personajes ni para dónde iba a ir”.El hombre narra varios asuntos fundacionales: cómo una persona llega a convertirse en un ser cruel, cómo surge una nación como Estados Unidos y cómo se abre paso el capitalismo. Una historia particular que termina convirtiéndose en una mirada sobre el origen de nuestro presente.“Lo que quería contar era simplemente la historia de este personaje y, poco a poco, se fue convirtiendo en una historia de cómo surgió el capitalismo. Yo no tenía interés en escribir la historia del capitalismo.“Cuando tú le quieres adosar a una narración, a un poema o a una obra de teatro o una carga ideológica o un deseo de hacer pedagogía, se derrumba, no tiene suficiente vida hacia el futuro.“Lo que quería contar era la historia de este hombre por sí misma y, de manera accidental, se terminó convirtiendo en una especie de metáfora de la construcción del capitalismo”.Una historia construida a partir de una polifonía de voces que recuerda a las estructuras faulknerianas o a las de Juan Rulfo en Pedro Páramo, porque es la suma de esas voces, desde diferentes puntos de vista, la que termina de dar forma a ese mosaico vívido.“Lo que siento que tiene que tener una novela polifónica es que sea verdaderamente polifónica. Cuando se habla de polifonía no estamos hablando de polinarrativa, sino de una forma distinta de voz. No me gustan las novelas que dicen ser polifónicas donde todos hablan igual. Ya no hay personalidad.“Creo que el lenguaje retrata una personalidad. Y me parecen un poco tramposas esas novelas donde los personajes hablan todos de la misma manera. En El hombre fui descubriendo cuáles eran estas voces. Porque nunca tengo idea de qué va a suceder o cuántos personajes va a haber. No tengo idea ni quiénes son. Van surgiendo poco a poco, cada uno va surgiendo con su propia voz. Lo había hecho en Salvar el fuego. Voces distintas, no solamente entre los narradores principales, sino, por ejemplo, entre unas cartas como si fueran de presos, traté que cada carta de cada preso tuviera su personalidad, su identidad. Hacerlo me implica un reto y una dificultad técnica bastante complicada”.Sus libros y guiones están hechos de lenguaje, de memoria y de distintas formas de contarnos y de contar la vida.“Para mí es una obsesión el lenguaje, porque el lenguaje traduce realidades, te permite entenderlas mejor. Aunque vengo del cine y siempre hay esto de que una imagen dice más que mil palabras, yo puedo decir que una palabra puede decir más que un millón de imágenes”.Ese mundo de Guillermo Arriaga se expandió desde los ocho años, cuando sus padres se fueron a vivir a Unidad Modelo, en la capital mexicana. Heridas, dudas y felicidades en las que se imbrican lo cultural, lo familiar y las atrocidades de la calle; el universo de alguien que ama la caza, que tiene la paciencia del cazador y que disfruta de la naturaleza porque lo que caza es para comer, no por cazar.Guillermo Arriaga Foto:Mariana ArriagaEse universo trepidante desde el que observa la condición humana lo traslada a sus escritos. Medio mundo lo supo en el año 2000 con Amores perros. Veintiséis años después ayuda a convertir la película en una serie. Una segunda vida para una historia que llegará a nuevas generaciones.“No puedo hablar mucho del proyecto. Estoy sugiriendo escritores y algunas ideas, pero, al fin y al cabo, es el grupo creativo que se está armando el que va a tomar las decisiones.“Me hacen el favor de consultarme y yo les doy mi retroalimentación. No podemos competir con la película, no queremos competir con la película, no queremos reproducir la película. Es otro formato y estamos explorando el mundo de Perro negro, perro blanco, que así se llama”.Al mismo tiempo, otro proyecto creativo parece entusiasmarlo más: volver a la dirección con un largometraje, casi dos décadas después:“Voy a volver a dirigir un largometraje sin la menor duda. Cuando yo hice The Burning Plain (2008) llegaba al set con una felicidad que no te puedes imaginar. Decía: ‘No puede ser que esté aquí en este momento’. Son de los momentos más alegres, más satisfactorios, más emocionantes de mi vida. Llegar a las 4:30 de la mañana, me están poniendo las luces, todo ese mundo, uf, es una adrenalina inmensa.“Es una experiencia de verdad con emociones muy bonitas. No tienes idea de lo privilegiado que me siento. Trabajar, por ejemplo, con alguien como Robert Elswit, el fotógrafo legendario, dirigiendo a José María Yazpik, Charlize Theron, Kim Basinger, Jennifer Lawrence, Joaquim de Almeida, Reda Kateb, con un editor armándote la película mientras la estás filmando como Craig Wood, que hizo Piratas del Caribe, sabiendo que la música la van a hacer Omar Rodríguez y Hans Zimmer.“La película que espero rodar es Escuadrón Guillotina, una versión de mi primera novela. La tiene una productora española consiguiendo el financiamiento. Escribí la adaptación y se las mandé. Les gustó mucho. Estoy ahí listo para cuando deba empezar”.Hay un hecho en el que convergen lo profesional, lo personal y lo soñado y que parece hacerlo especialmente feliz: el desempeño de sus hijos Santiago y Mariana en el mismo ámbito creativo:“No puedo estar más que orgulloso de mis hijos. Son infinitamente más talentosos que yo. Tienen una conexión con la imagen que me rebasa por mucho: una sensibilidad muy poderosa, un sentido de la fotografía del que yo carezco. Son fotógrafos y embajadores de Leica en América Latina. Tienen un gran sentido visual, tienen mucho sentido del actor, tienen mucho sentido de los pequeños detalles. Son muy buenos directores”. WINSTON MANRIQUE SABOGALLECTURAS DOMINICALES LEA TAMBIÉN Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.