La magia duró cuatro sorbos de Nesquik y un paquete de Dinosaurus. Mi amigo Juanma había diseñado con mimo un viaje al pasado para recrear uno de los desayunos veraniegos de su infancia: ver Xena, la princesa guerrera mientras se zampaba un vaso de leche con sus galletas favoritas. Los preparativos le llevaron varios días, pero el ansiado deleite no se alargó más de un cuarto de hora. Las armas con reflejos de plastiquete, los anticuados efectos especiales o “la trama tan simple” del capítulo desinflaron enseguida el esperado “paraíso de diversión” con el que había soñado. Y cuando eso pasó, Juanma regresó al presente, tenía escarcha en el pelo y una carpeta con informes del trabajo le esperaba en su escritorio. Cuando escuché esta historia, algo se me arrugó por dentro. Imagino que fue la ingenuidad de pensar que los recuerdos nunca se trastocan. Juanma me contó la anécdota después de soportar uno de mis habituales audios interminables en el que confesaba que padecía “morriña” por las cosas que hacíamos de pequeños, como pintar figuras de Warhammer o engancharnos a algunas series de dibujos animados. Y él me respondió con lo de Xena: “No me han entrado ganas de ver la serie entera, ni creo que la vuelva a ver o comprar otro paquete de esas galletas”. Pero lo que a mí me parecía un bajón, a él le resultaba cómico. De hecho, me escribió una frase como si fuera un replicante de Blade Runner: “Quiero ser un visitante y revivir sensaciones. No siento que me convierta en niño cuando la veo, porque a veces tocan temáticas que ahora puedo apreciar desde un nuevo punto de vista adulto que antes no entendía”. Y me lanzó el guante para que hiciera lo mismo, que volviera a ver una de las series veraniegas de mi infancia. Aún no lo he hecho. Sigo preguntándome si estoy dispuesto a hacer añicos uno de los mejores recuerdos de mi niñez: Dragon Ball Z.No soy un experto en Goku, el protagonista de la historia, pero es uno de esos personajes de los noventa que se coló en la película de mi vida. También estaba en los desayunos estivales que preparaba con 12 años para mi hermano Jonás y para mí. Recuerdo que servía los tazones de leche con Choco Krispies con el mismo rollo que un barman del Salvaje Oeste y mi manino, con seis, se los hincaba como si fuera Clint Eastwood. Mientras, flipábamos con las eternas peleas de los super saiyan. No lo sabíamos, pero detrás también estaba el mensaje de la perseverancia, la amistad y no decaer ante la adversidad. Pasadas las 12.00, tras dejar a mi hermano en la marquetería de mi madre, me iba con los colegas a la piscina pública de Casar de Cáceres. Para los niños de entonces, aquel recinto era un megaescenario donde interpretábamos los capítulos de Dragon Ball que emitían diariamente. El agua era el espacio perfecto para lanzarnos Ondas Vitales o sumergirnos en la parte honda y simular que estábamos suspendidos en el aire. De alguna forma, era como si fuéramos parte del elenco. Me da pánico imaginarme cómo puedo acabar si sigo el ejemplo de mi amigo Juanma y recreo todo aquello. No sé si yo aguantaría una mañana sin café o mi hermano sin el cigarrino de después del desayuno. Por otro lado, la fotografía del grupo de amigos con bañadores tipo speedo del mercadillo peleándose en el agua sería antológica. Pero eso no es lo que más me alborota, sino la posibilidad de que viajar de esa forma al pasado pueda cambiar mi percepción del presente. Descubrir algo que no quiera encontrar, aunque sospeche que esté ahí. Como cuando a uno se le escurre el mando de la tele entre los cojines del sofá y, al levantarlo todo, halla una moneda perdida o un resto de comida irreconocible envuelto en pelusas. Desde hace unos años la mayoría de los millennials están nostálgicos, un poquino pedantes. O quizá el problema sea mío. Lo mismo es que Dragon Ball o Xena no son los que han envejecido mal, sino que sea yo, que no aguanto ese rastro de orfandad que deja el paso del tiempo, el exilio sin retorno que nos impone la edad adulta. Como lamentaba R. M. Rilke: “La verdadera patria es la infancia”. Y en la mía estaban Goku, los Choco Krispies con mi hermano y los días en los que ir a la piscina era un viaje sideral.