Estamos presenciando una escalada geopolítica global que no está ganando nadie y que parece completamente fuera de control. En las últimas horas, Donald Trump anunció la denominada "Operación Paria Económico", una serie de sanciones confusas destinadas a asfixiar las finanzas de Irán. La medida busca aislar a Teherán castigando a las empresas y países que osen comerciar con el régimen, bloqueando cinco de sus salvavidas vitales: activos digitales, oro, aviación, tecnología y transporte marítimo. Las sanciones contra Irán llevan más de 50 años. En mayor o menor medida, se han puesto, quitado, atenuado y agravado. Si bien comparto la necesidad de castigar a regímenes dictatoriales, cabe preguntarse pragmáticamente: ¿sirve de algo? Los iraníes siempre se las ingenian para eludir los bloqueos. Esta jugada evidencia la impotencia de la Casa Blanca por no poder controlar el estrecho de Ormuz ni la seguridad marítima regional. Mientras se anunciaban las sanciones, un petrolero saudí fue atacado e incendiado en el Mar Rojo, presumiblemente por los rebeldes hutíes que responden a Irán. Los aliados históricos de Washington —Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahréin— se encuentran arrastrados a un conflicto destructivo sin una salida clara. En el plano interno, el régimen teocrático recrudece su represión diaria contra su propio pueblo. La última prohibición fue decretar el cierre masivo de cafeterías para evitar que las mujeres jóvenes se quiten el velo. Ante una juventud que se resiste pacíficamente a la asfixia inflacionaria y al autoritarismo, la respuesta de la dictadura iraní es cerrar los espacios de encuentro social. Para colmo de males, trascendieron amenazas extremas de Teherán contra Barron Trump, el hijo menor del presidente estadounidense, ofreciendo sumas millonarias por su cabeza.