Lo primero, arreglar una iglesia. Lo segundo, repartir balones. Lo tercero, reconocer la sabiduría de Dios por el terremoto que sacudió Colombia a inicios de mes. Resumido así, parece imposible que sean los mensajes que un presidente enviaría a su país, cuando su gente está aún llorando a los más de 300 muertos que dejó el sismo y buscando a dos centenares de personas todavía desaparecidas bajo los escombros. Pero solo parece imposible. Son gestos y pronunciamientos públicos reales de Abelardo de la Espriella, flamante presidente colombiano de la ultraderecha que lleva poco más de dos semanas en el poder y que ha difundido en sus redes sociales en los días posteriores a que el suelo tronara con una magnitud de 7,4.El De la Espriella candidato de hace un mes ya era un showman obsesionado con controlar el relato de su vida. Supo copiar y sacar partido electoral de los discursos —seguridad, patria y lucha contra los corruptos— con los que la ultraderecha ha avanzado de norte a sur en el continente americano. Y sin abandonar esa vis de hombre del espectáculo. Así como ofrecía construir megacárceles para delincuentes, aparecía bailando merengue en pantalones cortos con su esposa en la cocina de su casa. De la Espriella conoce cómo el alcance de las redes sociales al servicio de la política ha transformado la relación de los mandatarios y de los gobiernos con sus votantes y ciudadanos. Ha vuelto a los poderosos personas reales y cercanas. Algo que, en su caso, le rindió con 13 millones de votos. Pero en sus primeros 15 días también ha saboreado el amargor de volverse viral –y más allá del territorio colombiano– por unas desafortunadas declaraciones.Para el acólito de figuras como Donald Trump, el argentino Javier Milei o el salvadoreño Nayib Bukele, el terremoto fue algo más que una tragedia. Fue una especie de oportunidad o prueba. Un desafío que le puso Dios en sus primeros pasos como presidente para que demostrara su capacidad. Así lo dijo en un mensaje a la nación esta misma semana. “Las cosas de Dios, queridos compatriotas, solo Dios las sabe. Él decidió ponernos en esta prueba tan dura y, en su sabiduría, lo hizo justo el día en que comenzó mi mandato”, afirmó con un cierto aire de orgullo frente a un atril esta semana. Un pronunciamiento que dejó expuesta la verdadera distancia en la que se encuentra para con sus mandantes. De la Espriella se siente cerca en las redes sociales, pero lejos cuando se trata de entender los problemas reales de la gente o las necesidades urgentes derivadas del terremoto. En una de sus primeras apariciones públicas tras el temblor, en esos momentos previos a que empezara una rueda de prensa, saludaba sonrienso y lanzando besos al público presente. Como si nadie le hubiera explicado que, aunque lo muertos no se contaban todavía por decenas, ese era un momento para mostrarse prudente y preocupado por su pueblo. En contraste, el alcalde de uno de los municipios más golpeados entraba en un sentido llanto frente a las cámaras al mencionar a los vecinos que habrían perdido la vida. En esa faceta de presidente influencer, muy distinta de la de un mandatario influyente, a De la Espriella le han llovido críticas (digitales y análogas) por la falta de sensibilidad mostrada ante el dolor y la pérdida de cientos de familias. Y como parte de esa estrategia, que además de ser espectáculo pretende distraer y controlar la verdad oficial, ha presentado cifras distorsionadas de las víctimas, tanto en fallecidos como en desaparecidos. Los datos difundidos por el presidente De la Espriella son, dependiendo del caso, hasta tres veces más bajos que los recabados por Medicina Legal o Gestión de Riesgos. Lo que importa, al final de todo, es el relato.