Para Álvaro Payo, ser admitido con 17 años entre los 30 mejores aspirantes del mundo en la prestigiosa English National Ballet School de Londres era solo la mitad de la ecuación. La otra mitad se decidía a más de 2.000 kilómetros, en Aldea Moret, el barrio humilde de Cáceres donde el sueldo de su madre, trabajadora de la limpieza, marcaba el ritmo de una realidad insalvable: el dinero. Su plaza en la élite de la danza internacional no era solo un triunfo artístico: era una grieta en el techo de cristal que parece que ha vuelto a cerrarse.
Su familia comenzó entonces una carrera contrarreloj para conseguir financiación. Según explica su madre, se llegó a plantear un escenario en el que distintas administraciones y entidades aportarían ayudas que, sumadas, permitirían afrontar los gastos de la estancia en Londres. La familia sostiene que se manejó una posible aportación de 15.000 euros por parte de la Junta de Extremadura, 10.000 euros del Ayuntamiento de Cáceres y 5.000 euros de la Diputación Provincial, además de la cantidad que ellos, sus familaires, asumirían personalmente.
El Ayuntamiento, según la familia, mantuvo en un principio su apoyo económico y su responsable de Cultura, facilitó la tramitación de la documentación ya presentada. El problema llegó con Cáceres 2031. Frente a la cantidad que inicialmente esperaban, el Consorcio vinculado a la candidatura de Cáceres a Capital Europea de la Cultura habría planteado finalmente una aportación de 2.000 euros, una cifra que hacía inviable el traslado. La consecuencia fue la más dolorosa: Álvaro tuvo que renunciar a la plaza.






