26 de agosto, 2026 - 07h00Justamente cuando me había quedado sin palabras, me llama Raúl. –No me ha mandado su artículo –me dice. Justamente cuando estoy lejos, y ya empiezo la cuenta regresiva para el día de la despedida. Justamente cuando leo las noticias de mi país y me quedo sin palabras al leer: “Silvia Buendía, abogada y activista, falleció en Guayaquil”.Fui a Guayaquil por trabajo. Recuerdo que iba a visitar algunos colegios y a conversar con los chicos que habían leído mis libros; recuerdo que Carolina Andrade organizó algunos talleres míos en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil; recuerdo que a Andrés Seminario le di clases en su casa; recuerdo que María Ortega organizó para mí una reunión en la suya. Guayaquileñismo del bueno, a la vena. Ahí, en esa semana, en esa estancia, conocí a Silvia.La seguía en Twitter, pero nunca nos habíamos visto. Me sorprendió su sencillez, directamente proporcional a su inteligencia. Tan luchadora y convencida de sus ideas, que defendía con rigor, pero completamente cálida y sosegada. Me sorprendieron por igual la paz que emanaba y la amplitud de su sonrisa. El sonido de su risa no se quedaba atrás.No sé si fue únicamente porque nos caímos bien o porque ambas estábamos en contra de la violencia, del machismo, de la injusticia, pero nunca hubo entre ella y yo ni un sí ni un no. Aunque una vez le dije que no se expusiera tanto en las redes, porque sobraban dementes, ella me respondió que yo debería ser más combativa. También insistía en que debía retomar el Derecho. –Ya me fui por el camino torcido de los libros –era mi respuesta, que la hacía reír.Me visitó algunas veces en Librería Rayuela. Siempre fue tan grato y enriquecedor verla. Pero después de la pandemia y de mi abuelazgo lejano dejé de ver a mucha gente querida, entre ellas a Silvia Buendía, de cuya enfermedad no tenía ni idea.Mi solidaridad con su familia y con todos sus amigos que hoy se duelen por su muerte temprana. Mi rechazo a toda esa gentuza impresentable que nunca falta con un comentario desenfocado.Claro que se consiguió enemigos. ¿Cómo no los iba a tener si defendía sin miedo el derecho de las personas a ser libres, felices, a amar? ¿Cómo no los iba a tener si su palabra clara y directa intentaba sembrar un poco de humanidad en los corazones de piedra de quienes se aferran a un Dios castigador? Silvia miró, entendió y ejerció el Derecho como lo que es: un derecho humano.Con cada muerte, con cada dolor, vuelve para mí el poema de Miguel Hernández. A él recurro como un homenaje, como una búsqueda inútil de consuelo: “… Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo. No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada”. “… Volverás a mi huerto y a mi higuera: por los altos andamios de las flores pajareará tu alma colmenera”.Justamente cuando me he quedado sin palabras. Hoy que las palabras no alcanzan, pero igual había que escribirlas. Extrañaremos a Silvia Buendía. Paz en su tumba. (O)
Mónica Varea: Silvia Buendía | Columnistas | Opinión
Mi solidaridad con su familia y con todos sus amigos que hoy se duelen por su muerte temprana.






