Tres días después de que Abelardo de la Espriella jurase como nuevo presidente de Colombia, la tierra tembló en el occidente del país. Un sismo de magnitud 7,4 que ya ha dejado 319 muertos, 4.506 heridos, 260 desaparecidos y más de 31.000 viviendas destruidas. El peor terremoto en lo que va de siglo en Colombia ha servido al nuevo Ejecutivo ultra para poner a prueba su estilo de gobierno, una suerte de autoritarismo digital: personalismo, mando concentrado, presencia continua e hiperactividad en las redes incluso a la hora de anunciar el número de víctimas.PublicidadAquel lunes 10 de agosto en el que Colombia se quebró, "el Tigre", como se hace apodar el nuevo presidente, canceló su agenda, grabó desde el avión presidencial un vídeo anunciando que dirigiría "personalmente" la respuesta, prometió dar los balances "cada dos o tres horas" y en día y medio se dejó ver en Quibdó, Cali, Pereira, Dosquebradas y Manizales. Nada de eso parece reprochable; lo singular es el envoltorio. Antes de dar un primer balance que ya superaba el centenar de muertos, las cámaras lo captaron sonriendo, posando y lanzando besos, y el material que difundieron y difunden las cuentas oficiales sale cuidadosamente editado, con música de fondo, con el ritmo y estilo con que se producía la propaganda electoral.La nueva comunicación política prima lo abundante, lo breve y lo pegadizo sobre la comparecencia larga y pausada. Lo que se produce no es información sino presencia; la prueba de que el presidente estaba allí, con el cuerpo puesto, mientras los datos llegaban con retraso y las cifras se contradecían.El vídeo antes que el datoEl primer choque llegó el domingo 16 en Buenaventura, el mayor puerto del Pacífico, donde miles de familias dormían a la intemperie. Desde la puerta de una camioneta blindada, el presidente lanzó a la multitud balones estampados con el lema de campaña Firmes por la Patria y el logo de Defensores de la Patria, el movimiento de ultraderecha con el que llegó al poder. Los vecinos grabaron los hechos y replicaron en las mismas redes sociales denunciando la puesta en escena: "Lo que necesitamos es techo, necesitamos ayuda normal, no balones", reclamó uno; otro le pidió que se pusiera la mano en el corazón y trajera materiales de construcción. El Gobierno respondió que eran "acompañamiento psicosocial" para los niños de los albergues y que los camiones llevaban además alimentos y enseres. El procurador general, Gregorio Eljach, a cuyo despacho corresponde vigilar la ley que prohíbe la autopromoción con recursos públicos, despachó el asunto como un "tema minúsculo". PublicidadOtro vídeo, de su paso por El Cairo (Valle del Cauca), lo muestra asomado al coche mientras un grupo lo aclama; al abrirse el plano se ve poco más de una decena de personas y se oye a alguien dirigiendo la escena con un "manos arriba". Un momento que para un gran número de analistas parecía un acto organizado y no una bienvenida espontánea de los vecinos del municipio.Un día después De la Espriella se dirigió por primera vez al país a trevés de una cadena nacional, hasta entonces se había comunicado casi en exclusiva por sus propias redes. Habló 19 minutos, pidió uno de silencio y por primera vez el mandatario informó personalmente del número de víctimas. El presidente cifró en 289 el número de fallecidos cuando una hora antes Medicina Legal, el instituto forense que certifica e identifica los cuerpos en Colombia, había contabilizado 304. La disparidad, sumada a la velocidad con que la pieza apareció colgada en las cuentas oficiales, llevó a varios periodistas colombianos a concluir que la alocución estaba pregrabada.PublicidadLa polémica no quedó ahí. Ese primer balance en televisión, que llegaba después de una semana de vídeos sin datos oficiales consolidados, contenía además un mensaje divino: "Las cosas de Dios, queridos compatriotas, solo Dios las sabe. Él decidió ponernos en esta prueba tan dura, y en su sabiduría, lo hizo justo el día en que comenzó mi mandato". Un marco narrativo que recuerda al neopentecostalismo evangélico y su doctrina: la adversidad como prueba, la prosperidad como recompensa al esfuerzo. Una expresión cada vez más integrista del evangelismo que avanza en Colombia al mismo ritmo que en el resto de América Latina y un foco de poder que De la Espriella ya abrazó durante su campaña. La frase devolvió a la circulación una entrevista de archivo en la que una periodista le preguntaba al hoy presidente si negaba la existencia de Dios, algo a lo que respondió afirmando: "Absolutamente (…) No creo en nada que la razón no pueda explicar". Pese a que él mismo ha hablado de su conversión y no oculta aquel vídeo, la retórica neopentecostal que sostuvo su candidatura hoy ya ocupa despachos y parte de su comunicación. El Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio lo lleva un pastor, Jaime Andrés Beltrán, que como alcalde de Bucaramanga se hacía llamar el Bukele de su ciudad; el de Educación, Viviane Morales, es de la Iglesia Casa sobre la Roca. El gabinete al completo pasó por un retiro espiritual antes de la posesión y la investidura cerró con un "¡Que viva Cristo Rey!".Pero el presidente no fue el único que empleó la lógica de transmitir presencia por encima de hechos durante la crisis provocada por el terremoto. Bogotá tardó dos días en abrir la puerta a los equipos extranjeros de rescate, y el primero en aterrizar en Cali fue una delegación de 82 militares de las Fuerzas de Defensa israelíes (FDI), apenas unos días después de que ambas capitales recompusieran unas relaciones rotas en 2024 y de que el Gobierno colombiano reconociera la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. El presidente agradeció el envío a Benjamin Netanyahu tras una llamada "muy cálida y enriquecedora" y anunció "un nuevo tiempo" entre ambas capitales. Del despliegue, sin embargo, lo que circuló fue un vídeo del portavoz en español del Ejército israelí, el mayor Rony Kaplan, metido en un hueco impecable, sin guantes ni equipo de mano y sin una mota de polvo en el uniforme.El terreno donde el vídeo mandaNo obstante, lo que para gran parte de la prensa nacional e internacional se lee como ridículo funciona para buena parte de la población que consume contenido en su móvil y percibió a su presidente como un hombre cercano, activo y desplegado desde el primer momento sobre el terreno. Para ellos, ni el balón ni el saludo guionizado llegan a aparecer, o lo hacen de forma marginal: el algoritmo de las redes sociales tiende a la autorreproducción y devuelve al usuario más de lo que ya le agrada.El Digital News Report 2026 del Instituto Reuters, que mide el consumo de información en 48 países del mundo, certificó este año que las redes y las plataformas de vídeo desplazaron por primera vez a los medios y a la televisión como vía global de acceso a las noticias: 54% frente a 51%. En Colombia la confianza en las noticias se hundió hasta el 25%, la más baja de los seis países latinoamericanos medidos, y seis de cada diez colombianos se informan cada semana a través de creadores de contenido.Siete de cada diez colombianos tienen además un perfil activo en alguna red. Y en ese ecosistema digital las críticas al mandatario por su puesta en escena no llegan a competir con el vídeo del presidente repartiendo balones: ambas piezas circulan por carriles distintos, y uno es mucho más lento y llega a mucho menos público.PublicidadEn ese terreno El Tigre se mueve con ventaja. Supera los tres millones de seguidores en Instagram, los 2,1 millones en TikTok y los 480.000 suscriptores en YouTube.Durante la campaña De la Espriella ya probó con éxito su hiperactividad mediática primando las formas —salir tras un cristal blindado prometiendo mano dura con música amenazante de fondo— sobre el fondo. Ahora, el terremoto ha supuesto su primera prueba desde el gobierno.