La salud privada argentina muestra una paradoja difícil de ignorar. Clínicas y sanatorios advierten que trabajan con márgenes mínimos, los médicos se quejan de honorarios cada vez más bajos y las obras sociales sostienen que los recursos no alcanzan para cubrir las prestaciones obligatorias. Pero, al mismo tiempo, algunas instituciones incorporan tecnología médica de punta. ¿Cómo pueden convivir ambas realidades?
Hace pocos días participé en un congreso de Adecra+Cedim, la asociación que nuclea a clínicas, sanatorios y hospitales privados. Durante buena parte de las exposiciones se repitió un diagnóstico conocido: costos crecientes, prestadores financieramente tensionados y profesionales cuyos honorarios quedaron muy rezagados.
Sin embargo, en ese mismo ámbito también se mostraban experiencias de innovación: inteligencia artificial para mejorar procesos, reducir errores y agilizar la atención, junto con inversiones de mayor complejidad. Una prestigiosa institución médica privada de Buenos Aires, por ejemplo, incorporó un nuevo robot quirúrgico para ampliar la cirugía robótica a distintas especialidades.
El contraste es inevitable. ¿Cómo puede un sistema que dice no tener recursos para pagar adecuadamente a sus médicos invertir, al mismo tiempo, en tecnología de última generación?







