Por: María Amparo Casar y Leonardo Núñez | MCCI

Se piensa que no hay mejor instrumento democrático que las consultas populares o las consultas públicas. No siempre lo son. En los llamados autoritarismos electorales ambas figuras sirven, las más de las veces, sólo como instrumentos legitimadores.

López Obrador llevó a cabo seis consultas. Algunas formales y otras de pura simulación: el Aeropuerto de Texcoco, sin representatividad nacional y con una participación de apenas el 1.2% del padrón electoral; otra, para respaldar sus programas prioritarios y obras emblemáticas donde el gobierno presumió 90% de aprobación, pero sólo votó 1% del padrón.

La tercera fue para confirmar la construcción de una hidroeléctrica en Yecapixtla, Morelos. Entre protestas de fraude, el proyecto fue aprobado. La cuarta fue un ejercicio en Mexicali para consultar sobre la instalación de una planta cervecera. De 36 mil participantes, 76% confirmó la cancelación que el gobierno quería.

Después vino la muy controvertida consulta popular para ver si la ciudadanía estaba de acuerdo en juzgar a los políticos del pasado. No fue vinculante pues sólo votó el 7.7% del padrón.