Viendo la evolución de Rusia en estos quince años, resulta aún más sorprendente la irrupción de Pussy Riot en 2011. Nos enamoramos de ellas cuando salieron, con los rostros protegidos por balaclavas chillones, haciendo el punkarra a la catedral de Moscú en 2012. Fueron rápidamente detenidas y encarceladas. En aquel momento, nos pareció que lo que estaban desafiando era a la religión. Años después, entendimos que era a la democracia misma.
En el imprescindible documental Una plegaria punk (producido por HBO, se puede ver en Filmin) vemos cómo se desarrolló el juicio que las sentenció a dos años de prisión por haber “socavado el orden social” aquel día en la iglesia ortodoxa. Nadezhda Tolokónnikova, a quien vimos en el banquillo con una camiseta con el lema antifascista español “No pasarán”, dijo que la sentencia era un síntoma de que “la libertad está desapareciendo” en Rusia. Un síntoma y un presagio de que vendrían cosas peores.
Las integrantes de Pussy Riot en el exilio siguen recibiendo condenas, sin estar siquiera detenidas. El año pasado, Mariya Alyokhina, en busca y captura desde 2022 y que ya había pasado por la cárcel tras el primer juicio, fue sentenciada a 13 años de cárcel por criticar la invasión de Ucrania.













