El saludo oficial de Costa Rica es “pura vida”, más común que hola y que adiós. La historia viene de una película mexicana homónima de 1956, protagonizada por el actor cómico conocido como Clavillazo, en la que repite una y otra vez esta locución para mostrar una actitud positiva contra cualquier adversidad y que, al presentarse en Costa Rica, causó tanto revuelo que se volvió dogma. El resto es historia del optimismo que define a los ticos —llamados así porque todos los diminutivos los acaban en tico—. Es probable que hoy la pura vida, lejos del turismo de masas, se encuentre en el Pacífico Sur, la zona más ancestral y menos comercializada del país. Recibe turistas todo el año, pero su temporada fuerte es de noviembre a marzo. Por eso, quien se acerque en julio y agosto lo disfrutará igual o más, al sentirse más solo y recibir algún que otro chaparrón a mediodía, de esos que limpian el día un par de horas para que se abra de nuevo en la tarde. Delfines y mejenga en Piedras BlancasSi algo hay en Costa Rica son parques naturales. Así que, llegados al cantón de Golfito, empezamos por el parque nacional Piedras Blancas, cuyo descubrimiento haremos en bote bordeando la costa y a pie por sus senderos. En este mar templado abundan delfines de dos tipos: por un lado, los llamados nariz de botella (siempre más cercanos a la costa) y, por otro, el delfín manchado (visible en el centro del golfo), reconocible por sus manchas en la panza, sus saltos felices y su puesta en escena, siempre en grupos muy numerosos. Entre agosto y noviembre también se avistan ballenas, de ahí que el golfo Dulce fuese declarado Sitio Patrimonio de las Ballenas por la World Cetacean Alliance en 2023 —el primero en América Latina—.En el bote, el guía del hotel Dolphin Quest ofrece caña de azúcar dulce y agria y explica las diferencias (más sabrosa la primera, más interesante para el organismo la segunda). Luego pone una canción de folclore costarricense titulada De la caña se hace el guaro (aguardiente), en una de cuyas estrofas se escucha: “Anoche dormí en el suelo teniendo cama, por culpa de ese bendito guaro de caña”. La serenidad define el recorrido, únicamente roto por las quejas de los truenos lejanos, el rumor de las olas y los saludos de los monos aulladores, los tucanes y los pelícanos que pueblan las palmeras. Nos avisa de que mañana, en el recorrido a pie, tal vez veamos a un jaguar. De camino a los manglares (gran ecosistema y casa de muchas especies), llaman la atención tres islas llamadas Los Mogos, que, según la leyenda, escondieron tesoros de piratas. Aquí la profundidad es tan insondable que cuando Jacques Cousteau vino a explorarla dicen que no llegó a pisar el fondo. Desde ahí, el río Esquinas se abre al Pacífico mientras nos abraza la desbordante y poderosa vegetación de la orilla y la vista de las nubes bajas del horizonte, pegadas al agua.Qué hermoso es viajar, sentirse invitado por el mundo a descubrir sus rituales. En Caña Blanca atracamos para darnos un baño y entender el concepto de playa desierta.El hotel Dolphin Quest, en la playa de San Josecito,es fuente de conocimiento. El personal enseguida te instruye sobre plantas autóctonas, hierbas o frutas que luego se probarán en ensaladas y bebidas de hierbas. Se duerme a merced de las quejas de los monos aulladores y los incontables sonidos de la jungla. Los jueves es tarde de mejenga (pachanga) y hasta el campo de fútbol que precede a las cabañas se acercan vecinos desperdigados por los arenales cercanos. Clientes y locales se toman tan en serio la cita futbolera que no la detiene ni el chaparrón más intenso.Pavones, paraíso surferoLa primera imagen y la última que tendrá el viajero de Pavones será la de unos jóvenes —y no tan jóvenes— con la tabla de surf bajo el brazo, camino de una playa que se enorgullece de tener la segunda ola de izquierdas más larga del mundo —puede extenderse por más de un kilómetro—. La pasión por el surf mezcla a la comunidad local con la extranjera, con una naturalidad que fomenta una convivencia admirable. Aquí los niños surfean desde que aprenden a caminar.Por todas partes brilla el encanto de un territorio que aún no ha sido colonizado por el turismo de masas. La escenografía es la de un territorio por explorar. Todo está a pie de calle: las coloridas cabinas (en las que se puede pernoctar) y los sencillos supermercados, llamados pulperías, donde aprovisionarse.Hemos quedado con Wilberth Vargas (conocido en cualquier rincón de Pavones... tanto, que incluso le hicieron una canción) para recorrer la playa con sus caballos. Entre las olas y las palmeras, trotan por la arena y desafían al viento que tanto bien nos hace. A mitad de camino, Vargas propone hacer una parada técnica para tomar una cerveza en Los Almendros. Accedemos encantados. Nunca había llegado a un bar a caballo, pero mola todo: tanto amarrar al animal al árbol de enfrente como entrar en un espacio que encandila por la sencillez y que atrae a familias locales que vienen a pasar la tarde con sus mayores y sus perros. Uno se habitúa al buen rollo tico y a que, a partir de las seis de la tarde, el mundo quede sumido en la oscuridad bajo un aura de misterio. Es hora de buscar la luz en la popular marisquería Perron y entregarse a su especialidad: la langosta al ajillo (25 euros, difícil de terminar), mientras uno lidia con las preguntas que envían las olas (“¿Por qué no viniste a vivir aquí cuando podías levantarte en una tabla de surf?”) sin ceder a la tentación de responder. San Vito y la historia de amor que lo hizo posible Dejamos el golfo Dulce y el mar para subir a las montañas altas del sur de Costa Rica. Para ello, tomamos la carretera de Fila de Cal. Conforme ascendemos, se agradece que bajen las temperaturas. Como aún nos rascamos las picaduras de los mosquitos de la playa, que no tuvieron piedad de codos y tobillos, celebramos su ausencia. Así, entramos en el cantón de Coto Brus y llegamos a San Vito, un pueblo que no existiría sin el encuentro de dos personas: una pequeña Italia en Costa Rica que es, además, el resultado de la última gran emigración de Europa a América.Una noche de 1939, el comandante de un barco italiano atracado en Panamá, Vito Sansonetti, duda entre bajar a tierra e ir a una fiesta o quedarse en su camarote. A regañadientes, acepta la propuesta y nada más entrar al baile conoce a una costarricense llamada Olivia Tinoco Castro, de la que se enamora irremediablemente, con la misma intensidad con la que ella se enamora de él. Ninguno contaba con que, al día siguiente, estallara la Segunda Guerra Mundial y él tendría que volver a Italia.Fue una suerte que intercambiaran direcciones porque, durante siete años, se escribieron cartas con las que sostuvieron un amor imposible. En 1946, Olivia pudo viajar a Italia, donde se casó con el intrépido Vito, que había logrado escapar de ser prisionero de guerra.Cuando en 1950 la pareja llegó a Costa Rica, él también se enamoró de un entorno verde en el que todo crece. Tuvo entonces la idea de poner en marcha la SICA (Sociedad Italiana de Colonización Agrícola). En este remotosur del país el gobierno le concedió 10.000 hectáreas para levantar su proyecto de colonia con familias italianas que, tras abandonar una Italia devastada por la guerra, podrían abrirse camino trabajando el café y levantar un pueblo donde solo había bosque. Hoy San Vito cuenta con 20.000 habitantes y en sus 12 escuelas se enseña italiano de forma obligatoria. Es el lugar de Costa Rica al que se viene a comer pizza. Aquí uno se alimenta de spritz, prosciutto, focaccia, melanzane, pasta alla puttanesca...Para que la inmersión italiana sea completa, se deben visitar tres lugares: el restaurante La Casa de Italia, un festival gastronómico con aura de pizzería napolitana; la pizzería La Liliana (de 1978), rito de paso de ticos que vienen a comer pizza desde San José y donde hacen unos scalopine al limone imbatibles; y el centro cultural Dante Alighieri, fundada en 1983 y que mantiene viva la llama de la hermandad cultural entre Italia y San Vito. En su sala principal leemos las tres citas que fueron el faro de Vito Sansonetti: “Memento audere sempre” (recuerda atreverte siempre), “A través de las dificultades se llega a las estrellas” y el maravilloso pensamiento de Gabriele D’Annunzio: “Lanza el corazón al otro lado del obstáculo y ve a recogerlo”.En busca del pájaro campana y del quetzalA estas alturas de la ruta, el viajero entiende de sobra que no hallará ninguna tienda de souvenirs ni podrá enviar postales, porque simplemente no las hay. Tan inexplorado es el territorio que descubre que ese detalle, que en otros lugares le habría molestado, aquí llega a echarlo de menos.Desde San Vito, una de las actividades más frecuentadas es la inmersión en la Reserva biológica del Bicentenario de la República-Pájaro Campana de la Ruta del Agua y la Biodiversidad, en busca del avistamiento, como es obvio, del pájaro campana y, sobre todo, del quetzal, una de las aves más sagradas de la cultura maya y mesoamericana. Sus plumas verdes iridiscentes simbolizan libertad, poder y conexión espiritual con la naturaleza, además de haber inspirado la imagen de la “serpiente emplumada”, asociada a la deidad mesoamericana Kukulkán, evocada también en la canción Escaramujo, de Silvio Rodríguez.Lo vemos en lo alto de este bosque nuboso, posado en su percha favorita: las ramas de los aguacatillos, cuyos frutos constituyen su alimento predilecto. En un claro del sendero desayunamos con Henry, de Sur Trips, que filtra café calentando el agua en un camping gas y reconoce la llegada del quetzal por un canto muy distinto al de las demás aves: suave, melancólico, hecho de silbidos huecos.Su majestuosa expresión corporal se transforma cuando alza el vuelo y adquiere entonces la forma de una auténtica serpiente emplumada que atraviesa el bosque dejando tras de sí un rastro de asombro.Muy cerca se encuentra el Parque Internacional La Amistad, también recorrido por la ruta del Sendero dela Cascada. Pero aún más fascinante resulta la llegada al mirador de Santa María de Pittier, conocido como El Sueño de Marino y su familia, con vistas a un valle insondable desde el que se otean los confines de toda la región. En un ambiente festivo y popular, uno no se cansa de contemplar ese vacío poderoso y apabullante.Finca ganadera y territorio indígena La CasonaEn la finca El Escarbadero, en La Pintada de San Vito, nos recibe el bueno de Toño Arrieta para guiarnos por el día a día de un ganadero. El paseo a caballo por el valle lluvioso, siguiendo el curso del río, resulta más terapéutico que una hora de consulta. Desde la montura parece que el paisaje no conoce límites en su generosidad: se contempla, pero también se escucha.Como complemento a la experiencia, nos acercamos a Ju Molochi (La Casa del Colibrí), un proyecto familiar y comunitario de la etnia indígena Gnöbe-Buglé. De los 40.000 habitantes de Coto Brus, alrededor de 3.000 pertenecen a este pueblo, que trabaja por preservar y transmitir una cosmovisión profundamente vinculada a la naturaleza. El cacao ocupa en ella un lugar central: es una bebida sagrada utilizada en ceremonias y prácticas de sanación.Participamos en uno de esos rituales siguiendo todo el proceso, desde la semilla hasta la taza, pasando por el tostado y la molienda. Al final, compartimos la bebida en comunidad, entendiendo que aquí el cacao es un alimento que mantiene viva la memoria y el vínculo con la tierra.