Emplazada en el extremo suroeste de la pen�nsula costarricense de Nicoya, llegar hasta Santa Teresa es toda una declaraci�n de intenciones. Carreteras polvorientas, peque�os pueblos donde la vida cotidiana parece suspendida, selva densa e inabarcable que por fin se abre al Pac�fico... El largo camino —las distancias no son grandes sobre el mapa, pero s� en tiempo real: cinco horas desde el aeropuerto de San Jos�, tres desde el de Liberia— tiene su recompensa, porque Santa Teresa es, sin duda, pura vida.Aqu� pura vida no es un eslogan, ni siquiera esa expresi�n vers�til que se usa para casi todo: como saludo, despedida y agradecimiento, para decir que todo va bien o incluso para relativizar cuando todo va mal. Aqu� pura vida es, ante todo, una manera de estar: una relaci�n m�s laxa con el tiempo, una cierta indiferencia hacia la urgencia, una idea de bienestar que no pasa por acumular, un ritmo vital sostenido en lo esencial. En Santa Teresa, donde lo esencial —luz, temperatura, playas de postal— ya est� dado, pura vida es la mejor forma de describirla. Tarea dif�cil, en cualquier caso, porque simplemente hay que vivirla.No es casualidad, pues, que este peque�o pueblo se encuentre en una de las cinco llamadas "zonas azules" del mundo: territorios donde la esperanza de vida es significativamente m�s alta. Se ha atribuido a la dieta, la gen�tica y el sentido de comunidad, pero tambi�n a un fuerte prop�sito vital —una cotidianeidad sin estridencias— y a la actividad f�sica como parte natural del d�a a d�a.La playa de Santa Teresa, belleza y relax frente a las olas.SHUTTERSTOCKLa naturaleza, aqu� y en toda Costa Rica, no es un tel�n de fondo sino una prioridad nacional, en la que conservaci�n y desarrollo han ido de la mano. La geograf�a, adem�s, impone su propio ritmo. Si bien hay playas maravillosas a las que es f�cil llegar —como playa Negra o playa Grande, junto al Parque Nacional Marino Las Baulas, en la bah�a de Tamarindo, o Nosara, m�s al sur—, el aislamiento ha funcionado en el caso de Santa Teresa como un filtro providencial.Durante a�os, con una infraestructura m�nima, fue territorio casi exclusivo de surfistas atra�dos por la constancia de sus olas y la potencia del Pac�fico. Tambi�n llegaron los yoguis. De esa primera tribu —a�n presente— queda el pulso informal y sano de quien organiza su vida en torno al mar y a la naturaleza, im�n que ha atra�do a una creciente comunidad internacional que ha hecho de Santa Teresa su hogar.Colecci�n de tablas de surf clavadas en la arena.SHUTTERSTOCKLas olas de Santa Teresa son de las m�s consistentes del Pac�fico centroamericano: funcionan casi todo el a�o, con la marea baja como momento favorito de los locales. De arena clara y varios kil�metros de extensi�n, rara vez est� masificada. Antes de que caiga la noche, la gente se congrega en la orilla, o alrededor de una hoguera.Al norte, en Playa Carmen convergen surfistas de todos los niveles; al sur, Playa Hermosa —m�s salvaje y menos concurrida— recompensa a quienes se alejan un poco. El surf lo impregna todo: el lenguaje, los horarios, la forma en que la gente ordena su d�a. En Santa Teresa, nadie tiene prisa, pero nadie llega tarde a una buena ola.Lujo descalzoHay quien describe el pueblo como una sola calle, no siempre asfaltada, flanqueada de tiendas de surf —como Del Soul, que tambi�n imparte clases— y caf�s donde conviven acentos argentinos, franceses y estadounidenses, y se sirve a�a�. Y, sin embargo, es en el anonimato que ofrecen sus frondosos verdes interiores o la inmensidad blanca de su playa donde uno encuentra esa conexi�n plena con la naturaleza que pocos lugares pueden ofrecer.Playa Cuevas, conocida localmente como playa Suecos.SHUTTERSTOCKAunque Santa Teresa invita a no moverse demasiado, merece la pena escaparse hasta Montezuma y sus cascadas escondidas en la selva: pozas de agua dulce, vegetaci�n exuberante y caminos todav�a salvajes que resumen bien el esp�ritu de Nicoya, un lugar donde la naturaleza a�n se impone, aunque es dif�cil saber hasta cu�ndo.Hace una d�cada, la revista T de The New York Times la bautiz� como "el pr�ximo Tulum". No se puede negar que Santa Teresa se ha ido sofisticando: han llegado hoteles de escala contenida pero alto est�ndar, muchos escondidos entre la vegetaci�n, otros directamente en la playa, como Fermata, adem�s de villas de alquiler de ensue�o. Quienes lo han intentado con propuestas m�s grandiosas no siempre lo han conseguido, imponi�ndose el modelo boutique y silencioso por encima del lujo espectacular que caracteriza a Papagayo —m�s al norte—, donde brillan Four Seasons, Andaz o Ritz-Carlton. En Santa Teresa el lujo no se exhibe: madera reciclada, arquitectura integrada en la naturaleza, espacios abiertos a la brisa del oc�ano y una sensaci�n permanente de vivir entre la selva y el mar. El resultado es un lugar donde lo esencial y lo aspiracional no se contradicen, donde la vida sigue organiz�ndose en torno a las mareas, al saludo al sol y al placer de andar descalzo. Puedes seguir a El Mundo Viajes en Facebook, X e Instagram y suscribirte a nuestra newsletter aqu�.
El lujo de andar descalzo: as� es Santa Teresa, el refugio m�s deseado de Costa Rica
Emplazada en el extremo suroeste de la pen�nsula costarricense de Nicoya, llegar hasta Santa Teresa es toda una declaraci�n de intenciones. Carreteras polvorientas, peque�os...






