Decía Bob Marley que el calipso era una de las raíces del ‘reggae’. La efervescente comunidad afrocaribeña de Costa Rica rinde un homenaje sin fin a este género a través del calipso limonense: más que una música, una religión teñida no solo de cantos y cuentos, sino de orgullo, señas de identidad y pertenencia social e histórica.

Frente al Reggae Bar de playa Negra, en Cahuita, se percibe el entusiasmo por ver actuar a Danny Williams, genuino y carismático compositor de calipso, auténtico calipsonian. Las coloridas palmeras y los tucanes de su camisa se adaptan como luz natural a la oscuridad del escenario donde aguardan los músicos con un bajo de una sola cuerda, un banjo y unas congas. En esta cabaña de madera y banderas rastafaris todo fluye ante la orilla de un mar de tonalidades cambiantes y en torno a la música. Cuando suena Segundo, su particular homenaje al maestro Walter Ferguson, se mueven hasta las sillas vacías. “Segundo eh, segundo ah / you are father of calypso. Segundo eh, Segundo ah, we ...

went follow your example…”.

El calipso limonense reafirma la identidad afrocaribeña expresándose todavía hoy en inglés criollo (creole) como un acto de resistencia. Es el canto propio de la comunidad afro de Costa Rica y tiene sus características propias y su pertenencia social e histórica. En 2012 fue reconocido como patrimonio cultural inmaterial y el día 7 de mayo se celebra el Día Nacional del Calipso.