Cada promoción de una película de Ridley Scott es como una montaña rusa constante. Al director le gusta mantener esa pose de persona que dice las cosas sin filtros y nunca se sabe si va a soltar una boutade o no. Hace poco, con motivo del estreno de La Odisea, se recuperó un vídeo donde un periodista le leía a Scott los piropos que le había hecho Nolan durante la promoción de Oppenheimer. “¿Qué siente al ver que un director como él tiene tanta estima por su trabajo?”, le preguntaron, a lo que Scott dijo, con una sonrisa maliciosa, que se le “saltaban las lágrimas”. “¿De verdad?”, le repreguntaron, a lo que directamente contestó entre risas: “No”.

Es sardónico, con esa flema británica que hace que siempre esté buscando un tono entre el juego y lo serio. Y lo volvió a demostrar en la rueda de prensa de La constelación del perro, su nueva película —que llega este miércoles a las salas— con la que adapta la novela de Peter Heller sobre un mundo postapocalíptico donde una enfermedad ha arrasado a casi toda la humanidad y los supervivientes viven aislados defendiéndose de grupos que intentan arramplar con las pocas provisiones que quedan. En ese entorno, Jacob Elordi es el absoluto protagonista junto a su perro Jasper. Ambos buscarán una especie de oasis que actúa como un Oz para ellos, la promesa de un mundo mejor y en compañía.