Este mes de agosto, Anthropic, una de las grandes empresas de inteligencia artificial, ha empezado a incorporar marcas de agua invisibles y datos de procedencia en los contenidos que genera su modelo Claude. Cumple así el artículo 50 del Reglamento europeo de Inteligencia Artificial, cuyas obligaciones de transparencia son aplicables desde el 2 de agosto. Lo significativo de tal decisión es que la empresa ha decidido aplicar el marcado en todo el mundo y no solo a los usuarios europeos. Una norma aprobada en Bruselas acaba teniendo efectos en el escenario global. Es lo que Anu Bradford bautizó como “efecto Bruselas”, explicando que cuando un mercado es suficientemente grande y potente, resulta más costoso mantener dos maneras de proceder distintas, una para Europa y otra para el resto, que acabar actuando igual en todo el mundo.

En este sentido, conviene destacar que la Unión Europea, sin disponer de una sola gran empresa tecnológica dominante, ha logrado proyectar su poder regulatorio más allá de sus fronteras. Pero, más allá de ello, lo que creo relevante es el debate sobre el propio sentido de la regulación. Una estrategia evidente es la de identificar la regulación con la voluntad de molestar y poner trabas a quienes buscan emprender. Lo que se pone en cuestión, en definitiva, es la capacidad de los poderes públicos para condicionar la actuación de poderes privados.