Actualizado Martes,
agosto
00:08"En la ma�ana del domingo 7 de julio de 1776, habiendo llegado demasiado tarde a la iglesia, decid� ir a visitar al se�or David Hume, que acababa de regresar de Bath a Edimburgo, a punto de morir (sic)". As� escribi� en su diario el intelectual y arist�crata escoc�s James Boswell la que ser�a su �ltima visita a uno de los fil�sofos m�s influyentes y controvertidos del mundo intelectual del Reino Unido en el siglo XVIII, y la descripci�n de una muerte que sacudi� los cimientos del mundo intelectual brit�nico por la actitud de su protagonista al afrontar el final.Es posible que Boswell estuviera angustiado aquel d�a de San Ferm�n. No solo porque �l y Hume eran amigos desde hac�a 19 a�os. Tambi�n porque el hombre era propenso a la angustia. La propia Biblioteca Nacional de Escocia le define hoy como "simp�tico pero neur�tico". Encima, buena parte de su angustia era existencial.Quien no estaba angustiado era Hume. La casa del fil�sofo no parec�a la de un moribundo. Boswell se lo encontr� "pl�cido e incluso feliz" cuando le explic� que "su fin se acercaba" y que la idea de una vida despu�s de esta era tan seria como pensar que "un trozo de carb�n arrojado al fuego no arde". Su �nimo no acompa�aba a su cuerpo. Hume, que hab�a sido gordo desde los 22 a�os, estaba muy delgado y con la piel de un color "terroso" por la enfermedad -probablemente un c�ncer- que lo iba a matar exactamente siete semanas despu�s. Pero la mente del hombre que hab�a puesto la naturaleza humana por encima de la divinidad, segu�a tan jovial como siempre.Hume fue un bon vivant hasta el final. Y una mente libre. Aunque con cautelas. Si bien su ate�smo era bien conocido, las obras en las que lo defend�a fueron publicadas despu�s de su fallecimiento. Acaso fuera una forma de evitar problemas. S�lo catorce a�os antes de que naciera, un estudiante de 20 a�os, Thomas Aikenhead, hab�a sido ahorcado por blasfemia en Edimburgo.Ese car�cter bonach�n era instinto de supervivencia. A los 18 a�os, un m�dico an�nimo le diagnostic� "la enfermedad de los instruidos", una depresi�n profunda que �l mismo desencaden� con una obsesi�n por la filosof�a que le llev� a aislarse de su familia y amigos, y a pasarse 14 horas diarias leyendo. Se cur� con p�ldoras, paseos a caballo y algo m�s de medio litro de clarete al d�a. Aunque no se sabe cu�l de las tres cosas lo cur�, Hume adopt� el clarete como tratamiento preventivo por el resto de su vida.La enfermedad le llev� a adoptar la m�xima "s� un fil�sofo, pero, en medio de tu filosof�a, s� un hombre [en el sentido de persona]". Eso le hizo un personaje en Edimburgo, con su bonhom�a y permanente buen humor siempre presentes en su rostro ancho, su cuerpo pesado y su torpeza de movimientos. En Par�s, donde trabaj� en la embajada brit�nica, se gan� el mote de le bon David (David 'el Bueno').Bueno y, posiblemente, casto. Aunque Hume adoraba la compa��a femenina, no se le conocen amantes. Sus placeres giraban alrededor del whist —el antecesor del bridge— y los clubes donde las ideas circulaban acompa�adas de jerez, clarete y comida abundante. �l mismo dio a entender que, cuando la filosof�a empezaba a llevarle a la depresi�n, dejaba los libros, cenaba, jugaba una partida y conversaba. Al cabo de unas horas, sus ideas le parec�an tan fr�as y forzadas que ya no pod�a tom�rselas en serio.La libertad intelectual en la vida de Hume es lo contrario de su entorno. En el siglo XVIII, el centro de Edimburgo era una ciudad de 30.000 habitantes api�ados en un espacio tan peque�o que ten�a algunos de los edificios de viviendas m�s altos del mundo, con hasta 12 plantas, pero sin saneamientos ni organizaci�n, y con cientos de personas api�adas en espacios insalubres. En la calle, la cosa no era mejor. El aire era negro por el holl�n de las calefacciones, y pestilente debido al h�bito de tirar la basura -incluidos excrementos- por la ventana al grito de "�gardiloo!". Hoy asociamos el liberalismo escoc�s a pulcros retratos de figuras en impecables trajes de �poca. La realidad ol�a mucho peor.La situaci�n religiosa y pol�tica no era mucho m�s respirable. Y menos para un ateo liberal como Hume, que estaba sentando las bases del naturalismo y el empiricismo. La Iglesia presbiteriana escocesa vigilaba ideas y conductas por medio de un sistema de delaci�n llamado kirk que recuerda a los siniestros Comit�s de Defensa de la Revoluci�n (CDR) con los que el Gobierno de Cuba sabe todo de sus ciudadanos. En 1745, Hume vio vetado su acceso a la c�tedra de Filosof�a Moral de la Universidad por su fama de ateo y su supuesto jacobitismo, el movimiento que pretend�a devolver el trono brit�nico a la familia cat�lica Estuardo, expulsada del poder en el siglo XVII y reemplazada por la protestante Hannover que, desde el punto de vista gen�tico -aunque no din�stico-, sigue reinando bajo el nombre Windsor.Hume no quer�a restaurar nada. Su delito fue intelectual. Simplemente, quer�a verificar la versi�n oficial de la Historia de que la victoria de los Hannover sobre los Estuardo era el triunfo de la libertad sobre el absolutismo. Lo hizo, y lleg� a la conclusi�n de que �sa no era la explicaci�n correcta. En una sociedad partida entre vencedores y vencidos, negarse a demonizar a los perdedores era suficiente para ser considerado uno de ellos. Hume, as�, se coloc� en el lado opuesto al poder en materia religiosa, moral, pol�tica y din�stica. No por llevar la contraria. Sino por curiosidad intelectual.Muri� el 25 de agosto, siete semanas despu�s de que Boswell lo visitara. Su mejor amigo, Adam Smith, escribi� que "lo he considerado, en vida y muerte, como una persona tan cercana a la idea del hombre perfectamente sabio y virtuoso como la fragilidad de la naturaleza humana puede permitir". Sus conciudadanos, sin embargo, no lo vieron as�. La noche despu�s de su entierro, mucha gente se qued� escondida detr�s de las tumbas del cementerio para ver al demonio llevarse al gran infiel.






