Dormir conectado a una máquina no entra en los planes de nadie, mucho menos cuando uno siente que, más allá de unos ronquidos molestos o de levantarse algo cansado, tampoco le ocurre nada especialmente grave. Eso fue lo primero que pensó Miguel Ángel, de 60 años, cuando salió de la consulta con un diagnóstico de apnea obstructiva del sueño (AOS) y la prescripción de un equipo de presión positiva continua en la vía aérea, más conocido como CPAP.No tardó mucho en convencerse de que aquello no era para él, lo probó una sola noche y decidió guardarlo. “La primera noche aguanté 10 minutos, sentía que me ahogaba; la segunda la aparté de la cama; la tercera la guardé en un armario y allí está. Duermo boca abajo y con el aparato no puedo; me aprieta la mascarilla, hace ruido y, sinceramente, creo que es peor el remedio que la enfermedad. Para mí es una tortura”, resume.Lo cierto es que no es un caso aislado. Aunque el CPAP sigue siendo el tratamiento de referencia y más eficaz para la apnea obstructiva del sueño moderada y grave, conseguir que los pacientes la utilicen todas las noches continúa siendo uno de los mayores retos de las unidades de sueño. Y no porque el tratamiento no funcione, ya que la evidencia científica ha demostrado durante años su capacidad para eliminar las pausas respiratorias, mejorar la calidad del sueño y reducir los síntomas asociados a la apnea. El problema es aceptar dormir cada noche con una mascarilla que implica un cambio de hábitos que no todos los pacientes están dispuestos a asumir.Simón (82 años) también recibió el mismo diagnóstico después de años roncando y despertándose con una sensación de no haber descansado bien. A él tampoco le sedujo especialmente la idea de dormir conectado a una máquina; simplemente decidió probarlo. “Pensé, a ver si me venía bien, y así ha sido”, explica. “La primera noche fue extraña; lo notas un poco raro porque llevas unas correas en la cabeza y la mascarilla en la nariz”, recuerda. Pero esa sensación inicial duró apenas unos días; “luego es como todo, acostumbrarse”. De eso ya hace más de 15 años.Hoy reconoce que respira mejor, descansa más y no se plantea abandonar el tratamiento porque para él los beneficios superan con creces las molestias. Quien quizá más agradece el cambio ha sido su mujer, Inés Mary, quien antes del diagnóstico había llegado incluso a plantearse dormir en habitaciones separadas: “O me acostaba yo antes para quedarme dormida o era imposible coger el sueño”, recuerda. La primera noche con el CPAP, dice, fue “una delicia”, porque los ronquidos desaparecieron y con ellos las noches en vela.La historia de Miguel Ángel y la de Simón reflejan el principal dilema al que se enfrentan los especialistas en medicina del sueño: cómo conseguir que un paciente acepte un tratamiento capaz de mejorar su salud cuando, a primera vista, solo ve una mascarilla incómoda.Qué ocurre cuando se tiene apneaCada noche, miles de personas dejan de respirar decenas o incluso cientos de veces sin ser conscientes de ello. Durante esos episodios, la vía aérea se colapsa repetidamente, disminuye el oxígeno en sangre y el cerebro provoca pequeños despertares para recuperar la respiración. ¿El resultado? Un sueño fragmentado que impide al organismo descansar, aunque el paciente tenga la sensación de haber dormido toda la noche.La apnea obstructiva del sueño es mucho más que un problema de ronquidos; es una de las enfermedades crónicas con importantes consecuencias cardiovasculares, metabólicas y neurológicas, y continúa siendo una de las patologías del sueño más infradiagnosticadas. Como explica Alejandro Pastor, director del Comité de Comunicación de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), “es como intentar cargar un teléfono móvil desconectándolo del cargador cada pocos minutos; nunca llegará a cargarse completamente”.La primera noche aguanté 10 minutos, sentía que me ahogaba; la tercera la guardé en un armario y allí estáMiguel ÁngelEl uso de este dispositivo posiciona a los pacientes.Robert IngelhartLas consecuencias aparecen durante el día: cansancio persistente, somnolencia, irritabilidad, dificultad para concentrarse, pérdidas de memoria, dolores de cabeza al despertar o incluso episodios de sueño al volante. Muchos pacientes atribuyen estos síntomas al estrés o al paso de los años, pero pueden ser la manifestación de una enfermedad. A largo plazo, la apnea aumenta el riesgo de hipertensión, infarto, ictus, diabetes tipo 2, deterioro cognitivo y accidentes de tráfico relacionados con la somnolencia.El tratamiento de referencia para la apnea moderada y grave sigue siendo el dispositivo CPAP, que, a diferencia de lo que muchas personas creen, no administra oxígeno ni respira por el paciente. Su función es mantener la vía respiratoria abierta mediante una presión continua de aire, evitando que se cierre durante el sueño y reduciendo así las pausas respiratorias.Lee tambiénSi el CPAP funciona bien y los beneficios están demostrados, ¿por qué tantos pacientes abandonan el tratamiento? Los motivos que se repiten en las consultas son: sensación de claustrofobia, incomodidad de la mascarilla, ruido, sequedad nasal, fugas de aire, dificultades para viajar con el equipo o el rechazo psicológico a dormir conectado a una máquina. A ello se suma, en algunos casos, la sensación de que el dispositivo simboliza una enfermedad crónica o la preocupación por usarlo delante de la pareja.Estudios recientes apuntan a que esos factores emocionales y psicológicos pueden predecir mejor el abandono del tratamiento que la propia gravedad de la apnea. Comprender esas barreras y acompañar al paciente durante las primeras semanas es fundamental. Para Alejandro Pastor, el principal obstáculo no suele ser el dispositivo en sí, sino lo que el paciente imagina incluso antes de utilizarlo. “El mayor enemigo del CPAP no suele ser la mascarilla, son los mitos asociados”, argumenta.A su juicio, la adaptación requiere tiempo. “Es un cambio importante en los hábitos de sueño y es completamente normal que durante los primeros días aparezcan dudas, pequeñas molestias o cierta sensación de rechazo”, añade. Lo que sucede después depende, en buena medida, del acompañamiento que reciba el paciente.Una mascarilla mal ajustada, una fuga de aire, la sensación de claustrofobia o la sequedad nasal suelen tener solución, explica el especialista; pero muchas personas vuelven a casa con el equipo bajo el brazo y la sensación de que tendrán que arreglárselas solas. “La diferencia entre un paciente que abandona el tratamiento y otro que consigue utilizarlo durante años muchas veces no está en la máquina, sino en el trabajo de escucha y acompañamiento durante esas primeras semanas”, explica el representante de SEPAR.La diferencia entre un paciente que abandona el tratamiento y otro que no muchas veces no está en la máquina, sino en el trabajo de acompañamientoAlejandro PastorDirector del Comité de Comunicación de la SEPARAl principio fue raro, ahora lo echamos de menosSimón es uno de esos pacientes que decidió dar una oportunidad al tratamiento. Cuando el médico le explicó que necesitaba un CPAP para controlar la apnea, no le dio demasiadas vueltas y lo probó. La primera noche fue extraña, pero la adaptación fue mucho más rápida de lo que esperaba; en pocos días empezó a respirar mejor y dejaron de producirse esos microdespertares provocados por la sensación de ahogo. Para la sequedad, le ha ajustado un depósito de agua y hoy asegura que no se plantea abandonar el tratamiento: “Estoy mejor con ella”, asegura.Quien mejor percibe el cambio, sin embargo, no siempre es el paciente. Antes del diagnóstico, Inés María había aprendido a organizar sus noches para poder dormir; si quería conciliar el sueño, tenía que acostarse antes que su marido porque los ronquidos hacían prácticamente imposible descansar. Por eso recuerda con claridad la primera noche con CPAP: “Fue una delicia”, dice.Sufrir apnea del sueño también puede impactar en la pareja. Getty Images/iStockphotoLos ronquidos desaparecieron casi de inmediato y con ellos también la preocupación constante de despertarse una y otra vez durante la noche. “Ya te acuestas sabiendo que vas a dormir tranquila”, explica. Hoy asegura que el único inconveniente aparece cuando en los viajes cortos Simón decide dejar el aparato en casa. “Entonces volvemos a lo de antes, o me acuesto yo primero o es imposible”. Incluso bromea con que, si un día decidiera abandonar el tratamiento, la solución volvería a ser la misma que años atrás: “Cada uno a una habitación”. “Bendita máquina”, concluye.Novedades en el tratamiento de la apneaMiguel Ángel sigue esperando una alternativa que encaje mejor con su forma de dormir. “Si existiera otro tratamiento igual de eficaz, pero sin tener que llevar una máquina, lo probaría con los ojos cerrados”, asegura. Hoy el CPAP sigue siendo la mejor opción para muchos pacientes con apnea obstructiva moderada o grave, pero han aparecido nuevas alternativas para algunos perfiles concretos.Entre ellas están los dispositivos de avance mandibular, la terapia posicional, la cirugía en pacientes seleccionados, la estimulación del nervio hipogloso y los nuevos tratamientos farmacológicos para la obesidad que han demostrado reducir los episodios de apnea en personas con obesidad asociada. El objetivo ya no es ofrecer la misma solución para todos, sino encontrar el tratamiento que cada paciente pueda mantener a largo plazo. También el propio CPAP ha evolucionado con equipos más pequeños, silenciosos e inteligentes que permiten un seguimiento remoto que facilita resolver problemas durante la adaptación. Según Pastor, ese acompañamiento resulta decisivo para evitar abandonos, porque “un CPAP guardado en un armario no protege a nadie”, insiste.Lee tambiénEl reto de las unidades del sueño, además de diagnosticar más casos de apnea del sueño, es conseguir que cada paciente encuentre el tratamiento que pueda incorporar a su vida, porque la apnea no desaparece por ignorarla, y dormir bien no es una cuestión de comodidad, sino una necesidad biológica para proteger el corazón, el cerebro y la salud a largo plazo.Durante años, Simón pensó que el CPAP era una máquina más que debía utilizar. Hoy sabe que es la diferencia entre una noche interrumpida y un descanso reparador. Miguel Ángel, en cambio, sigue viendo en ella una barrera difícil de superar. Dos respuestas opuestas ante un mismo diagnóstico que resumen el gran desafío de la apnea del sueño: no basta con tener un tratamiento eficaz, hay que conseguir que el paciente quiera utilizarlo. Porque una máquina que no sale del armario no puede evitar una apnea que sigue ocurriendo cada noche.
Apnea del sueño y CPAP, la máquina que divide a los pacientes: “Creo que es peor el remedio que la enfermedad, para mí es una tortura”
La apnea del sueño es una enfermedad que va mucho más allá de los ronquidos; aumenta el riesgo cardiovascular y afecta a la calidad de vida y, aunque el CPAP es el tratamiento más eficaz, muchos pacientes lo abandonan por incomodidad o rechazo









