Cada poco tiempo se publican noticias sobre cómo el número de animales de compañía —especialmente perros y gatos— no deja de aumentar. En muchas ocasiones, ese dato se acompaña en el titular con la bajada de la natalidad. No en vano, cuando a principios del pasado mes de junio el Gobierno publicó un adelanto de la futura estadística nacional sobre protección animal, confirmando que en España hay más de 15 millones de animales de compañía, un amplio porcentaje de noticias lo enfocó, tomando datos del INE, por el sorpasso a los niños: hay siete millones y medio de perros frente a los cinco millones de menores de 12 años. Son dos datos que llaman la atención, pero, al situarlos juntos, produce la impresión de que existe cierta causalidad, algo que los expertos rechazan. “La caída en la natalidad empezó mucho antes. O sea, la transición demográfica es más antigua y, por lo tanto, no podemos decir que el perro sea la causa del descenso de la natalidad”, señala Eduardo Bericat, catedrático de Sociología e investigador social en la Universidad de Sevilla. “Lo que sí es cierto es que tanto una cosa como la otra son expresión de una sociedad que tiene una cultura hiperindividualista”, añade. Es decir, ambas cosas responden a una misma realidad, pero una no es consecuencia de la otra. No hay estadísticas que muestren cómo se reparten esos animales en los hogares, o si hay más perros o gatos conviviendo en casas con hijos que sin ellos. “No puedo entender cómo hemos caído en esa división que parece que o eres de perros o eres de niños. Casi todos los amigos de mis hijos tienen animales en casa”, explica Marina Gómez, de 47 años, que vive con —por orden de llegada a su vida— un gato, una pareja, dos hijos y un perro. Gómez siempre quiso ser madre y si lo retrasó fue por asegurarse cierta estabilidad económica antes de hacerlo. “Me parece de ciencia ficción que alguien de verdad crea que una persona que quiere tener hijos no los tenga porque prefiere un perro. Creo que lo fundamental es preguntarnos por qué alguien que quiere tener hijos se conforma con un perro en lugar de tener ambos”, sentencia Gómez.“Es una comparación sencilla, fácil, pero lo que hay detrás es mucho más profundo. En vez de entrar a analizar por qué somos un país en el que mayoritariamente a la gente le gustaría tener más hijos de los que tiene, nos quedamos en que lo sustituyen por una mascota”, señala Luis Ayuso, catedrático de Sociología de la Universidad de Málaga. Bericat también subraya el hecho de que existen diferencias generacionales importantes a la hora de vincularse con un animal de compañía: “En las parejas jóvenes operan como sustitutorio a veces de un hijo que entra más tarde; en las personas mayores cumplen la función de paliar la soledad, mientras el perro en la familia cumple la función de condensación de las emociones. En cada generación y en cada época del ciclo vital el perro entra en una función y posición que puede ser diferente”, sostiene. Miembros de la familia, no sustitutosAunque los expertos apuntan que los animales no están sustituyendo a los niños, lo que sí es evidente es que perros y gatos se han convertido en miembros de la familia, haya o no menores en ella. Según el estudio Redefiniendo la crianza y la familia: el rol infantilizado de los perros en las sociedades occidentales, de la universidad húngara de Eötvös Loránd (ELTE), este cambio de rol se debe en gran parte —aunque no solo— a la llamada segunda transición demográfica. En esta prima el aislamiento, la caída de la confianza social y el debilitamiento de los vínculos comunitarios como principal responsable —tampoco única— del cambio de roles de los perros en Occidente. “La sociedad individualizada genera soledad y ante esa soledad el perro es una de las potenciales alternativas de gran vínculo emocional y elevada lealtad por un lado y de escaso coste y compromiso por otro”, apunta Bericat. Esa podría ser la definición de las razones que llevaron a Pablo Morante, de 36 años, a adoptar a Balto. “Trabajo en casa y pasaba muchas horas solo. Ahora siempre estoy acompañado, aunque simplemente esté tirado en el sofá conmigo la diferencia es enorme. Además, tener a Balto me obliga a salir, incluso a socializar, ha sido una de las mejores decisiones que he tomado”, relata Morante, quien considera a su perro como un miembro de su familia. Aunque de momento no se plantea tener hijos, sí es algo que se encuentra en sus planes “en tres o cuatro años”. Ayuso apunta además a que en las sociedades modernas se produce un importante cambio en los vínculos que ahonda aún más en el papel de los animales de compañía como apoyo emocional; cada vez hay menos vínculos fuertes, basados en relaciones duraderas, como podría ser la familia tradicional, mientras se multiplican los débiles. “Vamos hacia sociedades donde la familia son nuestros amigos. En ese sentido, el vínculo de la familia, tal y como la consideramos, se difumina”, asegura este catedrático de Sociología. Los expertos señalan algo que cada vez resulta más obvio: vivimos tiempos de hiperindividualismo, pero cada vez nos sentimos más solos, al mismo tiempo que la sociedad es cada vez más emocional. “Somos sociedades en las que, al mismo tiempo que nos individualizamos, paradójicamente nos emocionamos o valoramos más la emoción. El político que te emocione, la noticia que te despierte algo, necesito tener, necesito vivirlo, experimentarlo, sentirlo”, explica Ayuso. En ese contexto, un animal se convierte en la compañía ideal: son relaciones sólidas, leales y con un bajo costo emocional. “Esa necesidad de proyectar la emoción la proyectamos sobre mascotas porque nos refuerzan ese vínculo positivo; siempre se ponen contentas cuando nos ven, siempre refuerzan el vínculo. Y esa necesidad emocional es la que nosotros proyectamos en las mascotas”, puntualiza Ayuso. Que cada vez más se dé esa proyección emocional en los perros y gatos no implica que se anulen las posibles conexiones con otros. “No pienso que el vincularse con un perro quite amor para vincularse con otros humanos. Creo que es como una polifonía, tú puedes usar bastantes instrumentos para generar una estructura de sociabilidad que en una sociedad individualizada es complicada”, sentencia Bericat.