Lidiar con el aburrimiento infantil es uno de los retos más comunes de la crianza, sobre todo en verano, cuando hay más horas de tiempo libre. Solemos tenerle temor cuando nuestro hijo suelta la frase: “¡Me aburro!”. Inmediatamente después de oírla, se nos activan una serie de mecanismos: corremos a encender la televisión, buscamos en internet ‘actividades fáciles para el verano’ o enviamos mensajes a sus amigos para que queden. Parece que tenemos que solucionarlo y, además, hacerlo rápido. Pero a más de un progenitor le gustará saber que no es necesario que lo hagamos, que es sano que los niños se aburran.

“Es cierto que actualmente estamos ante constantes estímulos que, además, nos llegan por muchos medios. Quizás nos cuesta mucho ver a nuestros pequeños sin hacer nada porque cada vez más estamos inmersos en un ritmo muy frenético, donde se asocia la actividad con productividad, y productividad con ‘estar bien’”, afirma Raquel Martín Martínez, psicóloga y codirectora de Por ti Psicología.

El aburrimiento, un lienzo en blanco en el que crear

El aburrimiento suele aparecer cuando un niño se da cuenta de que no está haciendo nada. Echa de menos las rápidas y frecuentes dosis de dopamina a las que está acostumbrado, sobre todo en este mundo tan digital, pero el aburrimiento suele ser la transición entre la sobrestimulación y la imaginación. Si intervenimos demasiado rápido para solucionarlo, interrumpimos ese proceso.