Matás a un combatiente: cinco puntos. Destruís un blindado: 15 puntos. Con esos puntos entrás a un marketplace y comprás fibra óptica o radio. No es un videojuego. Es el Ministerio de Defensa de Ucrania. Hasta hace muy poco —10 años, a veces menos— el complejo militar-industrial funcionaba como una obra pública eterna. El Ejército necesitaba un sistema de defensa antiaérea, sacaba una licitación, entraban Lockheed, Raytheon y los de siempre. Invertían en desarrollo, fabricaban prototipos, preparaban la línea de producción. Entre el pliego y el arma en servicio pasaban 10 o 15 años. No era un anacronismo de la Guerra Fría. Era el procedimiento normal de un Estado serio, el mismo que todavía usamos en casi toda la obra pública argentina. El problema es que ese reloj asumía que el enemigo también se movía lento. Cuando el software empezó a actualizarse más rápido que el pliego, el sistema llegaba al frente ya viejo: para cuando el arma estaba lista, el otro lado ya había cambiado dos veces la radio, la interferencia y el dron.
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