En la guerra comercial que Donald Trump le ha declarado al mundo desde que llegó a la Casa Blanca, pocos países han tenido más razones para ceder que Canadá. Su economía es diez veces más pequeña que la de Estados Unidos, casi tres cuartas partes de las exportaciones del país van al vecino del sur y la mayor parte de su industria funciona mediante cadenas de suministro diseñadas durante décadas para una relación bilateral sin aranceles. Ottawa carece de armas similares a las de, por ejemplo, la Unión Europea. Un bloque que negocia en nombre de 27 países, representa uno de los mayores mercados del planeta y dispone de capacidad regulatoria y peso comercial suficientes para responder a la administración Trump si decide hacerlo. Aun así, la UE pasó buena parte de 2025 intentando contener la ofensiva arancelaria de Washington y acabó aceptando un acuerdo que fijaba un arancel del 15% para la mayoría de sus exportaciones a Estados Unidos sin aplicar ninguno en respuesta. Y Canadá, mucho más expuesta, con menos margen de maniobra y un largo historial de amistad con Washington, ha sido quien ha terminado levantándose de la mesa. El pasado viernes por la noche, cuando quedaba menos de una hora para que venciera el plazo fijado por Washington, el primer ministro canadiense, Mark Carney, ordenó a sus negociadores abandonar las conversaciones comerciales con Estados Unidos. La consecuencia inmediata fue la entrada en vigor de aranceles del 50% sobre bienes canadienses por valor de 20.000 millones de dólares. Un día después, Carney se dirigió al país para explicar su decisión. “Cuando te atacan, es la guerra. Y nos han atacado”, aseveró a los canadienses en una comparecencia televisada. También prometió represalias “dólar por dólar” contra productos estadounidenses a partir del 8 de septiembre y no escondió el hecho de que esta respuesta elevará costes y reducirá opciones para los consumidores canadienses. “La pasada primavera señalé que Estados Unidos intentaba debilitarnos para poder dominarnos. Y les prometí que eso nunca, jamás, ocurriría. Estamos cumpliendo ese compromiso”, sentenció. TE PUEDE INTERESAR Gran parte del motivo de este plantón histórico es que Carney está cumpliendo con las expectativas de la opinión pública canadiense. Más del 75% de los canadienses cree que hizo bien en levantarse de la mesa, según una encuesta de Angus Reid, aunque casi el 90% teme los costes económicos. Otro sondeo de Abacus Data señalaba que solo el 18% apoyaba hacer concesiones para cerrar un acuerdo. Según el Pew Research Center, la imagen de Estados Unidos en Canadá ha caído hasta su nivel más bajo desde que el centro empezó a medirla: solo el 33% de los canadienses tiene hoy una opinión favorable de EEUU, frente al 54% registrado en 2024. El vuelco es tan pronunciado que, por primera vez, China aparece mejor valorada entre los canadienses que su vecino del sur: un 44% mantiene una opinión favorable de Pekín, once puntos más que de Washington. Además, apenas el 35% considera ya a Estados Unidos un socio fiable, cuando en 2022 lo hacía el 83%. La ruptura llegó tras 72 horas de señales contradictorias. Trump anunció el martes por la noche que había un acuerdo, pendiente solo de cerrar documentos. Las delegaciones llevaban días reunidas en Washington, los grupos industriales habían sido informados y la sensación era que había un marco general listo. El viernes, el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, entró en una reunión con gesto serio. Horas después, el acuerdo se había deshecho. Ottawa culpa a Washington de introducir exigencias de última hora. Carney habló de demandas que, según su versión, habrían limitado la capacidad de Canadá para firmar acuerdos comerciales con terceros países. También denunció condiciones que afectaban a la cultura y a la lengua francesa, un punto especialmente sensible para la región francófona de Quebec. El gran pulso Carney lleva meses preparando a su país para este choque. Desde que llegó al poder, ha tratado de diversificar una economía demasiado dependiente del vecino del sur, abrir mercados en Asia y Europa y reforzar infraestructuras como puertos y oleoductos para sacar productos canadienses hacia otros destinos. En enero viajó a China y cerró un acuerdo limitado, aunque significativo, con el país que hasta hace poco Ottawa trataba como rival estratégico y problema de seguridad nacional. La relación había quedado marcada por la detención en 2018 de Meng Wanzhou, directiva de Huawei, a petición de EEUU, y por el arresto posterior en China de los canadienses Michael Kovrig y Michael Spavor, además de varios choques comerciales. TE PUEDE INTERESAR Ahora Carney, el veterano político y economista que resucitó al Partido Liberal y ganó a las elecciones precisamente con la promesa de plantar cara a las amenazas de Trump, está lanzando su mayor pulso hasta la fecha al magnate. Los nuevos aranceles afectan a una parte limitada del comercio canadiense, alrededor del 5% de sus exportaciones a Estados Unidos, pero pueden ser especialmente duros para algunos sectores, como los plásticos, productos químicos, y maquinaria. La Federación Canadiense de Empresas Independientes ya había advertido de que el 40% de sus exportadores vendía productos incluidos en el nuevo paquete arancelario. De ellos, casi el 80% esperaba pérdidas de ingresos si las tarifas entraban en vigor. La apuesta de Carney consiste en aceptar ese daño y esperar a los efectos de una factura que no se quedará al norte de la frontera. Gobernadores, senadores y patronales estadounidenses advirtieron durante el fin de semana de que los aranceles encarecerán productos para hogares y empresas de EEUU. Malas noticias para el Partido Republicano cuando faltan poco más de dos meses para las elecciones legislativas. Susan Collins, una de las senadoras republicanas más vulnerables —y cuyo estado, Maine, comparte frontera con Canadá— alertó sobre los costes, riesgos e incertidumbre para los negocios estatales. Gretchen Whitmer, gobernadora demócrata de Michigan, avisó de una subida de precios en supermercados y gasolineras y de presión añadida sobre la industria automovilística. Mike Pence, exvicepresidente durante el primer mandato de Trump, dijo que lo último que necesita la economía estadounidense es una guerra comercial con Canadá. TE PUEDE INTERESAR Trump, como era de esperar, no ha rebajado el tono. El domingo escribió en redes que Canadá quiere “los beneficios de ser un Estado, sin serlo”, y volvió a acusar al país vecino de cargar durante años con aranceles a los agricultores estadounidenses. La frase forma parte de la larga lista de declaraciones del presidente en las que ha sugerido que Canadá debería convertirse en el Estado número 51. Una burla-amenaza (elija usted) que alimenta justo el tipo de patriotismo defensivo que da alas a Carney para sostener una guerra comercial costosa. No obstante, la Casa Blanca ya no tiene las mismas herramientas que antaño para imponer castigos adicionales a Canadá. En febrero, el Tribunal Supremo dictaminó que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional no autoriza al presidente a imponer aranceles de forma unilateral y sin límites, un golpe directo a una parte central de la estrategia comercial de Trump. Desde entonces, la Administración se ha visto obligada a apoyarse en herramientas más estrechas, como los aranceles sectoriales. Y el mayor problema para la administración Trump es que, mientras Canadá entera permanece unida en su rechazo a Estados Unidos, la opinión pública de su país no respalda la ofensiva comercial contra el vecino del norte. Una encuesta de Angus Reid mostró que el 59% de los estadounidenses se opone a los aranceles contra Ottawa, frente a un 24% que los apoya. Otro sondeo de la Universidad de Calgary e Ipsos apunta en la misma dirección: solo el 8% de los estadounidenses considera a Canadá un gran desafío económico, mientras que el 58% respalda una cooperación económica bilateral más estrecha. TE PUEDE INTERESAR Salvo una solución de última hora, las represalias canadienses empezarán a sentirse a partir del 8 de septiembre, especialmente en estados del norte que pueden ser decisivos para el control de la Cámara de Representantes y el Senado. Puede que la economía canadiense sea la que está pagando un coste mayor, pero Carney ha logrado devolver la pelota al tejado de Trump. “Canadá se está haciendo más fuerte y depende menos de Estados Unidos. Ya ofrecemos más de lo que ellos pueden quitarnos. Y esto es solo el principio”, sentenció el primer ministro en su discurso del sábado.
"Es la guerra": por qué Canadá está dispuesta a arriesgarlo todo plantándole cara a Trump
Canadá, uno de los países más expuestos, con menos margen de maniobra y un largo historial de amistad con Washington, ha sido quien ha terminado levantándose de la mesa en la negociación por los aranceles










