¿Efectivo o tarjeta? Esta pregunta, hace no mucho tan habitual en cualquier tipo de comercio, ha quedado completamente en desuso. Primero, porque cada vez son más las personas que realizan la mayoría de sus pagos cashless. También, porque incluso las propias tarjetas de crédito han quedado desactualizadas en favor del pago con el teléfono móvil (o incluso con el smartwatch). Así, sobre todo en las grandes capitales, aunque no únicamente, el gesto más habitual al realizar una compra es que el dependiente señale directamente el datáfono.PublicidadEs importante remarcar que el pago con el teléfono posee una ventaja añadida respecto a la tarjeta de crédito de toda la vida: es más seguro. ¿Por qué? Al pagar con el móvil, este no envía los datos de la tarjeta al terminal sino un código temporal que va cambiando a cada pago. Es decir, a diferencia del plástico, que siempre posee los mismos datos, en esta ocasión, si alguien identificase el token, no le serviría de nada pues su uso desaparece una vez se ha finalizado la transacción concreta para la que se creó. Además, el pago con móvil posee una serie de medidas de seguridad adicionales como el requerimiento de datos biométricos para desbloquear el teléfono (ya sea por medio de la huella digital, el reconocimiento facial o mediante la introducción de un código personal).Sin embargo, la existencia de estas ventajas no significa que todo sea de color de rosa. Pagar con el móvil posee una serie de inconveniencias probadas desde el punto de vista de la economía conductual y que no está de más tener en cuenta.La reducción del dolor de pagarPagar con el móvil es muy cómodo y, por líneas generales, esto suele ser una bandera roja en la sociedad contemporánea. Básicamente, porque todo lo que sea potenciar el actuar en piloto automático implica necesariamente una falta de reflexión al respecto. Actualmente todo el mundo está acostumbrado a llevar un teléfono encima 24/7. De hecho, es probable que no llevemos efectivo; o incluso que nos dejemos la cartera en casa o en el coche. ¿Pero el teléfono? ¡Ay el teléfono! Siempre está con nosotros, lo que nos permite comprar en cualquier momento. Incluidas, claro, las llamadas compras impulsivas. Aunque este no es el principal problema.En 1998, los economistas Drazen Prelec y George Loewenstein desarrollaron el concepto del dolor de pagar para definir la respuesta emocional y cognitiva negativa inmediata que experimenta una persona en el momento exacto en que se desprende de sus recursos financieros. Es decir, soltar los billetes nos causa una fricción psicológica que actúa como reguladora del gasto. En 2007, los estudios llevados a cabo por Brian Knutson en la Universidad de Stanford corroboraron mediante el uso de resonancias magnéticas que, al pagar en efectivo y ver al dinero marcharse a otro bolsillo, se activaba la corteza insular, responsable del dolor físico y las sensaciones desagradables. Esto es, el dolor de pagar es (casi) literal.PublicidadSin embargo, cuando el dinero se sustituye por una tarjeta de crédito, y cuando esta se sustituye por el teléfono, ese efecto restrictivo, ese dolor de pagar, se tamiza notablemente. Es lo que los investigadores Drazen Prelec y Duncan Simester bautizaron en 2001 como el efecto tarjeta de crédito. Mediante un experimento en el que organizaron una subasta, lograron demostrar que aquellos que pujaban mediante tarjeta de crédito llegaban a pagar casi un 50% más que aquellos que debían pagar en efectivo, demostrando que el plástico era un incentivo a la hora de soltar la panoja. Esto es, que el dolor de pagar quedaba mitigado.El añadido que supone el 'contactless'Este es el motivo por el que muchos festivales, por ejemplo, no aceptan dinero en efectivo, sino que potenciaban el pago primero con tokens y, más recientemente, mediante pulseras. También porque la tecnología contactless, presente en los móviles, aumenta todavía más ese efecto disociativo entre el estar pagando y, al mismo tiempo, no sentir que se suelta dinero. Al fin y al cabo, actualmente ni si quiera entregamos el móvil en ningún momento. Simplemente, se acerca al datáfono y, acto seguido, regresa al bolsillo.De hecho, en microgastos ni siquiera es necesario introducir el código PIN. Es decir, la transacción es rápida y, a priori, indolora. Así lo ratifica un informe publicado por el Banco de Canadá en el que se constata que el contactless incrementa el efecto goteo, que no es más que un aumento de las microtransacciones al existir una menor fricción operativa. Esto es, el tiempo en caja se reduce sensiblemente al no tener que introducir ningún código o entregar la tarjeta, lo que hace que exista menor ventana para el arrepentimiento.PublicidadEl pago con el móvil, por tanto, está diseñado para aumentar el consumo y, en especial, las compras compulsivas. Desde luego es muy cómodo y por ello se ha impuesto, pero su uso necesita ser razonado. De lo contrario puede convertirse en el peor enemigo de las finanzas domésticas.