Yayoi Kusama, que en su adolescencia nipona tuvo que coser paracaídas para el Ejército Imperial, aterrizó en la Nueva York de los años cincuenta como un objeto provocador no identificado. En realidad lo hizo en Seattle, pero la veterana Georgia O'Keeffe, que tuvo a bien responder a sus cartas, le aconsejó con buen ojo que se mudara a la Gran Manzana. Allí no pasó desapercibida, pero no triunfó a lo grande. Entre otras cosas porque, según ella, Andy Warhol le robaba un montón de ideas. La familia acomodada que le dio una infancia infeliz en Matsumoto y que luego no logró retenerla en el corsé de Kioto -donde estudió - observaba con horror sus escándalos americanos. Arropada teóricamente por el minimalista Donald Judd, Yayoi Kusama se emparejó platónicamente con otro artista, Joseph Cornell. Si ella fue su objet trouvé, él fue su coartada. “Éramos complementarios”, diría años después, “él era impotente y a mí el sexo me daba asco”. Esto último no era óbice para consumir gran parte de su tiempo cosiendo penes de peluche con topos, para su obra “Campo de falos” (1965). Llámenle psicomagia. Tanto los falos como los topos siguieron muy presentes en obras sucesivas, incluidas otras “esculturas blandas”. También gustaba de pintar lunares a hombres y mujeres en cueros, a los que animaba a practicar el amor libre, en performances a caballo entre EE.UU. y Holanda País este que resultó más receptivo a sus propuestas con el culo al aire. Oficiante en la época de la psicodelia y los hippies, cultivó el op art y tuvo la ecuanimidad de protestar tanto contra la guerra de Vietnam -le ofreció a Nixon acostarse con ella si la terminaba- como con la invasión soviética de Checoslovaquia. En respuesta a esta última ideó una performance consistente en meter una bandera soviética sucia en una lavadora, frente a la sede de la ONU. Aunque la Biennale de Venecia no la invitó a su programa, se presentó igualmente con su Jardín de Narciso. En kimono y rodada de 1.500 bolas plateadas, que vendió a 200 liras la pieza, hasta que la echaron. Su salud mental, que ya no era buena, empeoró tras el fallecimiento de Cornell, en 1972, que precipitó su regreso definitivo a Japón, un año después. Dejaba atrás una leyenda disruptiva y un reconocimiento artístico por debajo de su olfato y de su talento, acaso por ser asiática y mujer. Antes se había adelantado a su tiempo, una vez más, al oficiar como sacerdotisa un simulacro de casamiento homosexual, cuando este era todavía ciencia ficción. El Japón de los setenta terminó de hundirla y a finales de esa década ingresó voluntariamente en un centro psiquiátrico que proponía el arte como forma de sanación. Pintar y crear a diario la salvó del suicidio, según reconocería más tarde. Su estrella se había apagado. Nadie podía imaginarse que, quince años más tarde, sería reivindicada por una nueva generación y alcanzaría cotas de admiración -y cotizaciones- mucho mayores que en su plenitud neoyorquina. A los reconocimientos, dentro y fuera de Japón -donde se convirtió en la primera mujer en obtener el Praemium Imperiale- le sucedió algo más que una resurrección artística. Cerca de los 65, cuando otros se jubilan, desandó el camino del olvido para subir los peldaños de la consagración. Véase una exposición monográfica en el MoMA de Nueva York o, años después, su muestra en Londres, con la que batió el récord de visitantes de la Tate Modern. Yayoi Kusama trabajando ArchivoYayoi Kusama resultó ser, no solo más provocadora y divertida que la mayoría de vacas sagradas -todos hombres- de su generación pop. También se reveló como una artista visionaria que se anticipó al futuro, con formas, colores y motivos que han mantenido su frescura, mientras otros vanguardistas huelen a naftalina. De ahí que Louis Vuitton fuera a buscarla. De ahí que, más recientemente, los instagramers hagan cola para fotografiarse ante su Calabaza, en las isla de las artes de Naoshima, o ante otras de sus esculturas gigantes, en varios continentes.La artista, fallecida el 14 de agosto en un hospital de Tokio, a los 97 años, siguió pintando hasta sus últimos días. Yayoi Kusama tuvo tiempo de sobras para ver el museo dedicado a su obra y figura en Shinjuku, uno de los barrios más jóvenes e inquietos de Tokio, que era también el de su hospital psiquiátrico.Lee tambiénJordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.
Muere Yayoi Kusama, la paracaidista de los topos
Artista japonesa de vanguardia, vinculada a la psicodelia e inquilina voluntaria de un centro psiquiátrico










