“Recuerdo salir un día casi llorando, llamar a mi novia y decirle: “Yo no quiero hacer esta mierda, no quiero hacer esto”. Así rememora Álvaro Jauma (A Coruña, 28 años) su experiencia trabajando en marketing: hojas de cálculo, números y pasarse el día delante de una pantalla. “Los tiempos, la velocidad y las formas de trabajar ya no me funcionaban”, cuenta Almudena Pedreño (Madrid, 34 años), que pasó muchos años en la industria musical. Ahora Jauma es ebanista y Pedreño profesora de cerámica. Ninguno de ellos es Christopher McCandless en la película de Into The Wild explorando el Norteamérica, pero le han echado agallas.“Soy pésimo haciendo cosas que no me gustan. Me pongo en modo autodestructivo, me bloqueo, y eso se nota en el trabajo. Durante el confinamiento me interesé mucho por la carpintería. Empecé haciendo muebles básicos y me salió una oportunidad a través de un familiar”, explica Álvaro Jauma. Al principio fue un proceso mucho más duro que el idilio de perseguir sus sueños: muchas horas de pie, cansancio físico y jefes muy exigentes. “De estar sentando en una oficina pasé a hacer 18.000 pasos al día en un taller diminuto”, recuerda. Jauma se mudó a Noruega en busca de mejores condiciones y, cuando volvió a España, se lo montó por su cuenta. Habla desde su taller compartido en Alcorcón, con el mono de trabajo puesto. Crea muebles, como él dice, “para vivirlos”. Los hace tanto para sus tíos como para actores y actrices famosos de los que prefiere no contar más. Aunque no le guste presumir de ello, le va bien. “Mi historia no es dejar el marketing para irme a un taller hipster a hacer muebles bonitos. Es dejar un curro que odiaba para irme a lijar, quitar clavos y hacer 18 horas extra semanales cobrando 6,25 euros. Es cansancio físico, broncas de un jefe tóxico, frustración, y la suerte de haber encontrado algo que sí me compensa”. Lo suyo es puro esfuerzo. “La clave es esa suerte: haber encontrado una vocación”.Almudena Pedreño estuvo trabajando más de 10 años para diferentes empresas de la industria musical. Igual que para Jauma, la pandemia fue el punto de inflexión. Decidió abrir un estudio de cerámica, donde también imparte clases. “Necesitaba algo con lo que yo pudiera estar más conectada conmigo misma”, dice. “Nunca me sentí cómoda con la idea de tener que estar físicamente en un espacio cumpliendo un horario concreto. Prefiero valorar el trabajo por su efectividad y sus resultados, por lo que consigo hacer, más que por el tiempo que paso sentada en una oficina”. Explica que de la cerámica le atrapó el torno y la formulación de los esmaltes. “Me quedé enganchada a la sensación de crear volumen con las manos, de un acabado cuidado y de un aprendizaje infinito”.Para ella, la cerámica es algo terapéutico. Su problema nunca fue la cantidad de horas ni el esfuerzo, sino la conciliación: “Poder organizar ese tiempo de forma que encajara con mi día a día, y no al revés. Hay días que mis jornadas superan las 10 horas, sí, pero otros son tres. Esa flexibilidad es lo que más me gusta”, afirma. Pasó del frenetismo de una industria que no para, como la musical, a enfrentarse, literalmente, a un trozo de barro que moldear. “Noté el silencio. Poder tener espacio para pensar y crear. También para darle vueltas a las cosas”. De hecho, algo de aquel estrés permanece en ella y reconoce que aún no ha logrado ir tan pausada como le gustaría. Un cambio generacionalEl 41% de los jóvenes de entre 18 y 28 años ha abandonado voluntariamente un empleo antes de cumplir un año, según un informe de Randstad. Entre los motivos más citados figuran los bajos salarios (40%), la falta de flexibilidad (13%) y la falta de identificación con los valores de la empresa (11%). Hay quien aún repite el mantra de que los jóvenes ya no aguantan nada. “Es algo muy simplón. No se trata de no aguantar, sino de que si ves que algo no funciona, lo normal es intentar cambiarlo. Otra cosa es romantizar los saltos, el ‘lo dejo todo por la vocación’, como si fuera una peli”, opina Jauma. “Tiene que ver con el empeoramiento de las condiciones objetivas de trabajo en las clases obreras y medias. Trabajamos más tiempo, a cambio de menor poder adquisitivo y con mayor presión e inseguridad”, apunta Luis García Tojar, profesor de Sociología y Comunicación política en la UCM. En sociología existe desde hace décadas el término downshifting: un estilo de vida que busca la simplicidad voluntaria. Se trata de frenar el ritmo diario, rechazar el consumo excesivo o cambiar la presión del trabajo por más tiempo libre y bienestar personal. No obstante, como todo lo que tiene que ver con oportunidades, también es una cuestión de clase. Almudena Pedreño ya contaba con ahorros de su anterior trabajo y un conocimiento profesional. “No todo el mundo tiene ese privilegio; hay gente con hijos, con hipoteca o que no puede simplemente decir: ‘Voy a probar”, dice Jauma. Negocios como la ebanistería o la cerámica podrían parecer abocados al fracaso. Pero también siguen una tendencia favorable. El informe ‘El consumo en los jóvenes en 2025’, elaborado por el Observatorio Cetelem, certifica que estos apoyan cada vez más los negocios físicos frente a los digitales. “A veces echo de menos tener todo más organizado por una estructura más sólida, por un engranaje empresarial. Ahora todo lo organizo yo y la carga mental es mayor que antes. Uno de mis grandes retos es sin duda la gestión del tiempo, estar entre la flexibilidad que quiero y que espero al montarme un negocio y la disciplina y consistencia que requiere”, detalla Pedreño.Ambos reconocen haberse sentido apoyados por sus familias, pero el prejuicio a dedicarse a un oficio manual existe. “Los trabajos manuales y profesionales siguen siendo mundos poco comunicados. Mis alumnos de Periodismo que no consiguen trabajar en su profesión se ocupan en trabajos semicualificados o cualificados, no en ocupaciones manuales”, reconoce Luis García Tojar. Jauma va más lejos: “En nuestra generación ha fallado el sistema educativo. Es como la típica metáfora de que no debes juzgar a un pez por cómo escala un árbol o cómo corre. No te ayuda a buscar lo que realmente te llena”. Trabajar con las manos también conecta con la dimensión de lo tangible. “Mi decisión vino más de una necesidad de conectar y dejar de sentir constantemente que estamos desconectados del momento y de lo que pasa alrededor. Literalmente siempre tengo las manos manchadas como para coger el teléfono. Me parece un lujo poder formarme y dedicarme a un oficio con siglos de historia”, detalla Pedreño. Jauma está obcecado con que sus piezas formen parte de la vida de la gente: esa mesa en la que comes durante toda la vida, la butaca donde tus padres leían o el mueble que heredas. Tiene su justificación personal. “Mi padre murió y no tengo muebles suyos. Me gustaría que quien compre lo que hago pueda dejarlo a sus hijos”. Él, de todas formas, se considera más un currito que un empresario. “Sigo necesitando que me den planos y órdenes. Me cuesta organizarme y hacer presupuestos. Eso sí, lo prefiero antes que volver a aquel despacho”.
Cambiar la oficina por el taller sin romanticismo: “Dejé un curro que odiaba para irme a lijar, quitar clavos y hacer 18 horas extra semanales a 6,25 euros”
De la hoja de Excel al taller, ¿se puede? Álvaro Jauma y Almudena Pedreño se atrevieron a dar el salto










