Aruberuto Makoto es el streamer español que hace unos días difundía en redes sociales, desde Tokio, un vídeo junto a una mujer que parecía haber bebido demasiado. Junto a ella, Makoto se dirigía al hombre que sostenía el móvil que le grababa: “Bueno, ¿te la quieres follar?, ¿le digo de ir a un hotel? Esta es gratis”. Su compañero le respondía: “Valora, rápido, es el momento. Yo la estampaba contra la pared y le daba todo lo duro del mundo”. La oleada de críticas llevaba al streamer a justificar su vídeo con una excusa: entendía que podía parecerle bestia a alguna gente, pero no se trataba de humor para todo el mundo, aseguraba, sino de “humor para hombres”.
Lo de Makoto, que en realidad se llama Alberto Alonso, es el último episodio de algo que conocemos bien, pero que sigue costando entender: existe una cultura de la violación que normaliza y justifica la violencia sexual contra las mujeres y que se sostiene, entre otras cosas, sobre tópicos repetidos, también, a base de humor y costumbrismo.
Conscientemente o no, Makoto apela en el vídeo a algunas de las ideas centrales que aún sostienen esa cultura de la violación: la deshumanización de las mujeres, la falta de empatía hacia nosotras o la concepción de que somos, no tanto sujetos, sino objetos de los que valerse y a los que manipular para conseguir un fin. Los tambaleos de la mujer que aparece en el vídeo, la falta de control sobre su cuerpo y sus palabras no son síntomas que Makoto y su acompañante interpreten como una señal de que estaría bien ayudarla, sino como el pitido que les permite iniciar una 'caza'.










