Por Susana Madera |

Quito (EFE).- «¿Novio español? Vas a mejorar la raza». Ese comentario llevó hace una década a la cineasta ecuatoriana Carolina Hernández a preguntarse dónde nacen esos complejos y por qué están tan arraigados en la sociedad, un interrogante que ahora lleva al cine en la película ‘El niño probeta’.

Con una combinación de ciencia ficción y drama familiar, la película plantea cuestionamientos en torno a los prejuicios raciales, que experimentó en carne propia al presentar a su novio europeo en Ecuador.

Esta coproducción entre Ecuador, Perú y España narra la historia de una humilde y joven pareja mestiza de los Andes que, gracias a un innovador tratamiento genético, concibe un hijo con características físicas a elección, en la búsqueda pragmática de evitar barreras en una sociedad donde el origen, el apellido, el color de piel y los rasgos físicos aún son determinantes en oportunidades laborales e interpersonales.

Así nace Panchito, el primer «niño neoprobeta» del pueblo San Fernando: un niño rubio y de ojos claros, cuya presencia descoloca a su entorno social, en una comunidad rural de los Andes ecuatorianos.