Es muy popular el dicho de que los carburantes suben como un cohete y bajan como una pluma. Es una sabiduría popular que no está mal encaminada, pero que no es exactamente cierta. Lo que ocurre habitualmente es que, tras una subida del precio del petróleo, las gasolineras fijan suelos de modo que sus tarifas nunca llegan a repercutir la bajada del mercado mayorista. Esto ha ocurrido tradicionalmente (lo analizamos aquí) y está sucediendo otra vez en esta crisis energética. Al fijar suelos más altos, cuando el crudo vuelve a subir, por pequeño que sea este movimiento, los carburantes llegan aún más alto.
Es precisamente lo que está ocurriendo en este mes de agosto. La subida de la energía ha elevado la inflación hasta el 4,3%, el nivel más alto de los últimos tres años y medio. Y la inflación de los productos energéticos ha ascendido hasta el 17%, el peor dato de los últimos cuatro años, a pesar de que el precio del crudo está lejos de los 120 dólares que llegó a alcanzar en los peores momentos de la crisis.
La subida acumulada del petróleo de referencia en Europa, el Brent, ha subido algo menos de un 30% desde que comenzó la guerra en Irán (en euros). Por el contrario, la gasolina que fijan las distribuidoras (antes de impuestos) ha escalado un 41%. Una brecha que significa que el precio en el surtidor ha subido un 36% más que el precio del mercado. El precio en los surtidores suma ya tres meses consecutivos de una subida superior a la del crudo, lo que significa que las empresas tardaron poco tiempo en repercutir la subida, pero no están haciendo lo mismo con la caída.










