En 2014, Bill Gates quedó prendado de How Asia Works, la obra que situó a Joe Studwell (58 años) como autor de referencia en desarrollo global. Tanto le gustó su enfoque —en especial la idea de un reparto masivo de tierras como fuente de prosperidad en los países emergentes— que hizo obligatoria su lectura para el equipo de agricultura de la Fundación Gates. Años después, el también fundador de Microsoft propuso a Studwell un ambicioso proyecto: diseccionar las razones de la pobreza africana, sintetizar la receta para erradicarla y plasmarlo todo en un libro. Studwell respondió que él no tenía ni idea de África. Gates le dijo que no había problema, que podía tomarse su tiempo. Su fundación, que apoya también este proyecto editorial, le respaldaría en todo, sin agobios ni fecha de entrega a la vista. Así que el británico se sumergió en cientos de lecturas, realizó decenas de viajes y reflexionó a fondo durante más de un lustro. El resultado es How Africa Works, publicado este año y recientemente nominado finalista para mejor libro de 2026 por el diario británico Financial Times. El libro plantea una tesis innovadora: la escasez de personas es el factor que históricamente más ha lastrado a África. “Resulta imposible desarrollarse en ausencia de una densidad de población suficiente. Sin ella no hay ciudades, y sin estas no hay concentración de demanda ni división del trabajo, ni nichos de creatividad. Las urbes lideran el crecimiento en cualquier sociedad”, señala el autor durante una entrevista en la casa de su pareja en Londres, una vivienda baja cerca del barrio de Hampstead. En los años sesenta, África tenía 10 habitantes por kilómetro cuadrado, cinco veces menos que Asia. Por suerte, explica Studwell, la región ya ha alcanzado condiciones demográficas óptimas para dinamizar sus economías. ¿Necesita aún más gente? Studwell piensa que algunos países sí, aunque en otros ha llegado el momento de controlar la natalidad. El segundo gran hallazgo de How Africa Works es que no existe una fórmula de desarrollo a la africana, sino que la senda es la misma que Studwell descubrió en Asia. Cambia el contexto, pero no la receta, que siempre contiene los mismos ingredientes: agricultura intensiva de pequeños propietarios, base creciente de manufacturas y control financiero estatal. Más allá de la demografía, Studwell apunta a un segundo motivo que explica el bajo rendimiento económico del continente. Lo llama colonialismo de bajo coste. Con un aluvión de cifras, demuestra que la Europa imperial fue mucho más tacaña en África que en Asia. Cuando los colonizadores se fueron, dejaron tras de sí un páramo sin casi escuelas ni otras infraestructuras. Pregunta. ¿Necesita África más población? Usted sostiene que la densidad actual es suficiente para un rápido desarrollo, pero quizá más sería aún mejor. Respuesta. Las variaciones son enormes. Habrá países a los que les vendría bien tener más población. Y otros en los que ha llegado la hora de controlar la natalidad. Lo importante es que, en conjunto, como continente, África antes no estaba en condiciones de desarrollar economías modernas. Y ahora sí lo está. Esto ha provocado crecimientos récord en agricultura, sobre todo en este siglo, y lo previsible es que en el futuro ocurra algo parecido en la industria y los servicios.P. No sé si ha seguido la crisis migratoria en Ceuta. Entre parte de la opinión pública europea se ha instalado la idea de que África es una enorme región fallida con cientos de millones de personas deseando venir aquí. R. Lo cierto es que la mayoría de la emigración africana ocurre dentro de África, seguida de Europa y Asia. Además estoy convencido de que el crecimiento económico se está recuperando en el continente y que allí se van a crear buena parte de los empleos que necesita la población, al menos en la mayoría de países. Lo que Europa tiene que hacer es echar una mano para que ese crecimiento ocurra más rápido, en vez de cortar la ayuda exterior o utilizar la que queda como una especie de inversión privada —como últimamente están haciendo Reino Unido y EE UU— y no para crear proyectos sobre el terreno.P. ¿Hubiera sido mejor para África un colonialismo de alto coste que nada de colonialismo? R. Historiadores como Neil Ferguson argumentan que un colonialismo de alto presupuesto establece instituciones que, a la larga, benefician a las economías emergentes. No sé si estoy de acuerdo. Lo que sabemos seguro es que en África los poderes coloniales casi no invirtieron en educación. Tras sus procesos de independencia en los años sesenta, el continente tenía unos índices de alfabetización del 16% entre los hombres y 5% entre las mujeres. No puedes construir economías modernas sin gente que sepa leer y escribir. P. Los motores del progreso que destaca en su libro (lectoescritura, control de enfermedades, urbanización...) son en buena medida productos del contacto, si bien violento, de Europa con África. ¿Qué hubiera ocurrido si no se hubiese colonizado África? R. No creo que África ganara mucho con la colonización, lo cual no quiere decir que le hubiera ido mucho mejor sin ella. Las poblaciones africanas obtuvieron de ella mucho menos que las asiáticas, sobre todo en términos educativos. Y que pretendieran que se desarrollaran rápido tras la descolonización fue poco realista. El mundo occidental ve a los países africanos —en concreto a sus gobiernos— como si no tuvieran remedio, como si fueran incapaces de mejorar las condiciones de su poblaciónP. África ha conseguido en las últimas décadas avances sin parangón en escolarización básica. ¿Se reconoce poco este logro? R. Desde luego. Y dice mucho respecto a esa mirada tan occidental que ve a los países africanos —en concreto a sus gobiernos— como si no tuvieran remedio, como si fueran incapaces de mejorar las condiciones de su población. Los logros educativos de África merecen todo mi respeto. P. Hay quien sostiene que el África precolonial vivía en una cierta armonía con su entorno y que los europeos quebraron esa especie de Arcadia feliz. ¿Tienen razón? R. Claro que se pueden rescatar cosas positivas a nivel micro, pero con los niveles de pobreza material que existían cuando llegaron los europeos, con una esperanza de vida de 25 a 30 años, resulta complicado idealizar nada. P. Dice que las claves del desarrollo son bastante similares en Asia y África. ¿Hay excepciones a esta no excepcionalidad africana? Cuesta, por ejemplo, pensar en una agricultura productiva en los países sahelianos, donde predomina la tierra yerma. R. Cuando hay alguna excepción, normalmente es por una cuestión de suerte. Un país como Botsuana tiene tres enormes minas de diamantes y una población de solo un millón y medio de habitantes. Puede modificar la receta y poner sus propias reglas. En el Sahel, el suelo es ciertamente pobre y la agricultura nunca será boyante. Pero eso no impide que se acometa una distribución de la tierra para que todo el mundo tenga un poco de capital e ingresos, de modo que aumente el consumo de productos locales, lo cual tiene un impacto muy positivo en el desarrollo. P. Tampoco Ruanda —uno de los cuatro países a los que dedica especial atención— parece encajar del todo en su receta. Allí es obvio el foco en los servicios (eventos, finanzas, entornos digitales...), con la industria e incluso la agricultura en un segundo plano. R. Sí se toman la agricultura en serio. Han creado un buen sistema de pequeños propietarios, en parte porque, con su alta densidad de población, gestionar la tierra mediante grandes latifundios probablemente hubiera provocado conflictos civiles. Pero es cierto que han apostado con decisión por los servicios y aspiran a convertirse en la Singapur de África central. Es un caso bastante peculiar. P. Lo que en su opinión parece evidente es que el laissez-faire privatizador por el que abogan el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM) no es el camino. R. No lo es, pero tienes que trabajar con esas instituciones y hacerlo con inteligencia, cogiendo las propuestas que encajan en tu visión de futuro sin adoptarlo todo porque sí. Por eso es importante que los países africanos tengan instituciones fuertes capaces de negociar con los agentes externos. De todas formas, el FMI y el BM ya no son tan ideológicamente arrogantes como en los ochenta y noventa. Ya no van gritando a la gente lo que tiene que hacer. Al menos no tanto. P. ¿Fueron esas décadas de dogma ultraliberal especialmente dañinas para África? R. El África poscolonial tenía Estados muy frágiles. Con frecuencia se aventuró en estrategias de desarrollo para las que sencillamente no estaba preparada. Eran necesarios ciertos reajustes impuestos desde fuera. Pero cuesta defender que los programas del FMI y el BM de aquellos años ayudaran en conjunto al continente. P. Una de las tres patas de su receta de desarrollo son las manufacturas. ¿Qué puede fabricar África en un mundo tan competitivo? R. Los países pobres suelen empezar con el textil y de ahí se expanden a otros sectores. La industria africana está empezando a despegar y aún no es muy competitiva, pero puede beneficiarse de sus bajos costes laborales. La productividad en China es mucho mayor, pero allí un obrero cobra 600 euros al mes, y en Etiopía, 80 euros. Centrarse en los mercados locales y regionales, así como un cierto proteccionismo como el que defiende Aliko Dangote [el hombre más rico de África, dueño de un emporio industrial], podrían dar a la industria africana el empujón que necesita. P. Dangote insiste en que África tiene que añadir valor a su riqueza natural, transformar su petróleo o su cobalto en lugar de que lo hagan otros. R. Resulta esencial que eso ocurra. Y África necesita más emprendedores que pongan en marcha negocios multimillonarios. No siempre necesitas muchas empresas para que florezca el desarrollo. En ocasiones basta con un par de ellas que tiren del carro, como hicieron Samsung y Hyundai en Corea del Sur. La Europa imperial fue mucho más tacaña en África que en Asia. Cuando los colonizadores se fueron, dejaron tras de sí un páramo sin casi escuelas o infraestructuras P. En su libro desmonta en parte la llamada maldición de los recursos. Dice que incluso un país como Angola, regido por una oligarquía cleptocrática, difícilmente estaría mejor sin sus inmensas reservas de petróleo. R. No resulta sencillo argumentar que países con una historia de pobreza atroz como Angola o República Democrática del Congo estarían mejor si no tuvieran minerales o hidrocarburos. Lo cual no significa que no haya que cambiar patrones altamente disfuncionales en la gestión de sus recursos. Estos tienen que servir para invertir en desarrollo, como hace Botsuana, y no para enriquecer a las élites. P. Siendo el desarrollo un proyecto a largo plazo, el autoritarismo podría antojarse tentador en África. Y está el ejemplo de China, con influencia creciente en África: una dictadura férrea que ha protagonizado el mayor milagro económico de la historia. ¿Qué opina?R. Estoy de acuerdo en que es más fácil tener continuidad con un, digamos, autoritarismo benigno. Y en que la continuidad resulta clave en cualquier camino de desarrollo. Los principales períodos de crecimiento en Asia oriental —ya sea en China o Vietnam ahora, o Corea del Sur y Taiwán en el pasado— están asociados a las dictaduras. Pero, cuestiones morales aparte, estos son países con minorías de no más del 5%. África es muy diferente. Las etnias mayoritarias no suelen superar el 30% de la población. Con la importancia que tienen las afinidades identitarias en el continente, es muy probable que un gobierno autoritario acabe marginando a la mayoría de la población. Y esto es inherentemente inestable. La autocracia en África no es tan fácil como en Asia.
Joe Studwell, escritor: “La autocracia en África no es tan fácil como en Asia”
Tras ser aclamado por su análisis sobre el desarrollo en Asia, el autor británico habla en su nueva obra de la falta de población como uno de los motivos de la pobreza en África y explica que la mayoría de la emigración ocurre dentro del continente y que en esa parte del mundo la economía está creciendo












