Olga Merino 27/08/2026 06:00 Actualizado 27/08/2026 06:33 Síguenos en Google0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialA primera hora de la tarde del 10 de mayo de 1996, Jon Krakauer había conseguido al fin coronar el monte Everest (8.848 metros). Con un pie en Nepal y el otro en China, contempló las vistas con cierta ausencia letárgica, al límite ya de su resistencia física y mental; la merma de oxígeno embota las neuronas. El reportero y escalador norteamericano llevaba 57 horas sin pegar ojo y sufría “arcadas estremecedoras”, una de las facturas que se pagan para aclimatarse a la altitud: “Lo único que había podido tragar durante los tres últimos días era un bol de sopa de fideos japoneses y un puñado de cacahuetes M&M’s”, escribió en Into thin air ( Mal de altura / La febre del cim ), un libro superventas que contribuiría a convertir la tragedia en ciernes en uno de los episodios más célebres, si no el más mortífero, de la historia del alpinismo: en las siguientes 24 horas sucumbirían ocho montañeros.Lee tambiénEl reloj le marcaba las 13.17 horas cuando inició el descenso: no había pasado ni cinco minutos en el techo del mundo. Iba justo de oxígeno y una manta de nubes, que parecía inofensiva, comenzaba a tapar, hacia el sur, algunas de las cumbres que rodean el pico rey del Himalaya. Cuando alcanzó el Escalón de Hillary, un corte pronunciado en la cresta que exige destreza técnica, observó con asombro que unos metros más abajo, en la base del resalte rocoso, se arracimaba más de una docena de personas afanosas por hollar la cima, a pesar del tope horario –habían pactado que a las 14 horas se bajaba sí o sí– y de que los sherpas solo habían instalado una cuerda fija. Atrapados a más de 8.000 metros –la llamada zonade la muerte –, algunos habían pagado 65.000 dólares por participar arropados en una aventura extrema.Destacado como de opi para la serie de verano Destacado como de opi paraAquella escena condensaba la paradoja que Krakauer investigaba: la revista Outside le había encargado un reportaje –más tarde se transformaría en libro– sobre la mercantilización del Everest; es decir, la conversión del riesgo en un producto de lujo para clientes adinerados y a menudo inexpertos en los ochomiles, un fenómeno en pleno auge desde los años ochenta. En el embotellamiento del saliente coincidían los miembros de tres expediciones: la que encabezaba el neozelandés Rob Hall, a la que se había enrolado el periodista; la del norteamericano Scott Fischer; y un tercer equipo taiwanés, que escalaba sin fines comerciales. Aquellas dos bestias del alpinismo no tardarían en fallecer: el primero, de hipotermia; el segundo, por un edema pulmonar a causa del mal de altura. Los dos cadáveres permanecen en la montaña.Krakauer, con 42 años entonces, tuvo que aguardar a que se despejara el tráfico en la estrechura del Escalón de Hillary para reanudar la bajada. Cuando se cruzó con el guía Andy Harris, miembro del grupo de Hall, le pidió que le cerrara la espita de la botella de oxígeno que llevaba a la espalda, pero el hombre, ya muy perjudicado por la hipoxia, lo que hizo fue abrírsela a tope: para cuando el reportero advirtió el error, ya se encontraba al filo de la asfixia. Alcanzó el campamento de puro milagro. Poco después se echó encima la ventisca, arrastrando consigo una temperatura de 50 grados bajo cero. A medianoche comenzó a descender algún escalador suelto, al borde del coma.Es aquí donde entra en escena un personaje fascinante: Anatoli Bukréyev, un alpinista soviético de constitución compacta y asombrosa capacidad aeróbica que trabajaba como guía para la expedición de Fischer. Krakauer se mostró muy crítico con él: le reprochó que hubiese alcanzado la cima sin oxígeno suplementario —iba así más ligero de peso— y que, iniciado el descenso, no permaneciera junto a sus clientes cuando asomaron los problemas; aquella resolución pudo haber menoscabado su claridad de pensamiento y resistencia. El norteamericano matizaría luego sus críticas, mientras Bukréyev defendió su papel en The Climb (Everest 1996: crónica de un rescate imposible) : bajar antes al campamento le permitió reponer fuerzas y estar disponible por si algún rezagado necesitaba ayuda. De hecho, el soviético se calzó los crampones en mitad de la oscuridad gélida y salvó tres vidas a tientas.En el fondo, ambos arremetían contra lo mismo: la “banalización” de la escalada. “Para escalar a 8.000 metros […] no hay dinero que pueda garantizar el resultado”, escribió Bukréyev, quien murió al año siguiente bajo una avalancha en el Anapurna. La montaña impuso su verdad.
Tragedia en el techo helado del planeta
Un cúmulo de errores en la cima del Everest y una tempestad se cobraron la vida de 8 escaladores entre el 10 y el 11 de mayo de 1996






