El jardinero, filósofo y humanista Fernando Caruncho falleció el pasado jueves, tras cerca de cincuenta años de oficio. Llegó al jardín a través de la filosofía y dedicó su vida a buscar en él aquello que consideraba esencial para el ser humano: la belleza, el orden y una relación perdida con la naturaleza. Durante casi cinco décadas, la última junto a su hijo Pedro, trabajó como un leal y paciente guardián del espíritu del lugar, un escultor del paisaje reconocido por su capacidad de refundir los elementos de la naturaleza en un orden ensoñado y su maestría en el manejo de la luz, los volúmenes y la geometría del espacio. El paisajista español más internacional deja un legado de proyectos públicos y privados en buena parte de Europa, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Marruecos y Japón, además de una extensa obra en España. Entre ella, la Terraza de los Laureles del Real Jardín Botánico de Madrid; la transformación de los Jardines de Pereda, en Santander; pazos como el de Pegullal, en las Rías Baixas, y jardines agrícolas como Mas de les Voltes, en el Ampurdán. Su obra reivindica para el jardín la trascendencia que le es inherente. Él mismo se encargaba de recordarlo cada vez que tenía oportunidad: el jardín es absolutamente esencial en la existencia humana y está en el inicio de todas las civilizaciones como primera casa y refugio radical del hombre. En su refugio particular, su estudio-jardín al norte de Madrid, frente a los primeros perfiles de la sierra de Guadarrama, las grandes maquetas de proyectos conviven con estanterías repletas de poesía, filosofía, humanismo, jardinería y pensamiento antiguo. Una librería habitada por Paul Valéry, Juan Ramón Jiménez, Francesco Colonna y Jacques Dars, junto a autores de la tradición centroeuropea como Werner-Wilhelm Jaeger, Goethe, Rilke y Hölderlin. Allí, los límites entre arquitectura y jardín se diluyen gracias a unos pocos elementos: un granado, una higuera y una sobria lámina de agua rodeada de círculos concéntricos peinados en la grava. Este es quizá el jardín que mejor condensa la manera de entender el paisaje de Fernando Caruncho: “Cuanto más simplificas el jardín, más misterioso se vuelve. Porque simplificar no significa reducir, sino dar lugar a un sentimiento más genuino, más verdadero”, afirmaba. A través de esa aparente simplicidad, reivindicaba también la herencia del jardín hispanomusulmán, especialmente en el tratamiento de la geometría y el agua y en el uso de determinadas especies como el laurel, el mirto o los cítricos. Para él, esa tradición alcanzaba su máxima expresión en la Alhambra, que consideraba el jardín más importante de Occidente, origen del jardín español y de buena parte de los jardines europeos. Con una escueta selección de especies conseguía desvelar la verdad del lugar. En muchos de sus proyectos, como en los jardines agrícolas de Mas de les Voltes y Mas Banyils, ambos en Girona, se valió de la clásica tríada mediterránea del trigo, la vid y el olivo, junto a cipreses salpicados, para fundir el paisaje inmediato con el jardín. Todas las flores en una Su vínculo con la flor era igualmente contenido. La trataba en su mínima expresión para darle su mayor valor, desde el convencimiento de que en esa manifestación de lo mínimo estaba el máximo. “Prefiero un maravilloso rosal en una maceta que una rosaleda inmensa. En esa rosa están todas las rosas”, solía comentar. La obra de Fernando Caruncho, de profundo carácter mediterráneo, es plenamente reconocible por su manera de abordar el paisaje en su conjunto, desde la gran escala hasta los espacios más inmediatos a la arquitectura, y por el trabajo virtuoso con grandes masas orgánicas de arbustos. En el jardín de Flynn, en Boca Ratón (Florida), su primer proyecto en Estados Unidos, las formaciones de Ilex vomitoria (yaupon) perfilan las líneas circulares del trazado. En La Gerezieta, Biarritz, es la escalonia la materia escultórica con la que moldea las ondulaciones del jardín. Inconfundibles son asimismo los reflejos que buscaba sobre las láminas de agua, el característico color ocre anaranjado de sus pabellones y las luminarias de cobre que diseñaba. Todos estos elementos confluyen en Kohimarama Beach, en Nueva Zelanda, donde el paisaje y la arquitectura, concebida también por el paisajista, entroncan con la tradición japonesa, muy presente también en su trabajo. Caruncho era, además, un maestro en armonizar pendientes imposibles a través de la geometría. Sus intervenciones en los jardines aterrazados de la Casa del Agua, en Porto Heli, en el Peloponeso griego, donde incorpora olivos, cipreses, algarrobos y lentiscos propios del paisaje inmediato, y en Seven Mountains, en Lugano (Suiza), son un alarde de lectura del espacio. La obra de este jardinero ilustrado parece prolongar aquel antiguo lema que, según la tradición, presidía el frontispicio de la Academia de Platón y que el paisajista hizo suyo casi como un mantra: “Que nadie que ignore la geometría entre aquí”. El orden y la luz eran para Caruncho el camino hacia la belleza. “Donde hay luz hay genio”, decía. El arte del jardín consistía para él en saber captar y transformar esa luz que cada espacio recibe, convencido de que no hay ningún lugar sin su belleza propia. El jardín era para él consecuencia intelectual de una experiencia sensitiva. De ahí que Caruncho encontrara inspiración tanto en las Variaciones Goldberg de Bach como en una pintura de Zurbarán o en un poema de Juan Ramón Jiménez. Fue su madre, la sevillana Sofía Torga, quien lo introdujo en el imaginario de Juan Ramón. “Me reconozco en esa visión de las cosas que tiene el hombre educado en la Andalucía de la luz y de los espacios infinitos”, explicaba. De Juan Ramón hizo suyo aquel verso con el que el poeta evocaba su Moguer natal: “La luz con el tiempo dentro”. Es la misma cita con la que sus familiares han querido despedirle. Una expresión que, en gran medida, resume la obra de Fernando Caruncho: una vida dedicada a la búsqueda de la Alétheia griega, entendida como una forma de hacer visible, a través del jardín, la belleza y la verdad que cada lugar guarda y la luz que las revela.
Adiós a Fernando Caruncho, el paisajista de la luz y las ideas
El jardinero y pensador, fallecido el pasado jueves a los 68 años, dejó un importante legado de proyectos públicos y privados en todo el mundo







